Sin testigos 6
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En el segundo centro de acogida hubo un hombre, y le debo, sin exagerar, la forma entera de mi vida adulta.

Se llamaba don Ricardo y daba clases de apoyo a los chicos rezagados, aunque yo no iba rezagado en nada, salvo en estar vivo.

Era viejo, paciente, con una manera de mirar que no buscaba nada, cosa rarísima; casi todos los adultos que pasaron por mi infancia miraban para corregir, para temer o para no ver.

Don Ricardo miraba para acompañar. Me prestó libros.

Cuando descubrió que yo devoraba los de medicina y los de psicología, no se alarmó como se habían alarmado otros ante el chico raro que subrayaba las partes de los muertos; me trajo más.

Un día me dijo una frase que llevo treinta años repitiéndome y que solo aquí, en la celda, he terminado de entender: «Tú no quieres ser médico, chico».

Tú quieres entender por qué la gente se rompe.

Eso no es medicina. Eso es otra cosa, y suele venir de haberse roto uno mismo. »

No le confesé nada, claro; yo no confesaba.

Pero por primera vez alguien había nombrado, sin juzgarlo, el motor de mi curiosidad: entender la rotura porque uno viene de ella.

Don Ricardo me orientó hacia la psicología sin saber que orientaba a un superviviente hacia el estudio de su propio crimen imaginario; me dio, sin sospecharlo, las herramientas con las que pasaría diecisiete años desmontando en los demás las trampas que no me atrevía a mirar en mí.

Murió cuando yo estaba en segundo año de carrera.

No fui al entierro; no iba a entierros; llevaba uno enquistado dentro que no me dejaba sitio para más.

Pero le dediqué, años después, mi único libro, con una línea que nadie entendió y que él habría entendido entera: «Para R.

, que me enseñó a mirar para acompañar, y no para temer. »

Lo cuento porque la gente, cuando conoce mi historia, busca el momento en que un niño normal se tuerce, como si hubiera un instante, una bifurcación, un punto de no retorno.

No lo hay. Hay, a lo sumo, una larga cadena de manos: las cerradas de mi padre, que me torcieron; la abierta de don Ricardo, que casi me endereza.

Tuve mala suerte con las primeras y buena con la última, y aun así no bastó, porque las manos que nos forman de niños pesan más que todas las que vienen después.

Don Ricardo me enseñó a mirar para acompañar.

Aprendí la lección y me gané la vida con ella.

Pero a la única persona a la que de verdad necesité mirar para acompañar —una niña en una acequia, con un canario y un futuro torcido— la miré durante años para protegerla del peligro de fuera, sin ver jamás el que llevaba dentro.

El mejor maestro no puede enseñarte a ver lo que has decidido, con toda tu alma, no mirar.