Sin testigos 2
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El telefonillo sonó a las diez en punto.

Carla jamás se adelantaba ni se retrasaba; aterrizaba exacta, y aquella puntualidad suya, calcada de la mía, fue lo primero que me agradó de ella.

También debería haber sido lo primero que me alarmara.

Uno desconfía de los desconocidos que llegan tarde; rara vez sospecha de los que llegan clavados, porque la precisión se disfraza de virtud.

Pulsé el botón sin preguntar quién era. Abajo, chasqueó el portal; el ascensor antiguo se despertó con su letanía de poleas; cuarenta y un segundos más tarde, sus nudillos tocaron la puerta. Dos golpes. Nunca tres, nunca uno.

Abrí.

Carla rondaba la treintena, según la ficha que yo mismo había rellenado hace tres meses.

Melena oscura recogida con un descuido demasiado armonioso para ser casual, abrigo de paño gris que se quitaba antes de sentarse y se doblaba sobre el brazo del sillón con una pulcritud que me resultaba vagamente familiar, aunque entonces no supe atribuirla a nada.

Sus ojos tenían un color escurridizo, a medio camino entre el verde y la ceniza, y miraban de un modo que no era ni reto ni ruego, sino inventario.

Carla entraba en una habitación igual que un tasador entra en una casa que va a heredar: midiendo, descontando, calculando lo que se queda y lo que se tira.

—Doctor —dijo—, antes de acomodarse.

—Buenos días, Carla.

No corregí lo del doctor. A ella, menos que a nadie.

Me instalé enfrente, en el sillón ligeramente desviado, con la libreta sobre la rodilla.

Nunca grababa las sesiones. Tomaba apuntes a mano, con una caligrafía minúscula e inclinada que ni yo mismo descifraba pasados unos días; esa misma noche, sin falta, trasladaba lo esencial a un cuaderno bajo llave.

Un sistema redundante, torpe, ineficiente.

Lo conservaba precisamente por eso: copiar dos veces obliga a elegir qué merece sobrevivir.

—¿Qué tal la semana? —pregunté.

Tardó en contestar. Su mirada buscó, al fondo, la jaula vacía colgada en la ventana del patio, como si la conociera desde antes de cruzar mi umbral.

—Volví a soñar con la casa —murmuró.

Anoté: la casa.

—La de siempre —añadió.

—La de siempre —repetí.

—La del pasillo largo. Las cuatro puertas.

Levanté la vista despacio. Durante tres meses, aquel sueño se había repetido sin apenas variaciones: un corredor en penumbra, unas puertas.

Cuatro. Yo había archivado la cifra sin solemnidad, con la pereza del manual: cuatro opciones, cuatro versiones de una misma encrucijada, la interpretación que cualquiera firmaría.

Lo que me detuvo aquella mañana no fue el número, sino el tono.

Carla lo pronunciaba sin miedo, con la serenidad de quien recita el plano de una vivienda en la que durmió mil noches.

—Cuéntemelo —pedí.

—Camino por el pasillo. Está oscuro, aunque no del todo; hay una claridad al fondo, como la de una cocina encendida de madrugada.

Voy abriendo puertas, una tras otra. Detrás de cada una, alguien duerme.

—Una pausa breve—. Yo sé que no debo despertarlos.

Que lo más piadoso, lo único decente que puedo hacer por ellos, es dejarlos dormir.

El bolígrafo se me quedó suspendido a un milímetro del papel.

—¿Y los despierta ?

Reparé en que se había deslizado usted sin querer y en que ella lo había notado.

—Jamás —respondió—. Los contemplo dormir; cierro con sumo cuidado para que no descubran que estuve allí. —Sonrió, una sonrisa diminuta, casi tierna—. Es un sueño apacible, doctor. Por eso me inquieta.

Hay frases que un terapeuta archiva. Hay otras, menos frecuentes, que, mientras las archiva, lo archivan a él sin que se entere.

Aquella perteneció a la segunda especie.

Es un sueño apacible; por eso me inquieta.

La transcribí entera, sin abreviaturas, y al hacerlo descubrí que la mano me temblaba apenas lo justo para que la última vocal se alargara más de la cuenta.

No era miedo. A esas alturas de mi vida, había perdido el respeto por casi todos los miedos. Era reconocimiento. Solo que aún no sabía de qué.

—¿Por qué cree que sueña con dormidos, en vez de con muertos? —Pregunté y supe en el acto que la pregunta delataba más mi interior que el suyo.

Carla ladeó la cabeza con curiosidad aguda.

—¿Existe diferencia? —dijo.