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Sin testigos

Sin testigos

Por Viktor Kane

© inepub.com

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El despertador estaba puesto a las seis y cuarto, pero a mí se me abrieron los ojos a las seis y catorce, como casi todas las mañanas.

Me di un momento para relajarme antes de que la alarma me recordara el día que ya tenía planeado.

La apagué sin siquiera mirarla. Mientras tanto, la habitación, en el azul desnudo de la luz que filtraba la persiana, estaba exactamente igual que la noche anterior: las zapatillas paralelas a la pata de la cama de IKEA, el vaso de agua en la mesilla de noche, el libro de tapa dura cerrado con la marca a media página.

Nada se había movido. Eso, que para otros sería una observación banal, para mí era un dato.

Me incorporé. Hice la cama. Doce minutos exactos: sábana, embozo, manta, colcha, almohadas. Lo de las almohadas, sobre todo, lo hacía con demasiada atención. Había algo frágil en el orden de la cama. Cuando terminé, retrocedí un par de pasos y salí del dormitorio.

El piso era un rectángulo perfecto. Lo había comprado por eso.

Vestíbulo, salón con dos ventanales en el cruce, cocina al fondo, baño, dormitorio y una habitación más pequeña que yo llamaba estudio cuando hablaba de ella y consulta cuando hablaba con mis pacientes.

Todas las paredes estaban pintadas del mismo blanco.

No había alfombras, no había cuadros, no había plantas —salvo las de plástico—.

Encima de la mesa del comedor siempre había una taza de té hojicha vacía y unas gafas de sol.

Las gafas las entendía. Los días malos convertían la luz en algo insoportable y terminaba llevándolas incluso dentro de casa.

El té no. Era hojicha, una variedad japonesa que empecé a tomar después de leer que tenía menos cafeína y era una alternativa más tranquila al café.

A mí me parecía una ofensa líquida y lo odiaba con una constancia admirable.

Cuando una de las dos cambiaba, el piso entero lo notaba. Yo, desde luego, sí .

En la ducha cerraba los ojos. Era el único momento del día en el que me permitía no ver nada.

Cuando salía, me secaba primero el pelo, luego el torso, luego los brazos.

Después me vestía. Y a las seis y treinta y nueve estaba en la cocina poniendo agua a hervir para el té.

El olor de aquella infusión, que para algunas personas es un placer y para otras una distracción, en mí no era ni una ni otra.

De hecho, no era casi nada. Hacía años que apenas distinguía olores; la mezcla suave de café recién hecho y el formol eran las dos únicas excepciones, y solo a veces.

Era la confirmación, visual y sonora más que olfativa, de que las cosas continuaban en su estado natural.

Mientras el hervidor eléctrico calentaba el agua, abrí la persiana del salón. La luz entró de golpe y me obligó a apartar la vista una décima parte. Cuando volví a mirar, ya estaba ahí, abajo, lo de siempre: el cruce.

El cruce no era mío. Era de la ciudad. Pero yo había aprendido a tratarlo como una propiedad pequeña, una herencia que cuidaba con desapego, igual que un guarda cuida un parque sin haberlo plantado.

Russafa contra Colón, en un ángulo casi recto, tres semáforos, un paso de cebra grande que siempre se quedaba a medias en hora punta, y una farola que en invierno se encendía antes que las demás.

Lo conocía mejor que la planta de mi propio piso, porque mi atención caía sobre él tres veces por minuto: cuando los coches pasaban, cuando el tranvía bajaba con su quejido metálico por la otra acera, cuando alguna voz subía por la fachada y se enganchaba en la persiana entreabierta.

Sobre el cruce, en perpendicular, mi edificio.

Lo veía cada vez que volvía a casa y todavía no me había acostumbrado.

Era un bloque blanco, simétrico, con dos torrecillas idénticas rematadas en cúpula a izquierda y derecha, levantadas un par de plantas por encima del resto del cuerpo principal.

