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Me enteré esa misma tarde por Don Emilio, que solía informarme de los movimientos del edificio con la misma economía con que me ponía al día de los crímenes del país.
Bajé a por el correo a las seis menos cuarto —siempre a las seis menos cuarto, antes de la segunda sesión— y lo sorprendí saliendo de la portería con un sobre acolchado entre las manos.
—Tenemos vecina —dijo, señalando el techo con la barbilla—. El cuarto B. Llevaba cerrado desde lo del señor Company, que en gloria esté. —Bajó la voz, pese a que no rondaba nadie—. Una chica sola. Periodista, dice ella. De esas que ahora hacen radio desde el ordenador.
—Pódcast —apunté.
—Eso mismo. —Arrugó el ceño, como si la palabra le supiera a poco—. Vino preguntando por la finca. Que si era vieja, que si había pasado algo aquí dentro. Le solté lo de las torres, lo de la guerra, la copla de siempre. —Me observó un instante de más—. Curiosa, la muchacha. De las que apuntan.
De las que apuntan. No sabría explicar por qué se me clavó la frase. Yo también pertenecía a esa especie. Tal vez reconocí el peligro antes de comprenderlo precisamente por eso: uno identifica su propia herramienta en la mano ajena con una facilidad que asusta.
Subí con el paquete. Contenía un libro encargado: la reedición de un viejo tratado de medicina legal que ya poseía, aunque deseaba la versión con láminas a color.
No es una afición agradable de confesar, lo sé; aun así, la confieso porque a estas alturas fingir delicadezas sería ridículo.
El cuerpo humano me interesaba como a un relojero le interesa el mecanismo: no por afecto, sino por curiosidad técnica.
¿Cómo se abre? ¿Cómo se detiene? ¿Qué hace en los instantes previos a detenerse?
En el rellano del cuarto, la puerta del B permanecía entornada y exhalaba cajas hacia el pasillo.
Una lámpara sin pantalla. Un perchero desmontado.
Una caja rotulada “COCINA” y, justo debajo, otra sin una sola palabra escrita.
Reconocí esta última: era la misma que Nora sostenía aquella mañana en la escalera. Continuaba huérfana de etiqueta.
Hay personas que rotulan todas sus cajas salvo una. Y la que dejan en blanco suele ser, invariablemente, la que importa.
Pasé de largo. Ni tan deprisa que pareciese una huida, ni tan despacio que delatara interés; llevaba años afinando esa velocidad intermedia. A la altura de su puerta, sin embargo, ella salió de sopetón con otro bulto y estuvimos a punto de chocar.
—Vaya —dijo—. El de las escaleras.
—El de las escaleras —concedí.
De cerca parecía más joven o más fatigada que en ciertas personas, lo cual equivale a lo mismo del revés.
Una mancha de polvo le cruzaba la mejilla; los ojos, en cambio, estaban demasiado despiertos para alguien que llevaba el día entero cargando peso.
Me estudió con esa atención profesional que identifiqué al vuelo, prima carnal de la mía: la atención del que no observa para ver, sino para almacenar.
—Nora —se presentó, sin tenderme la mano, ocupada como la tenía—. Acabo de llegar. Literalmente.
—Bienvenida.
—¿Tú vives arriba?
—En el sexto .
—El ático de las torres. —Sonrió—. Qué suerte. Desde ahí se domina todo.
—Se ve el cruce —maticé.
—Se ve el barrio entero, querrás decir. —Inclinó la cabeza—. Hago un pódcast sobre… —vaciló, y aquella vacilación, la entendí mucho después, venía cronometrada— …sobre cosas que ocurrieron y que nadie terminó de contar. Casos viejos. Esa clase de historias. Cualquier día te aburro con ellas.
—Cualquier día —dije.
Subí los dos tramos que me faltaban con un pulso impecablemente normal.
Eso fue lo que más tarde, al rememorarlo, me desconcertó: que el cuerpo no se me alterase ni lo más mínimo.
Quien se ha pasado la vida entera preparándose para que llamen a su puerta debería sentir algo el día en que por fin lo hacen.
Yo no sentí nada. Solo pensé, con una nitidez fría y administrativa, una frase redonda, con sujeto y predicado, de esas que se piensan cuando ya se sabe: ya está aquí.
Ignoraba el qué. Pero sabía que había llegado.