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El viernes incorporé a un paciente nuevo a la agenda y durante varias semanas estuve convencido de que el peligro entraría por su butaca. Me equivoqué tanto con él como con el señor Bru, aunque de un modo distinto, y la diferencia entre ambos errores me enseñó algo que no olvidaría.

Se llamaba Néstor Ayala. Treinta y cuatro años, ingeniero, casado, con dos hijas pequeñas.

Lo enviaba un colega del hospital con una nota escueta: «Pensamientos intrusivos de contenido agresivo».

Descartar riesgo.» Llegó encorvado, con el abrigo abrochado hasta el cuello pese al calor de la consulta, y tardó veinte minutos en mirarme a los ojos.

Cuando por fin habló, lo hizo en voz tan baja que tuve que inclinarme.

—Pienso en hacerles daño —dijo—. A mis hijas.

A mi mujer. No quiero. Lo juro por lo más sagrado que no quiero.

Pero la imagen aparece. Cocino y veo el cuchillo entrar donde no debe.

Las baño y veo mis manos haciendo lo que jamás harían.

—Se le quebró la voz—. ¿Qué clase de monstruo piensa esas cosas, doctor?

Lo observé con una atención que él habría confundido con compasión y que, en rigor, era de otra especie.

Porque Néstor describía, con una precisión que me erizó la nuca, la mecánica exacta de lo que yo guardaba bajo llave: el cuchillo, las manos, el punto por donde el cuerpo cede.

Durante un par de sesiones llegué a sospechar que aquel hombre tímido no era un paciente, sino un mensajero; que alguien lo había instruido para recitarme mi propio prólogo y observar mi reacción.

La paranoia, ya lo he dicho, es el lujo del culpable: ve su reflejo en cada charco .

Me equivocaba. Néstor no escondía ningún crimen, ni presente ni futuro.

Padecía, con su pulcritud habitual, lo que mi oficio llama trastorno obsesivo de tipo agresivo: un cerebro que produce la imagen más intolerable posible —dañar a quien más amas— precisamente porque la amas tanto que la sola idea te horroriza, y el horror, al revés de lo que cree la gente, no nace del deseo, sino de su contrario absoluto.

Los hombres que de verdad hacen daño a sus hijas no acuden temblando a una consulta.

Acuden los que jamás lo harán, atormentados por imaginar que podrían.

Se lo expliqué a lo largo de varias semanas.

Vi cómo el cuello del abrigo se le iba aflojando sesión a sesión, cómo recuperaba el contacto visual, cómo aprendía a dejar pasar la imagen igual que se deja pasar un coche por el cruce: sin subirse a él.

Y mientras lo curaba, no se me escapó la amarga ironía del asunto.

Yo, que dedicaba las tardes a convencer a un hombre bueno de que pensar en matar no lo convertía en asesino, dedicaba las noches a convencerme a mí mismo de lo contrario: de que un asesinato a medio recordar me convertía, sin lugar a dudas, en el peor de los monstruos.

A Néstor le enseñaba que la culpa no prueba nada.

A mí me cobraba la culpa como prueba de todo.

Curamos siempre mejor a los demás de los males que nos negamos a tratarnos.

Aquella noche, cuando Néstor se marchó tranquilo por primera vez, anoté en su ficha «pronóstico favorable» y me quedé un rato largo mirando la jaula del patio, pensando, sin querer, que ojalá alguien me hubiera explicado a los quince años lo que yo acababa de explicarle a él.