SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 15
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Capítulo 15

La llave matriz

Dora me espera en el Ponte Rosso, apoyada en la barandilla del canal, con el bolso cruzado y los guantes puestos esta vez. No me da un beso.

—¿Empieza a las cuatro?

—A las cuatro. Natalia lee lo nuestro lo primero.

—Entonces vamos, que no quiero entrar con todos sentados.

Echamos a andar hacia la Casa de Liquidación, calladas.

Desde el lunes ha hablado conmigo dos veces por teléfono, para cosas del banco. La firma del recibo es suya, porque el aval era suyo, y por eso viene.

La sala grande está en la planta baja, con tres ventanas altas sobre el canal y las contraventanas a medio cerrar.

La mesa es de nogal oscuro, larga, con cinco sillas de un lado y ninguna del otro, y en cada respaldo hay una chapa de latón con el nombre de una casa.

Natalia Kirsanova está sentada en una mesa aparte, pequeña, junto a la pared, con el libro verde delante y una lámpara de flexo encendida aunque es de día.

A nosotras nos señala dos sillas contra la pared de enfrente, debajo de un mapa del puerto.

La silla de Seregin está vacía. En la de Vedenin se sienta un hombre que no he visto nunca y que no saca bolígrafo. Arseniev tiene delante una libreta de tapas negras. Bragin ha mandado a su delegado de siempre, el que firmó mi medida con letra de médico.

Arkadi Zorin ocupa la silla de su casa, con los guantes de piel puestos. Roman está de pie detrás de él, con la espalda en la pared. Me ve entrar y no cambia la cara. Yo tampoco.

—Asientos de la reclamación del nodo del Carso —dice Natalia sin levantarse—. Los leo en el orden en que entraron.

Los lee sin cambiar el tono, seguidos. El desistimiento de la casa Zorin, firmado por Roman Zorin, del jueves de la primera semana, sobre la ejecución del aval constituido por Dora Barta.

La carta de Roman Zorin al resto de las casas, del martes pasado, que retira lo dicho en septiembre sobre Pavel Anikin.

La declaración firmada de la titular del nodo, con un resguardo de agosto grapado.

La indemnidad conjunta de dos días, testigo Ezio Furlan, cumplida el martes a medianoche.

El justificante de los sesenta mil euros abonados a la casa Zorin y el recibo de los treinta y seis mil cubiertos por Roman Zorin con su participación personal: noventa y seis mil euros, el valor íntegro de la mercancía de septiembre.

Y el ticket de báscula de junio, con su número en la secuencia y su peso.

—Con lo que consta —dice—, la carga de junio no la validó el nodo con el peso que se presentó en esta mesa en julio.

El aval se ejecutó sobre un papel que no salió de la estación.

Consta también el desistimiento de quien pidió aquella ejecución.

Si alguna casa impugna la devolución, debe decirlo antes del asiento.

De no haber oposición, la reclamación se cierra a favor de la reclamante y el aval vuelve a quien lo constituyó.

Nadie pide la palabra. Arkadi no mueve ni los guantes. Natalia espera un momento y lo escribe. El delegado de Bragin se rasca la ceja con el capuchón del bolígrafo.

Dora, a mi lado, tiene las rodillas apretadas y el bolso sujeto encima. No se mueve hasta que Natalia termina de escribir. Entonces suelta el aire por la nariz, una vez, y vuelve a quedarse quieta.

Lo de septiembre sigue en la carpeta gris, con mi firma y el resguardo de Kranjc. Hoy nadie ha pedido una sanción contra el nodo. No es lo mismo que demostrar que no la habrá.

—Pido que se lea la orden de mi medida —dice Roman desde la pared.

Arkadi gira la cabeza un cuarto de vuelta, sin llegar a mirarle.

—Está leída —dice—. Venció el domingo.

—Venció. Quiero que se lea igual.

Natalia busca la página. La orden se votó el jueves 3 de diciembre: veto de tránsito de diez días sobre los convoyes de la casa Zorin, con residencia de su jefe de corredores en el nodo, fundado en una declaración de testigo con número de registro de la Casa de Actas.

Firmas: Arseniev, Bragin, Seregin. Zorin no vota por ser la casa afectada. Vedenin, sin firma.

—Tres —dice Roman—. Una de ellas, de una casa que hasta ese jueves no había firmado una medida en esta mesa.

La casa Zorin tiene desde noviembre el cotejo del folio doce.

—Se aparta de la pared, deja un sobre marrón encima del nogal, delante de la silla de su tío, y vuelve a su sitio—.

Ahí está. No pedimos la anulación de nada.

Quiero que conste que lo teníamos y que no lo hemos usado.

Arkadi mira el sobre. Después se quita el guante derecho, dedo por dedo, y lo deja encima. No lo había visto nunca sin ellos.

—Esto lo has decidido tú solo —le dice a Roman, sin volverse.

—Lo decidí el jueves que viniste a la estación, delante de dos chóferes tuyos. Ya lo sabías.

