Sin testigos 9
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De los tres meses que Carla pasó en mi sillón antes de que todo se rompiera, conservo las notas de cada sesión y, al releerlas ahora, desde la celda, se me eriza la nuca: porque lo que entonces tomé por los progresos de una paciente ansiosa era, en realidad, el avance milimétrico de una cacería.

La segunda semana me habló de su trabajo.

Era contable, dijo, en una gestoría del centro; le gustaban los números «porque no mienten, doctor, o mienten de una forma que se puede demostrar».

Le pregunté, de rutina, qué la había llevado a la contabilidad.

Y me dio una respuesta que apunté sin entender y que hoy me sé de memoria: «Me gusta cuadrar cuentas.

Que no falte ni sobre nada. Cuando una cuenta cuadra, el mundo descansa.

Cuando no cuadra, alguien tiene que pagar la diferencia.

» Sonrió al decirlo, esa sonrisa minúscula, y yo anoté «rigidez, perfeccionismo, posible TOC» con la ceguera soberbia del que cree estar examinando cuando lo examinan.

La tercera semana lloró. Fue el único llanto que le vi en tres meses, y todavía no sé si fue verdadero o si Marina, que de niña aprendió a llorar a voluntad para ablandar a un guardia civil, lo encendió y lo apagó como quien abre y cierra un grifo.

Lloraba, dijo, por un hermano. «Tuve un hermano al que quería más que a nadie.

Lo perdí siendo muy pequeña. Y lo peor no es haberlo perdido: lo peor es que a veces, por la calle, creo verlo en un desconocido, y lo sigo durante metros, sabiendo que es absurdo, hasta que el desconocido se gira y no es él.

» Le ofrecí un pañuelo de la caja que tengo para eso.

Lo cogió, se secó, me lo agradeció. Yo escribí «duelo no resuelto por figura fraterna» y subrayé «fraterna», sin sospechar que la figura fraterna no resuelta estaba sentada enfrente, secándose unas lágrimas con mi pañuelo, mirándome seguir sin reconocerla .

La quinta semana introdujo el pasillo. La séptima, las cuatro puertas.

La novena, el canario sin nombre. Cada semana una pieza, colocada con la paciencia de quien arma un rompecabezas cuyo dibujo final solo ella conocía.

Yo creía conducir la terapia. La terapia me conducía, sesión a sesión, hacia el centro exacto de mi propia casa quemada.

Y lo más humillante, lo que de verdad me quita el sueño aún hoy, no es que me engañara.

Es que disfruté cada sesión. Que esperaba los martes y los jueves con una ilusión que no me permitía desde niño.

Que, sin saberlo, había vuelto a tener lo único que de verdad eché de menos en diecisiete años: una hermana al otro lado de la habitación, contándome cosas, mirándome como si importara.