19
De mi madre conservo poco, y casi todo cabe en una taza.
Pilar no era una mujer débil, aunque el pueblo la recordara así, encogida y con gafas de sol en enero.
Era una mujer administrada, que es distinto: alguien que ha calculado, hasta el último gramo, cuánto de sí misma puede gastar cada día sin que se note el saqueo.
Gastaba lo justo en cocinar, en hablar, en mirarnos.
Y se reservaba, intacto, un único lujo: la taza de hojicha de las cuatro de la tarde, de pie en la cocina, de cara al campo amarillo, durante los veinte minutos en que mi padre dormía la siesta y el mundo, por una vez, no le pedía nada.
Yo la espiaba desde el pasillo. No bebía aquel té por placer —decía que el café la ponía nerviosa, aunque ahora sé que no era el café lo que la ponía nerviosa—; lo bebía por geografía: era el único territorio de la casa que mi padre no había invadido: veinte minutos y una taza pequeña, una patria diminuta.
A veces, al verme en el quicio, me hacía un gesto callado con la barbilla, una invitación, y yo me acercaba y ella me dejaba un sorbo.
Hierba quemada. Una ofensa líquida. Lo bebía igual, porque beberlo era estar dentro de su patria veinte segundos, y porque a los nueve años uno no sabe que ciertos sabores se quedan a vivir en uno para siempre, montando guardia sobre un recuerdo que la cabeza ya no alcanza.
No la salvé. Esa es la frase que ningún terapeuta me ayudó a decir, porque nunca dejé que se acercara.
Me puse delante de mi padre mil veces por la pequeña, me gané el labio partido por la pequeña, planeé durante semanas terminar con aquello por la pequeña.
Por mi madre, no. A mi madre la di por perdida mucho antes de aquella noche, con la frialdad administrativa que ya me habitaba: era territorio ocupado, daño consumado, una cuenta que no se podía cerrar sin cerrarla a ella también.
Y la noche del fuego —ahora lo sé, ahora que Marina me devolvió el recuerdo robado— mi madre seguía viva cuando yo me senté en el suelo del pasillo a mirarme las manos.
Seguía viva y gritaba, y yo no me levanté.
No por incapacidad. Por contabilidad. La había dado por perdida hacía años, y uno no se levanta por una cuenta que ya había dado por cerrada.
Sigo bebiendo hojicha cada mañana, en una celda, con un sucedáneo malo que se le parece de lejos.
Lo aborrezco con la misma constancia de siempre.
Pero ahora sé lo que aborrezco: no el sabor.
Aborrezco haber heredado de mi madre su único lujo y ninguna de sus razones; haberme quedado con la taza y haber perdido la patria.
Mi madre bebía para tener veinte minutos a salvo del mundo.
Yo bebo para tener, cada mañana, veinte segundos en los que ella, de pie en una cocina amarilla, todavía no sabe lo que sus dos hijos pequeños llevan dentro.
Es la única forma de duelo que me permito.
Y es, también, la única forma de disculpa que sé ofrecerle a una mujer a la que dejé gritar.