Sin testigos 3
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Aquella tarde, después de Carla, me tocaba el señor Bru. Conviene que hable de él, porque durante un tiempo creí que la amenaza llegaría desde su butaca, y los errores de un hombre tan poco dado a equivocarse merecen guardarse, aunque solo sea para reírse luego de uno mismo.

Bru rozaba los setenta. Manos grandes y limpias, manos que habían trabajado con materia y ahora descansaban sin oficio.

Me miraba de una forma que, el primer día, clasifiqué como soberbia profesional dentro del cajón de lo peligroso.

Acudía por un duelo. Su mujer había muerto dos años antes y, según contaba, no conseguía «dejar la casa en paz»: cambiaba los muebles de sitio cada madrugada, vaciaba armarios, perseguía algo que no acertaba a nombrar.

A mí, que reconozco el orden ajeno como un perfumista distingue una nota entre cien, aquel desorden febril me olió desde el principio a culpa.

La culpa, en mi experiencia, casi siempre esconde un cadáver debajo.

Llegué a sospechar, en mis peores noches, que Bru había hecho algo con su esposa y que su cabeza, igual que la mía, había aprendido a no saberlo.

Me equivocaba de medio a medio. El señor Bru no ocultaba ningún crimen; ocultaba una carta.

Una despedida que su mujer le había dejado escrita y que él no se atrevía a leer, así que la trasladaba de cajón en cajón, noche tras noche, para no encontrarla nunca sin perderla jamás.

Tardé tres meses en comprenderlo. La tarde en que por fin la leyó, en voz alta, frente a mí, con aquellas manazas temblando como hojas, lloró de un modo que me dejó —a mí, que apenas registro los olores y rara vez las emociones—, curiosamente inmóvil, igual que quien asiste a algo ajeno y, pese a todo, lo reconoce .

Lo cuento por un motivo. La gente supone que un hombre como yo, entrenado en fingir, ha perdido la facultad de detectar lo auténtico.

Sucede al revés. Justamente porque vivo de simular, identifico lo verdadero con una precisión casi dolorosa, del mismo modo que el sordo percibe las vibraciones que a los demás se les escapan.

Bru era auténtico. Su dolor, legítimo. Y yo, que lo había etiquetado de sospechoso, no había hecho sino proyectar mi propio muerto sobre su biografía.

Eso hacen los culpables: repartimos la culpa por el paisaje para diluir la nuestra hasta volverla invisible.

Hoy, desde la distancia, agradezco al señor Bru una lección que más adelante necesitaría como el aire: el que de verdad esconde algo no remueve la casa con frenesí.

El que de verdad esconde algo la deja idéntica cada amanecer —las almohadas en formación, la taza vacía donde corresponde— y se sienta sereno a beber un té que detesta.

Yo era el reverso del señor Bru. Y en algún punto de la ciudad respiraba alguien que era mi propio reverso, alguien tan ordenado como yo en la superficie y tan distinto por dentro. Solo que entonces lo ignoraba.

Cuando Bru se marchó, anoté en su ficha una palabra —«avance»— y, debajo, sin que viniera a cuento, una segunda que nada tenía que ver con él y sí con la mujer de la escalera, con la caja sin etiqueta, con el roce de algo que comenzaba: «atención».