Sin testigos 22
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Conviene que explique mi relación con las ventanas, porque sin ella no se entiende lo que vino después.

Un hombre que se ha pasado la infancia aprendiendo a anticipar la violencia no deja nunca de vigilar; cambia de objeto, eso sí.

Yo había dejado de vigilar a mi padre el día en que dejó de existir, y desde entonces vigilaba la ciudad, que es un padre más grande y menos predecible.

Tenía dos puestos de guardia. El delantero daba al cruce: Russafa contra Colón, los tres semáforos, el paso de cebra que nunca daba tiempo a cruceros lentos, la farola que en invierno se encendía antes que las demás.

El trasero daba al patio: el pozo de aire, la gravilla blanca, las cuatro fachadas idénticas y, desde hacía unos días, la jaula.

Pasaba más horas de las confesables repartidas entre ambos puestos, leyendo la ciudad como otros leen el periódico de Don Emilio, sin buscar nada en concreto, solo confirmando que todo seguía en su sitio.

Aquellas semanas, sin embargo, el sitio empezó a moverse.

Una noche, hacia las tres, en el puesto delantero, distinguí una figura en la acera de enfrente, bajo la farola adelantada.

Quieta. De cara a mi edificio. No miraba el escaparate cerrado de la farmacia ni esperaba un taxi que a esa hora no pasaba; miraba hacia arriba, hacia las dos torres, hacia mi ventana.

Permaneció un buen rato. Cuando un coche giró y la alumbró de refilón, la figura se apartó del haz con una naturalidad ensayada, la misma con que yo me aparto de la luz, y se perdió calle abajo.

No pude verle la cara. Solo el gesto. Y el gesto lo reconocí, porque era el mío: el del que se mueve para no ser visto en un sitio imposible de no ver .

Volví al puesto trasero. La ventana de enfrente seguía a oscuras.

La jaula oscilaba. Y, por primera vez en diecisiete años de vigilar, tuve la certeza incómoda —sin prueba, de las que más pesan— de que la vigilancia había dejado de ser un acto en una sola dirección.

Llevaba toda la vida mirando el mundo a través del cristal, con atención y sin emoción, convencido de que el cristal me protegía.

Aquella noche entendí que el cristal es transparente por los dos lados.

Que mientras yo observaba el cruce tres veces por minuto, alguien podía llevar semanas observándome observar.

No dormí. Hice la cama igual a las seis y catorce, bajé a por el pan a la hora exacta, saludé a Don Emilio, esquivé el callejón por costumbre.

Pero algo se había desplazado, un grado apenas, como la puertecilla de la jaula con la corriente.

Y los desplazamientos de un grado, en una vida calibrada al minuto, se notan más que un terremoto en una vida cualquiera.