Sin testigos 13
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Por aquellos días empecé a tratar a Adela, y conviene que la cuente, porque fue la paciente que, sin saberlo, me obligó a mirar de frente la pregunta que llevaba toda la vida esquivando: qué clase de hombre soy cuando alguien indefenso necesita que me ponga delante.

Adela tenía treinta y ocho años, trabajaba en una notaría y llegó a mi consulta por «ansiedad y problemas de sueño», la etiqueta cómoda bajo la que la gente esconde lo que aún no se atreve a nombrar.

Hablaba en voz baja. Se sentaba en el borde del sillón, como si pidiera permiso para ocupar el asiento.

Y llevaba, en pleno mes templado, un pañuelo al cuello que se ajustaba cada vez que la conversación se acercaba a su marido, un tal Gonzalo, gestor inmobiliario, «encantador con todo el mundo», repetía, con esa insistencia que en mi oficio es una alarma: nadie defiende tanto a quien no necesita defensa.

La reconocí enseguida. No a ella: a la situación.

La reconocí en el pañuelo de enero, en la voz moderada, en la forma de hacerse pequeña en el sillón.

Era mi madre, treinta años después, en otra ciudad, con otro nombre.

Y la reconocí con una mezcla de profesionalidad y de algo mucho más antiguo y más peligroso, un calor sordo en el pecho que no sentía desde los quince años, desde un pasillo, desde la última vez que decidí que algo «había que terminarlo».

Tuve que recordarme, sesión tras sesión, que ya no era aquel chico, que existían cauces, protocolos, leyes; que un psicólogo adulto no se pone delante con un destello plateado, sino con un informe, un teléfono y una derivación a los servicios adecuados.

Pero la tentación estaba allí, y sería deshonesto no confesarla, porque toda esta historia es, al fin, un inventario de mis tentaciones.

Cada vez que Adela se ajustaba el pañuelo, una parte de mí —la que comparto con mi hermana, la que viene de la misma casa quemada— calculaba.

¿Dónde vivía Gonzalo? ¿A qué hora volvía?

¿Por dónde cede un hombre como ese? Lo hacía sin querer, como quien respira, y luego me espantaba de mí mismo y volvía a mis notas, a mis cauces, a mi protocolo.

Marina, si hubiera tenido a Adela enfrente, habría resuelto el problema en una semana, limpiamente, con una estufa o una escalera a oscuras, y habría dormido tranquila.

Yo no podía permitirme ser Marina. Llevaba diecisiete años construyendo, ladrillo a ladrillo, al hombre que no era Marina.

Y Adela, sin saberlo, iba a obligarme a demostrar, por primera vez en mi vida adulta, si aquel hombre era de verdad distinto o solo era el mismo con mejores modales.