Sin testigos 12
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De noche, cuando la ciudad bajaba el volumen y el cruce se reducía a su mínima expresión —un coche cada tanto, el semáforo cambiando para nadie—, sacaba el cuaderno.

Lo custodiaba en un cajón con cerradura del estudio, bajo las carpetas de los pacientes.

No porque encerrara secretos suyos, sino porque guardaba los míos.

Tapa negra, esquinas redondeadas por el uso, y dentro ni confesiones ni planes ni nada que un juez pudiera leer en voz alta ante una sala.

Dentro había listas, sobre todo. Yo ordenaba el pasado en listas, igual que otros ordenan los armarios, porque las listas no exigen explicaciones: una cosa sigue a otra y con eso basta.

Aquella noche escribí, bajo la fecha:

Carla: sueño del pasillo. Cuatro puertas. «Es un sueño apacible; por eso me inquieta.»

Y, tras dudarlo, una tercera línea que no pertenecía al día sino a todo:

Hace diecisiete años.

Nada más. No hacía falta. El resto lo conocía de memoria, con esa memoria mía tan caprichosa que retenía el número de escalones de una casa y, sin embargo, había extraviado por completo el olor de mi madre.

Mi madre bebía hojicha. Eso sí, lo conservaba.

Lo tomaba por las tardes, en una taza menuda, de pie en la cocina, con la vista perdida en un campo que el verano teñía de amarillo y el invierno reducía a barro.

Sostenía que el café la alteraba y que el hojicha la serenaba.

De niño, le robaba sorbos a escondidas para comprobar qué se sentía al estar sereno, y jamás noté nada salvo aquel regusto a hierba quemada que todavía hoy me ofende.

Sigo bebiéndolo cada mañana. No porque me agrade —ya lo dije, lo aborrezco—, sino porque, mientras lo aborrezco, ella, de un modo absurdo y privado, continúa de pie en aquella cocina.

Es la única forma de duelo que me he permitido: una que no se parece a ninguna otra.

Tenía tres hermanos; rezaba la versión amable. Falso. Éramos tres hermanos, lo cual es distinto. Tomás, el mayor. Yo, el del medio. Y la pequeña.

A la pequeña casi nunca la menciono. Ni siquiera aquí.

Es una superstición tan tonta como las demás, aunque más antigua, y a las supersticiones antiguas las trato con respeto.

Diré apenas que era la pequeña, que tenía un canario y que al canario lo llamó Capitán porque había decidido que un pájaro tan diminuto necesitaba un nombre enorme para no temerle al mundo.

El canario habitaba en una jaula junto a su cama.

Por las mañanas cantaba como si le pagaran por ello.

Mi padre amenazaba con soltarlo cada vez que despertaba antes de las ocho; nunca lo hizo.

Las amenazas de mi padre eran como sus promesas: ruido para tapar el silencio de abajo.

La casa ardió una noche de octubre. Murieron cuatro personas. Yo tenía quince años y fui el único que salió.

Esa es la versión que todos prefirieron conservar, la casi amable, y la sostuve durante diecisiete años con la misma terquedad con que sostengo el sabor del hojicha: como una penitencia que ya no recuerda su pecado.

Porque la verdad —la mía, la del cuaderno, la que ni siquiera al cuaderno confío— es que la casa no ardió por azar.

La quemé yo.

Cerré el cuaderno. Lo devolví al cajón. Eché la llave.

Y, como cada noche, me detuve un instante ante la jaula del patio, esa jaula vacía que alguien había colgado tres días antes en una ventana de enfrente, con la puertecilla abierta meciéndose en la corriente, mientras pensaba —no por primera vez— que el mundo gasta a veces un gusto pésimo con sus coincidencias .

Una jaula vacía. La puerta franca. Como si el pájaro, después de todo, hubiera tenido la última palabra.