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Hay un recuerdo de mi madre que me he prohibido durante años y que solo aquí, con tiempo de sobra para levantar mis propias prohibiciones, me permito recordar.
Un día —yo tendría doce, la edad que tendría la pequeña la noche del fuego, las simetrías de esta historia me persiguen— entré sin avisar en el dormitorio de mis padres, buscando no recuerdo qué, y sorprendí a mi madre arrodillada junto al armario, con una baldosa suelta del suelo levantada y, debajo, una lata de membrillo vacía.
Dentro de la lata había dinero. Billetes pequeños, doblados, ahorrados de la compra durante quién sabe cuánto tiempo.
Mi madre me miró con un susto que no le había visto nunca, ni siquiera ante mi padre, y me hizo jurar, agarrándome la muñeca con una fuerza que no sospechaba, que no se lo diría a nadie.
Se lo juré. Cumplí. Es de las pocas promesas de mi vida que cumplí del todo.
Tardé años en entender lo que había visto.
No era avaricia ni desconfianza conyugal.
Era un plan. Mi madre, la mujer encogida de las gafas de sol en enero, la que yo había dado por perdida, por cuenta cerrada, llevaba años, billete a billete, preparando una huida.
Para ella. Para nosotros, quizá. Ahorraba en una lata de membrillo, bajo una baldosa, la posibilidad de una vida distinta, y la cantaba bajito secando los platos, y la guardaba debajo de las gafas de sol.
No estaba perdida. Estaba esperando. Como esperan los presos pacientes, como esperaba la pequeña a que se durmieran las manos peligrosas, como esperé yo diecisiete años a que llamaran a mi puerta.
Mi familia entera era gente esperando, cada uno su momento, cada uno su huida, y la casa ardió antes de que ninguno alcanzara la suya .
Pienso mucho en esa lata. Ardió con todo lo demás, supongo; el dinero de la huida de mi madre se convirtió en humo la misma noche en que ella se fue.
Y pienso que, si yo no la hubiera dado por perdida, si en lugar de clasificarla como cuenta cerrada la hubiera mirado como miro ahora, quizá habría visto a tiempo a la chica que cantaba y ahorraba bajo una baldosa, y quizá —es el quizá que más me pesa de todos, más que el del pasillo— habríamos huido juntos antes de que hiciera falta ninguna cerilla.
Mi hermana cerró puertas toda su vida. Mi madre, en cambio, pasó la suya intentando abrir una en secreto con calderilla.
De los dos métodos, el de mi madre era el único limpio.
Y fue el único que no llegó a tiempo. Las casas que arden despacio siempre se llevan primero a los que estaban ahorrando para marcharse.