Sin testigos 11
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Con el señor Bru, en cambio, acerté tarde y por casualidad, que es como uno acierta casi siempre con las cosas importantes.

Llevábamos tres meses dando vueltas alrededor de su duelo sin tocarlo, igual que se rodea un agujero en el suelo de una habitación a oscuras.

Él hablaba de los muebles que cambiaba de sitio cada madrugada; yo asentía y anotaba; ninguno de los dos nombraba lo que se escondía bajo aquel trajín.

Hasta que, una tarde, sin que viniera a cuento, le pregunté qué era lo último que su mujer había tocado antes de morir.

No lo planeé. Me salió, como me salían entonces las preguntas peligrosas, porque mi propia casa empezaba a llenarse de cosas sin tocar.

El señor Bru se quedó muy quieto, con sus manazas abiertas sobre las rodillas, y al cabo dijo:

—Una carta. Me escribió una carta. La encontré en su mesilla el día del entierro.

—Tragó saliva—. No la he leído, doctor. Tres años.

El cambio de cajón cada noche, para no encontrarla ni perderla.

La meto entre los calcetines, en la caja de herramientas, debajo del colchón.

Por la mañana no recuerdo dónde la dejé y me pasó el día buscándola, con miedo de hallarla.

—Le temblaba la barbilla—. Mi mujer me dejó sus últimas palabras, y yo llevo tres años huyendo de ellas como un cobarde.

Comprendí, de golpe, que aquel hombre no movía los muebles por locura, sino por una lógica perfecta y atroz: mientras la casa estuviera en movimiento, la carta no tenía un sitio fijo; y mientras no tuviera un sitio fijo, él no tenía que decidir si leerla.

El desorden era su forma de no enterrar a su mujer del todo.

Reconocí la maniobra al instante, porque era la mía vuelta del revés: él removía la casa para no leer una verdad; yo mantenía la mía inmóvil, las almohadas en formación, la taza vacía en su sitio, por el mismo motivo exacto.

Los dos custodiábamos un sobre cerrado. El suyo, de papel. El mío, de memoria.

—Tráigala el jueves —dije—. La leeremos juntos. Aquí. Y si en algún momento quiere parar, paramos.

El jueves la trajo. Un sobre amarillento, ablandado por tres años de manoseo.

Le temblaban tanto las manos que tuve que abrirlo yo.

Dentro había una sola cuartilla con una letra grande y trabajosa, de una mujer que aprendió a escribir tarde, y empezaba: «Antonio, no te enfades por lo que voy a decirte.

» Bru leyó hasta ahí y se detuvo; le dije que respirara, respiró y siguió.

La carta no contenía ningún secreto terrible.

Contenía lo contrario: una mujer agradeciéndole cuarenta años a un hombre, pidiéndole que volviera a salir a pescar, que no dejara que la casa se le cayera encima, que fuera feliz «aunque solo fuera por fastidiarme, que ya sabes que siempre quise tener razón».

Bru lloró como no he visto llorar a nadie, con un llanto que era más alivio que pena, y yo, que apenas registro las emociones ajenas sin traducirlas en teoría, me quedé extrañamente quieto, asistiendo a algo que no me pertenecía y que, sin embargo, reconocía.

Cuando se fue, sereno por primera vez en tres meses, anoté en su ficha «alta» y me senté frente a la jaula del patio con un pensamiento que no me dejó dormir: que yo le había enseñado a un desconocido a abrir el sobre que no se atrevía a leer, mientras seguía sin atreverme a abrir el mío.

Curamos siempre mejor a los demás de los males que nos negamos a tratarnos.

El señor Bru salió de mi consulta curado.

Su terapeuta se quedó dentro, con su carta cerrada, custodiando un nombre de pájaro que aún no sabía pronunciar.