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He pensado mucho, estos años de celda, en cómo empezó todo, y «todo» no empieza en un pasillo con un destello plateado: empieza mucho antes, en cómo se conocieron mi padre y mi madre, porque las casas se incendian despacio, años antes de que prenda la primera llama.
Me lo contó mi madre una vez, en su patria diminuta de las cuatro de la tarde, con la taza de hojicha entre las manos.
Se conocieron en una verbena. Él era el más guapo del pueblo, decía, y lo decía sin amargura, casi con asombro, como quien recuerda un tiempo en que las cosas todavía podían salir bien.
La sacó a bailar, la hizo reír, le prometió un mundo.
Andrés prometía bien; ya lo dije, sus promesas eran como sus amenazas, ruido para tapar un silencio.
Mi madre, que tenía dieciocho años y unas ganas enormes de salir de la casa de sus padres, confundió el ruido con la música, como tantas.
Se casó en seis meses. El primer golpe llegó al año siguiente, después de una verbena parecida a aquella en la que se conocieron, por un baile que a él le pareció demasiado largo.
Mi madre me contó esto con una serenidad que entonces me pareció fortaleza y que hoy reconozco como lo que era: la calma del que ha dado por perdida la batalla hace tanto que ya ni recuerda haberla librado.
Lo cuento porque durante años odié a mi padre con una pureza que me organizaba el mundo: él era el monstruo, nosotros las víctimas, casillas limpias.
Pero desde aquí, con tiempo de sobra para deshacer mis propias certezas, ya no me sirve esa aritmética.
Mi padre fue también él un niño en alguna casa; alguien le enseñó las manos cerradas antes de que él nos las enseñara a nosotros.
No lo disculpo; disculpar no es entender, y yo solo aspiro a entender.
La cadena de las manos cerradas viene de lejos, de generaciones de verbenas y promesas y silencios, y se transmitió de mi padre a sus hijos de dos maneras opuestas: yo aprendí a ponerme delante de esas manos; mi hermana aprendió a ser una de ellas.
El mismo veneno, dos antídotos contrarios, ambos venenosos a su vez.
A veces, en el patio de la cárcel, miro a los hombres que comparten condena conmigo e intento adivinar la verbena de cada uno, el baile demasiado largo, el primer golpe del año.
Casi siempre acierto. Casi nadie nace en el pasillo.
A casi todos los llevan hasta él, de la mano, despacio, a lo largo de una infancia, con la mejor de las intenciones y la peor de las herencias.
Mi hermana lo dijo de la única forma que sabía: ordenando los huesos de una mano.
El cuerpo es un mecanismo y los mecanismos se heredan.
También los rotos. Sobre todo los rotos.