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Existe un experimento que suelo relatar en clase —cuando todavía me invitan, cosa cada vez más rara— y que ilustra, mejor que ningún otro, la materia frágil con la que trabaja mi oficio.

Lo bautizaron «el experimento del centro comercial».

Se sienta junto a un adulto, un familiar de confianza, quien le narra cuatro recuerdos de su infancia.

Tres son ciertos; el cuarto, inventado: una tarde en que el sujeto, siendo niño, se extravió en unos grandes almacenes y lloró hasta que un anciano bondadoso lo devolvió a sus padres.

Nunca ocurrió. Pese a ello, uno de cada cuatro participantes, a la segunda o tercera vez que se le pregunta, no solo «recuerda» el extravío, sino que le añade detalles: el color de la camisa del anciano, el aroma a palomitas, el pánico.

Fabrican el pánico. Y juran que es verdad.

Lo menciono porque aquella semana, después de la sesión del canario, dediqué tres noches a aplicarme el experimento a mí mismo. Solo que al revés. No para implantarme un recuerdo falso, sino para localizar el que ya llevaba implantado.

Me senté en el sillón del estudio, a oscuras, y me narré la noche del incendio tal como se la dictó en la página de un cuaderno: en forma de lista.

Después, interrogué cada elemento igual que interrogaría al sujeto de los almacenes.

¿Cómo sabes que la camisa era de aquel color?

¿Cómo sabes que olía a palomitas? ¿Cómo sabes que cruzaste el umbral de la cuarta habitación?

Una por una, las respuestas se deshicieron entre los dedos.

Lo sabía porque lo recordaba; lo recordaba porque lo sabía.

Un círculo. La serpiente mordiéndose la cola.

La huella inconfundible del recuerdo que jamás se ha contrastado con el mundo, porque no hay mundo contra el que contrastarlo: únicamente ceniza .

Aquello debió alarmarme. A un profesional debería habérsele encendido el tablero entero: si mi recuerdo de la noche más decisiva de mi vida posee la textura de un recuerdo implantado, alguien, en algún momento, pudo implantármelo.

No me alarmé. Hice lo contrario. Cerré de golpe ese cuaderno mental, me levanté, me preparé un hojicha a las tres de la madrugada y resolví que estaba cansado, que los hombres exhaustos piensan disparates.

Lo apunto ahora porque fue la primera ocasión, en toda esta historia, en que mentí no a la policía, ni a Nora, ni a Carla, sino a la única persona a la que nunca había conseguido engañar: a mí.

Y un hombre que empieza a mentirse a sí mismo es un hombre al que ya le han desplazado un mueble en la penumbra, aunque todavía no haya chocado contra el hueco.

Esa misma madrugada, según supe mucho después, Carla velaba en su silla, a quince metros, al otro lado del patio, con la lámpara apagada, redactando en su propio cuaderno una frase que la inspectora Vega me leería en voz alta años más tarde, entre las pocas reliquias que se salvaron del fuego: «Hoy ha tardado dos minutos de más en bajar a por el pan. Empieza a dudar. Bien.»

Los dos llevábamos un cuaderno. Los dos apuntábamos. Éramos, sin sospecharlo todavía, una misma persona repartida en dos cuerpos y dos ventanas enfrentadas, espiándose a través de un pozo de aire.