Sin testigos 27
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El sobre apareció un martes, bajo la puerta, cuando volví de la panadería.

No tenía sello ni remite ni una sola palabra escrita por fuera.

Lo recogí del felpudo con dos dedos, como se recoge algo que podría estar vivo, y permanecí un rato de pie en el recibidor, calibrando su peso.

Pesaba lo que pesa una fotografía. Antes de abrirlo, repasé mentalmente la cadena de la mañana: Don Emilio en su portería, las palomas en la barandilla, la panadera y su periódico bajo el mostrador, la acera de la derecha, el callejón que esquivaba por costumbre.

Nadie me había seguido. O nadie que yo supiera ver, lo cual, en mi caso, suele bastar.

Dentro había una sola fotografía. Me mostraba a mí, saliendo del portal de las dos torres, con la barra de pan bajo el brazo izquierdo y el diario en la mano derecha.

La instantánea estaba tomada desde abajo, desde el cruce, con teleobjetivo: el grano delataba la distancia.

La luz correspondía a una mañana reciente; lo deduje por el toldo nuevo de la farmacia, que habían colocado el lunes anterior.

Alguien me había fotografiado, por tanto, en las últimas cuarenta y ocho horas, desde la acera de enfrente, sin que yo lo advirtiera, yo, que me jacto de advertirlo todo.

Le di la vuelta. En el reverso, ninguna amenaza, ninguna cifra, ningún insulto.

Solo una pregunta, escrita a lápiz con una caligrafía minúscula e inclinada que se parecía tanto a la mía que, por un instante absurdo, temí habérmela escrito yo en un episodio que no recordaba: ¿Cuántos salieron de la casa ?

Me senté. No por debilidad —ya he dicho que mi cuerpo rara vez se altera—, sino por método: cuando la cabeza necesita pensar deprisa, conviene quitarle al cuerpo la tarea de sostenerse.

Releí la pregunta tres veces. ¿Cuántos salieron de la casa?

La respuesta oficial, la amable, la que yo había sostenido durante diecisiete años, era una.

Uno salió. Yo. La pregunta, por tanto, no buscaba información: insinuaba que la respuesta correcta era otra y que quien la formulaba la conocía.

Mi primer impulso fue racional, casi tranquilizador: Nora.

La periodista que husmeaba mi caso, que se había mudado tres pisos más abajo y me había preguntado la víspera «en qué se le notaría».

Encajaba con una nitidez sospechosa. Demasiada.

Y la experiencia me había enseñado que, cuando una pieza encaja demasiado, suele estar tallada a propósito para encajar.

Mi segundo impulso fue peor, porque no venía de la cabeza sino de la piel, de ese antebrazo que se eriza solo.

La letra. La maldita letra inclinada, gemela de la mía.

En mi familia escribíamos todos parecido; nos había enseñado la misma maestra, en la misma escuela del pueblo, con la misma plantilla cuadriculada.

Tomás escribía así. Mi madre escribía así.

La pequeña, cuando aprendió, copiaba mis bucles con una devoción que entonces me enternecía y que ahora, a la luz de aquel reverso, me helaba.

Guardé la fotografía en el cajón del cuaderno, bajo llave, junto a mis listas.

Aquella noche no escribí ninguna línea nueva.

Me limité a abrir la persiana del estudio, apagar las luces y sentarme frente al patio, observando la ventana de enfrente, donde la jaula vacía seguía meciéndose con su ruido de gozne.

La ventana permanecía a oscuras. Y, sin embargo, cuanto más la miraba, más certeza tenía —una certeza sin pruebas, de las que más miedo dan— de que, al otro lado del pozo de aire, alguien estaba haciendo exactamente lo mismo que yo: mirar, esperar, apuntar.