Algún arquitecto valenciano de principios de siglo había querido decir algo con esas dos torres; nadie en el barrio sabía ya qué.

Para los vecinos era uno más y para los conductores nuevos del tranvía que cruzaba Colón, era una imagen útil: imposible de no ver.

Cuando ves las dos torres, ya estás en el centro.

La verdad es que me hacía gracia esa expresión, aunque no lo dijera en voz alta.

Me gustaba porque era simple y, a la vez, era exactamente lo contrario de lo que yo intentaba ser en todo lo demás.

Vivir en un edificio imposible de no ver y, dentro de él, hacerme imposible de ver.

Me parecía un acuerdo justo con la ciudad.

La fachada representaba la parte pública del trato. Yo me ocupaba de la otra, la privada.

El agua comenzó a hervir. Volví, serví el té en la taza pequeña, lo tomé de pie, mirando el reloj digital del horno.

Seis y cincuenta y dos. Me había adelantado en dos minutos respecto al promedio.

Lo apunté, mentalmente. Esa era la regla más generosa que me concedía: la posibilidad de variar en dos minutos en cualquier dirección.

A las siete y cuarto bajé.

En el portal flotaba, como casi siempre, una mezcla de suelo recién fregado y humedad.

Don Emilio levantó la mano para saludarme sin apartar la vista del periódico.

Llevaba el periódico a la portería cada mañana desde hacía veintidós años y se enteraba de los crímenes del país antes que los policías que iban a investigarlos.

Encontraba algo extrañamente satisfactorio en esa precedencia.

A veces, en mañanas tranquilas, me detenía dos segundos para preguntarle, sin separarme del paso, si había pasado algo.

Siempre decía la misma cosa: nada que merezca un café.

Lo que necesitaba saber ya estaba en su cara.

—Nada, doctor. Hoy tampoco.

Lo de doctor era inexacto. Yo era licenciado en psicología por una universidad pública a distancia, con una especialización clínica posterior y un máster en trauma infantil cursado en el extranjero.

Treinta y dos años. Atendía pacientes en mi propia casa, en la habitación que llamaba consulta, dos días a la semana, y dedicaba el resto del tiempo a la escritura académica.

Mi primer libro, un ensayo modesto titulado Pequeñas crueldades: estructura del control en la infancia temprana , se había publicado dos años atrás en una pequeña editorial universitaria y había recibido una reseña amable en una revista que casi nadie leía.

Para los pacientes y para el barrio, sin embargo, era el doctor.

Yo no lo corregía. Sabía que la palabra los tranquilizaba y, desde muy joven, había aprendido a no quitarle a la gente las palabras con las que se siente segura.

Caminé dos manzanas hasta la panadería. El aire en la ciudad era seco y un poco metálico.

Daba la impresión de que la urbe llevaba demasiado tiempo encendida para esas primeras horas del día.

Las palomas, agrupadas en la barandilla del paso elevado, me miraron pasar con esa indiferencia que en ellas se parece demasiado a un veredicto.

Compré media barra y le pedí a la panadera un ejemplar de El Diario del Turia—ella me lo guardaba debajo del mostrador desde hacía años— y volví por el mismo camino, por la acera de la derecha, evitando, sin pensarlo, el callejón estrecho que cortaba la manzana por la mitad.

Terminaba rodeándolo sin pensarlo demasiado.

Cuando entré en el portal otra vez, Don Emilio hizo un gesto con la mano sin levantar los ojos. Era el cierre del primer ciclo del día. El segundo empezaba arriba.

Subí andando los seis pisos porque sencillamente era más rápido.

El ascensor del edificio, antiguo y lento, tardaba en sus mejores días cuarenta y un segundos en alcanzar la última planta.

Las escaleras, a mi paso cada mañana, me llevaban exactamente dos minutos y ocho segundos.

La diferencia era pequeña, pero estaba a favor de las escaleras en otra moneda: en el ascensor podía coincidir con alguien. En las escaleras nunca había nadie.

