Sin testigos 14
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Aquella madrugada, con el cuaderno ya guardado bajo llave, no logré dormir, y la memoria—que es una casa donde uno no elige en qué habitación despierta—me devolvió al pueblo.

Mi padre, Andrés, era pescadero los días que trabajaba y, en los demás, hacía otra cosa.

Trabajaba poco. Recuerdo sus manos más que su cara: anchas, rojizas, con un olor a sal y a hierro que ni el jabón disolvía, las únicas manos que mi nariz averiada todavía evoca con nitidez.

De niño aprendí a leer aquellas manos como un marinero lee el cielo.

Si entraban en casa abiertas, la noche sería larga pero soportable.

Si entraban cerradas, había que sacar a la pequeña de en medio antes de que él encontrara un motivo, porque siempre encontraba un motivo, y si no lo encontraba, lo inventaba con la facilidad con que otros silban.

Mi madre, Pilar, perfeccionó el arte de hacerse pequeña.

Hablaba bajo, pisaba bajo, vivía bajo. Llevaba gafas de sol en pleno invierno y sostenía, ante quien preguntara, que tenía los ojos delicados.

Nadie en el pueblo preguntaba dos veces; en los pueblos pequeños la compasión consiste, sobre todo, en mirar hacia otro lado con elegancia.

Solo encontraba paz en su taza de hojicha de las tardes, de pie frente al campo amarillo, y yo, que de niño le robaba sorbos para entender esa paz, comprendí mucho después que no era paz: era el único rato del día en que él dormía la siesta y la casa respiraba.

Tomás, mi hermano mayor, eligió poner la música alta.

Se encerraba con los cascos puestos y subía el volumen hasta que la casa entera dejaba de existir para él, y a veces lo envidiaba por esa capacidad de borrar el mundo, una capacidad que yo nunca tuve, porque yo no borraba: yo miraba.

Era el defecto que el pueblo me reprochaba —« el del medio, el raro, el que observa»— y también mi única herramienta.

Mientras Tomás se cubría los oídos, mi madre se hacía pequeña y la niña abrazaba al canario, yo observaba a mi padre.

Prestando atención a dónde respiraba con mayor fuerza antes de estallar, por dónde le dolía más la rodilla mala, y por dónde, en caso de que fuera necesario una noche, se rendiría.

A los catorce, encontré en la biblioteca del instituto un tratado de anatomía con láminas a color y lo saqué tantas veces que la bibliotecaria terminó regalándomelo, convencida de que tenía delante a un futuro médico.

En cierto modo, no se equivocaba: me fascinaba el cuerpo igual que a un relojero le fascinaba el mecanismo, sin afecto, por curiosidad técnica.

Subrayé a conciencia las páginas que hablaban de las líneas de tensión de la piel, de por dónde cede y por dónde resiste, y nunca me pregunté por qué precisamente esas.

La pregunta llegaría diecisiete años más tarde, demasiado tarde, en una celda con una ventana pequeña.

La noche en que mi padre entró en el cuarto de la pequeña, yo lo saqué a rastras y me gané el labio partido; no sentí miedo.

Esto es lo que nunca le conté a ningún colega, lo que ni el cuaderno sabe: no sentí miedo, sentí cálculo.

De pie en el pasillo, con la boca llena de sangre y el corazón en su sitio, miré a mi padre como miraba las láminas del tratado, y pensé, con una frialdad que a mis quince años ya me habitaba, una sola frase, entera, con sujeto y predicado: esto hay que terminarlo.

No supe entonces ni quise saber, que la niña, desde su cama, con el canario entre las manos, me estaba mirando mirarlo. Y qué aprendía.