Sin testigos 15
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La segunda sesión de Carla, la de las cinco, comenzó igual que todas: dos golpes, el abrigo plegado sobre el brazo del sillón, el inventario veloz de la habitación. Aquel día, sin embargo, hubo una variación. Antes de tomar asiento, se acercó a la ventana del estudio y contempló el patio.

—Hay una jaula —observó.

—Sí.

—Está vacía.

—Así es.

La examinó durante largo rato, con las manos cruzadas a la espalda, igual que una visitante en un museo diminuto.

—De niña tuve un pájaro —dijo—. Un canario. —Regresó a su sillón, se acomodó, se alisó la falda—. Le puse un nombre demasiado grande para lo poco que abultaba. Creía que así no tendría miedo.

No escribí nada. No pude. El bolígrafo descansaba sobre el papel sin avanzar, mientras yo miraba la coronilla de Carla, la raya pálida y exacta que le partía la cabeza en dos mitades, y por un segundo el suelo del estudio dejó de hallarse donde debía.

—¿Qué nombre? —pregunté. La voz me salió firme. Lo agradecí: que al menos la voz supiera disimular.

Sonrió, aquella sonrisa minúscula.

—No me acuerdo —respondió—. ¿No es raro? Recuerdo el miedo que le tenía al pájaro, pero no su nombre. La memoria es injustísima con lo que decide guardar .

Solté el aire que ignoraba que retenía. No me acuerdo.

Claro que no. Una casualidad. Miles de niñas tienen canarios; miles los bautizan.

Yo, que me ganaba el pan desmontando las coincidencias de los demás, que convencía a la gente de que el universo no gira alrededor de su culpa, estuve a punto de tropezar en mi propia trampa: la de suponer que el mundo me hablaba a mí en clave.

Me obligué a recuperar el oficio.

—¿Por qué cree que ha pensado hoy en el pájaro? —pregunté.

—Por la jaula —contestó, como si fuera obvio—. Las cosas vacías recuerdan a las cosas que las llenaban. Es lo único que saben hacer.

Anoté la frase y, mientras la anotaba, sin levantar la mirada, le formulé la pregunta que un terapeuta no debería formular jamás con aquel tono, el tono del que necesita la respuesta para sí y no para el otro.

—Carla, ¿de qué tiene miedo de verdad? Cuando se retira todo lo demás.

Tardó en responder. El reloj de pared —barato, mudo, comprado precisamente para que no se oyera el tiempo en la consulta— dejó correr tres minutos en silencio. Cuando habló, no me miró a mí, sino a la jaula del patio.

—Tengo miedo de acordarme —dijo—. Toda mi vida he sentido que llevo dentro una habitación con la puerta cerrada y que, el día que la abra, reconoceré lo que hay al otro lado.

Y no podré volver a cerrarla. —Por fin se volvió hacia mí—.

Usted trabaja con recuerdos, doctor. Dígame una cosa: ¿alguna vez ha recordado algo entero, con todos sus detalles, sabiendo a la vez, en algún rincón, que no fue exactamente así?

Dejé el bolígrafo.

—A todo el mundo le ocurre —dije—. La memoria no es un archivo; es un relato. Y los relatos se reescriben solos cada vez que los contamos .

—Ya. —Asintió despacio—. Pero yo no hablo de reescribir. Hablo de mentir, de recordar algo de cabo a rabo a sabiendas de que es falso, y no poder dejar de recordarlo así.

Aquella noche no trasladé la sesión al cuaderno. Fue la primera vez en años que rompía la rutina. Me dije que estaba cansado. Mentira, y lo sabía mientras la pronunciaba: que es el peor modo de mentir, el único que no engaña a nadie, ni siquiera a uno mismo.