Sin embargo, había alguien.

A media subida, entre el tercero y el cuarto, una mujer joven estaba sentada en un escalón con una caja de cartón en el regazo.

No la conocía. Llevaba un abrigo verde oscuro, mal abrochado, y se había recogido el pelo con un boli.

Parecía una de esas cajas marrones de mudanza.

No había nada escrito en ella. Cuando me vio venir, alzó la mirada, sin sobresalto, y me dijo:

—Buenos días.

—Buenos días —dije.

No me detuve. Subí los escalones que me separaban de ella, pasé por su lado y seguí.

Detrás, oí cómo suspiraba, no de cansancio sino del esfuerzo de levantarse, y luego oí el roce de la caja contra la pared y dos pasos más.

Cuando llegué al rellano de mi planta, en el sexto piso, la mujer ya no se oía.

O se había sentado de nuevo o se había bajado.

Saqué las llaves. Antes de meter la primera, hice lo que hacía siempre antes de entrar en casa: pegar el oído a la puerta un segundo.

No esperaba oír nada. Era una manía. Como todas mis manías, me la justificaba con la idea de que no me costaba nada, y, como todas mis manías, había dejado de saber desde cuándo la tenía.

Dentro, el piso estaba exactamente como lo había dejado.

Dejé el periódico sobre la mesa, junto a la taza vacía, abrí la barra y partí un pedazo.

Me lo comí sin sentarme, mirando por la ventana al cruce, donde dos niños cruzaban con sus mochilas demasiado grandes para sus espaldas.

Los miré pasar como se miran las cosas que ocurren al otro lado del cristal: con atención, sin emoción.

Cuando los niños desaparecieron tras la esquina, dejé el resto del pan en un plato y entré en el estudio.

Aquella habitación era la única que no era blanca.

Las paredes tenían un gris muy suave, casi azulado, que absorbía la luz sin devolverla.

Había dos sillones idénticos, no enfrentados sino ligeramente desviados, un cuadro pequeño con un dibujo geométrico que había comprado por su precio y no por su autor, y una mesa baja con una caja de pañuelos.

Sobre el escritorio, al fondo, una agenda de papel abierta para el día .

El día decía:

10:00 — Carla.

12:00 — escritura.

17:00 — Carla.

Dos sesiones con Carla. La paciente que más me ocupaba, en el sentido más literal del término.

Cerré la agenda, no porque me sorprendiera la cita sino porque, por costumbre, no me gustaba dejar a la vista la siguiente sesión en la agenda, así que la cerraba para que nadie pudiera leer lo que había anotado.

Era una superstición de oficio. Cada paciente, cuando se sentaba ahí enfrente, debía sentirse el único.

Me acerqué a la ventana del estudio, que daba al patio interior y no al cruce.

El patio era estrecho, profundo, con cuatro fachadas iguales, y al fondo, abajo, un suelo de gravilla blanca que el viento llenaba siempre de hojas pequeñas, aunque no hubiera árboles cerca.

Hace tres días, alguien había colocado una jaula vacía en la ventana de uno de los pisos del patio.

Seguía allí. La puertecilla, abierta, oscilaba un par de grados a la izquierda y a la derecha con la corriente.

Hacía un ruido muy pequeño, casi imperceptible, que yo había aprendido a percibir desde mi sillón.

Volví a la sala, me serví un segundo té y, con la taza entre las manos, me senté al fin en uno de los dos sillones del estudio.

Quedaban dos horas para que llamaran al telefonillo.

Tiempo de sobra. Cerré los ojos. La luz, que ahora venía ya horizontal por la ventana del salón a través del pasillo, me rozó la cara con un calor ligero.

La idea apareció antes de que pudiera prestarle demasiada atención, igual que muchas mañanas a esa hora: aquel día, como todos, no iba a ocurrir nada.

Sin embargo, fue la última vez que llegué a creerlo.