Sin testigos 18
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De mis abuelos apenas sé nada, y ese vacío explica, mejor que cualquier psicología, por qué nadie vino nunca a salvarnos.

Los padres de mi padre habían muerto antes de que yo naciera; de ellos solo quedaba una fotografía y la sospecha, nunca confirmada, de que el abuelo había sido con mi padre lo que mi padre fue con nosotros.

La cadena de manos cerradas, que retroceden en el tiempo hasta perderse.

Los padres de mi madre vivían en otro pueblo, a no muchos kilómetros, y esa es la parte que de verdad me cuesta.

Vivían. Sabían. Mi madre alguna vez debió de acudir a ellos con las gafas de sol en enero, en busca de refugio.

Y no se lo dieron. No sé los detalles; solo sé el resultado, que es el único dato que importa: que teníamos unos abuelos a una hora en coche y que jamás, ni una vez, vinieron a sacarnos de aquella casa.

Que prefirieron, como el pueblo, como la tía, como todos, no remover.

«Los matrimonios son cosa de dos», dirían.

«No hay que meterse.» «Ya se arreglarán.

» Las frases con las que la gente decente se lava las manos del horror ajeno.

Recuerdo una sola visita de mi abuela materna, cuando yo tenía ocho años.

Llegó, comió con nosotros, miró a mi madre con una pena que no se tradujo en ningún gesto útil y se fue antes de que anocheciera, «que se hace tarde y el camino es malo».

Mi madre la despidió en la puerta, y yo, desde la ventana, la vi abrazarse, vi a mi abuela susurrarle algo al oído y vi a mi madre asentir con la cabeza baja.

Años después, recuperando recuerdos bajo la niebla, entendí lo que mi abuela debió de susurrarle: «aguanta», «ten paciencia» o «por los niños».

El consejo de todas las madres de todas las mujeres encogidas: aguanta.

No: vente conmigo, trae a los niños, yo te protejo.

Aguanta. Y mi madre aguantó hasta que dejó de poder, hasta que una de sus hijas decidió, a los doce años, que ella no pensaba aguantar nada.

Pienso en mis abuelos cuando la gente, al conocer mi historia, busca al culpable, al monstruo único, al que apretó el gatillo.

No hay uno. Hay una multitud silenciosa de gente que pudo y no hizo.

Mis abuelos, que no vinieron. El pueblo, que no oyó.

La tía, que cerró con llave. Los vecinos, que «no se metían».

Una abuela que susurró «aguanta» en lugar de «vente».

Cada uno de ellos puso un ladrillo en la pared de aquella casa que ardió despacio durante años.

Mi hermana encendió la cerilla, sí. Yo la dejé encender.

Pero la casa la construyeron entre todos los que prefirieron no remover, y de esa construcción colectiva no hay nadie en la cárcel, ni lo habrá nunca, porque la ley castiga la cerilla, no la pared.

Yo cumplo por la cerilla. Por la pared no cumple nadie.

Esa es la verdadera impunidad de esta historia, y no cabe en ningún sumario.