Sin testigos 8
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El barrio, por aquellos días, seguía su vida ajena a todo, y yo me movía por él como un fantasma educado, saludando, comprando el pan, devolviendo los buenos días, perfectamente integrado en una normalidad que ya sentía resquebrajarse bajo los pies.

Don Emilio seguía en su portería, con su periódico y su sabiduría de portales.

La panadera me guardaba el diario bajo el mostrador.

Las palomas me miraban pasar desde la barandilla del paso elevado con su indiferencia de jueces.

El tranvía bajaba por Colón con su quejido metálico.

Todo en su sitio, todo igual, esa rutina del barrio que durante seis años había sido mi coartada perfecta: un hombre que repite cada gesto a la misma hora no esconde nada, piensa la gente, cuando es exactamente al revés: la repetición es el mejor escondite que existe.

Yo lo sabía. Mi hermana lo sabía. Las dos personas más peligrosas de aquella historia éramos también las dos más rutinarias, las más educadas, las que mejor doblábamos el abrigo y saludábamos al portero.

Una de aquellas mañanas, Don Emilio me paró con el periódico en la mano y me señaló una noticia pequeña, de sucesos, de otra provincia: una mujer muerta en un incendio doméstico, «accidente, una estufa vieja».

«Mire usted —dijo, meneando la cabeza—, cómo está el mundo.

Otra que se va por una estufa. Yo no sé qué les pasa a las estufas últimamente.

» No supe qué contestar. Miré la noticia: tres líneas, un accidente más, un fuego que cierra una cuenta que solo el muerto y quizá alguien más conocen.

Y pensé en las cinco ciudades de mi hermana, en las cinco noticias de tres líneas que habría leído en su día algún Don Emilio de algún barrio, meneando la cabeza, sin atar jamás un cabo con otro, porque los cabos solo se atan cuando alguien decide mirarlos juntos, y casi nadie decide.

«Sí, Don Emilio — dije al fin—. Cómo está el mundo.

» Y subí los seis pisos pensando que el mundo no está de ninguna manera: el mundo solo está lleno de noticias de tres líneas que nadie pone en fila, y de porteros buenos que menean la cabeza, y de hermanas que cuentan con esa indiferencia, con esa costumbre de no remover, para seguir cerrando cuentas a plena vista, en barrios como el mío, bajo edificios imposibles de no ver.