El de Arseniev escribe en su libreta negra una línea larga.

—¿Ese papel se queda en el libro de la secretaría —pregunta el de Bragin— o vuelve a la casa Zorin cuando acabe la sesión?

—Se queda donde lo ha puesto quien lo ha traído —dice Natalia—, hasta que alguien pida otra cosa por escrito.

Nadie pide otra cosa.

* * *

El aval está en la caja del custodio, en el sótano, y la caja no se abre sin la llave matriz. Natalia manda a buscarla con el ujier. Tardan diez minutos. En esos diez minutos nadie se levanta de las sillas y nadie habla, y se oye pasar una lancha por el canal, al otro lado de las contraventanas.

Sube un hombre joven, de traje gris, con una llave grande colgada del cuello por una cadena fina, metida por dentro de la camisa. Se la saca por encima de la corbata para abrir el cajetín de los recibos que trae el ujier. Lleva el apellido de la silla vacía.

—Alexéi Seregin —dice Natalia, para el libro, no para nosotros.

Él firma el recibo de liberación sin sentarse. Se lo pasa a Natalia, que lo sella y lo gira hacia Dora. Dora se levanta, cruza la sala y firma debajo, con su letra redonda de gestoría. Vuelve a su silla sin mirar a nadie.

Alexéi se guarda la llave por dentro de la camisa otra vez. Antes de irse se para un momento junto a la silla de su casa y pone dos dedos en la chapa de latón del respaldo.

—Esto se abre una vez por asiento —dice—. Si alguien quiere que se abra otra, que lo pida antes de votar, no después.

Sale. No sé si le ha hablado a Natalia, a Arkadi o a la silla.

La copia del recibo me la da a mí el ujier, porque Dora ya ha guardado la suya en el bolso sin leerla.

Ciento cuarenta mil euros liberados a favor de Dora Barta.

Debajo, en una línea que no he visto en ningún papel del Pacto: «Tasa de custodia de ejecuciones», y una cantidad pequeña, redonda, descontada. El neto, a la cuenta de mi hermana.

La doblo y me la guardo. Dora no la ha visto.

* * *

Antes de que Natalia cierre la sesión saco del bolso mi copia de la orden. No es el térmico: ese ya está gris en su funda, y casi no se lee. Es la fotocopia que hice aquella noche de pie, antes de terminar de leerla.

La orden da el número de registro de la declaración de la testigo y, al lado, la fecha en que la Casa de Actas la certificó. Viernes 4 de diciembre.

La mesa votó el jueves 3.

Lo leo dos veces. Lo había leído en la garita veinte veces en diez días y no lo había visto, porque miraba las firmas.

—Natalia —digo desde la pared—. Una pregunta de fechas. La declaración de la testigo que funda la orden se certificó el viernes. La orden se votó el jueves. ¿Se votó con una declaración que todavía no estaba certificada?

Natalia no busca nada. Se lo sabe.

—La fecha de certificación la pone la Casa de Actas, señora Barta, en su sello y con su libro. A esta mesa la declaración llegó el jueves con un número de registro y se leyó con ese número. Si el viernes la Casa de Actas le puso otra fecha, esa pregunta se le hace a la Casa de Actas.

—¿Y a quién se le hace en la Casa de Actas?

—A quien lleve el archivo de declaraciones. No soy yo.

El de Arseniev ha dejado de escribir. Me mira, en toda la tarde no lo había hecho, y vuelve a la libreta.

Natalia cierra la sesión.

* * *

Fuera ya es de noche. En la acera de la Casa de Liquidación, Dora se sube el cuello del abrigo y se pone los guantes, primero uno y luego el otro.

—El domingo subo a la estación —dice—. Llevo la jota, si tienes con qué calentarla.

—Tengo el fogón de los chóferes.

—Pues el fogón de los chóferes. —Se cuelga el bolso—. No se me ha pasado, Ada. Pero los domingos subo.

Se va hacia la parada del autobús de Opicina. No se vuelve.

Arkadi sale por la puerta grande con su chófer y Roman detrás. Se para un momento en el escalón, a cuatro metros de mí. Arkadi sube al coche negro. Roman se queda con la puerta de atrás abierta, mira el canal, y luego a mí. No se acerca. Sube. El coche arranca hacia la Riva.

Ya no nos debemos nada. Lo pone el libro verde, con la letra de Natalia, desde esta tarde.

* * *

Vuelvo a la estación en el último autobús y subo a pie desde el cruce, con un viento flojo que no levanta nada. La estación está a oscuras salvo la luz roja de la barrera.

La barrera reconoce el código de la estación y me imprime la entrada. Me guardo el ticket en el bolsillo del abrigo, con el recibo del custodio.

Abro la garita y no enciendo la luz. Desde la ventana se ve la carretera vieja hasta la curva del depósito. Por la curva vienen unos faros, con las largas, y yo me quedo quieta, con la llave todavía en la cerradura.

Llegan a la altura del desvío. No giran.

Siguen hacia el pueblo, y la carretera vuelve a quedarse a oscuras.