17
La tercera sesión de aquella semana —Carla había pedido una cita extra, cosa rara en ella— la dedicó entera al déjà vu.
—Me pasa cada vez más —dijo, con el abrigo gris ya doblado sobre el brazo del sillón.
Entro en un sitio donde nunca he estado y lo reconozco.
No vagamente: con detalle. Sé que detrás de esa puerta hay un pasillo, sé de qué color es el suelo, sé dónde chirría una bisagra.
Y acierto, doctor. Esa es la parte que me asusta. No que lo sienta: que acierte.
Apunté la palabra correcta y la rodeé con un círculo, un gesto que no hacía desde la facultad.
—El déjà vu es un cortocircuito frecuente —expliqué, recurriendo al tono manual, el que tranquiliza—. El cerebro archiva una experiencia como recuerdo en el mismo instante en que la vive, y entonces el presente nos llega con la etiqueta de pasado. Es una avería pequeña, casi siempre inofensiva.
—Ya. —Ladeó la cabeza, con esa media sonrisa suya—.
¿Y cuándo no es el cerebro el que se avería, sino la vida la que se repite?
—Se inclinó un poco—. Le pongo un ejemplo.
Anoche soñé que entraba en una casa que no era la mía, subía seis pisos, pegaba el oído a una puerta antes de abrirla y, dentro, todo estaba exactamente como yo sabía que estaría: las paredes blancas, una taza vacía sobre la mesa, unas gafas de sol al lado.
Ni un cuadro. Ni una planta de verdad.—Me miró sin pestañear.
— ¿No le parece un sueño curioso, doctor?
Soñar con la casa de un desconocido y conocerla mejor que él.
El bolígrafo se me detuvo. Acababa de describir mi piso. No aproximadamente: con precisión de tasador, con la taza, las gafas, la manía de pegar el oído a la puerta que yo no le había contado a nadie en toda mi vida adulta.
Tenía dos caminos. Podía señalarle la coincidencia, romper la coreografía, preguntarle de frente cómo conocía mi salón.
O podía seguir el juego, dosificar, fingir que no me había dado cuenta, y observar hasta dónde estaba dispuesta a llegar.
Elegí, como siempre, el segundo. El más arriesgado y el más revelador.
—Los sueños toman prestados los decorados de lo que vemos de día —dije, con una calma que me costó cara—. Habrá entrado usted en alguna casa parecida?
—Será eso. —Se reclinó, satisfecha, como quien ha colocado una pieza exactamente donde quería—.
Aunque hay algo que el sueño añadía y que ninguna casa que yo conozca tiene.
—Bajó la voz—. En el patio, frente a la ventana, colgaba una jaula vacía con la puertecilla abierta.
Y dentro del sueño yo sabía, sin que nadie me lo dijera, que esa jaula llevaba allí trece días, y que la había colgado yo.
Cuando se marchó, permanecí sentado en el sillón de enfrente —el suyo— más tiempo del que ningún paciente merece. Por la ventana del estudio, al otro lado del pozo de aire, la jaula real oscilaba con su ruidito de gozne, contando los días que solo ella y, al parecer, Carla, sabían contar.