SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 14
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Capítulo 14

En el mismo patio

Los llamé anoche, uno por uno, desde la cocina. El domingo a medianoche se acabó la medida, y con ella el mando que mi tío me quitó delante de los de Koper. No tuve que pedirle permiso a nadie para marcar sus números.

Suben por la mañana en dos coches y una furgoneta de la casa.

Los dos de Koper, el chico de Monfalcone, los tres de Rijeka que llevan el pescado de los martes y Bogdan, el más viejo, que ya conducía para mi padre.

Aparcan donde ayer había seis frigoríficos.

Sin camiones, la explanada parece el doble de grande, y el sol frío le saca brillo a la gravilla.

Sandro llega el último, en el coche de un primo, con un chaquetón que no es el suyo y la nariz todavía hinchada. Se queda apoyado en el capó, aparte.

Nadie pregunta para qué los he llamado. Se sientan en el escalón de la cocina y en el murete de las tomas, fuman y miran la garita. Ada está dentro, de pie detrás del cristal, con el abrigo puesto.

La furgoneta de la lavandería entra antes de las once.

El tránsito de mercancías de las cinco casas sigue suspendido hasta que el nodo reponga el aval; la furgoneta viene como visita, sin carga del corredor.

Ada le abre desde la garita y la impresora solo anota la hora.

Pavel aparca delante del surtidor. Se baja con el uniforme gris y la gorra de lana, y los hombres que estaban sentados se ponen de pie sin que nadie se lo diga. Bogdan tira el cigarro y lo pisa.

Pavel no se acerca a ellos. Se queda a dos metros de la furgoneta, con los puños metidos en los bolsillos del uniforme.

Ada sale de la garita. Atraviesa la gravilla y se para en el sitio exacto donde el sábado de la primera semana le negó el pase a Sandro, delante de la báscula, con la plataforma vacía a la espalda. Va sin papeles.

—Me llamo Ada Barta y soy la titular de esta estación —dice—.

El diecinueve de septiembre se llevaron de esta explanada un semirremolque de Zorin.

Entraron con el código de la casa. Ese código se lo vendí yo en agosto a Tomaž Kranjc, de Sežana, por sesenta mil euros.

La hora en que el semirremolque se quedaría solo se la di en septiembre, después de que Pavel reservara la parada.

Lo que me pagó fue el aval de la estación.

A Pavel Anikin lo echaron del corredor por lo que hice yo, y yo lo supe en octubre y no dije nada.

No mira a los chóferes. Mira a Pavel todo el tiempo.

Se oye el compresor de la cocina. Uno de los de Koper me busca con los ojos y no me encuentra la cara que esperaba.

Pavel tarda en hablar. Cuando lo hace, no se dirige a ella sola: se gira un poco para que lo oigan todos.

—En octubre fui a pedir trabajo a la casa Bragin.

El encargado de su muelle me conocía de diez años.

Me hizo sentar, sacó una carta de un cajón y me la leyó en voz baja, por educación.

Era la tuya, Roman. «No apto para el corredor».

No me dejó acabar el café. —Se vuelve hacia Ada—.

Usted me cogió el teléfono aquella tarde.

Me lo repitió todo. Me pareció lo único serio de toda esta historia.

Ada lo escucha sin moverse. No se defiende y no pide nada.

—No la perdono —dice Pavel—. Que conste aquí, con estos de testigo.

—Lo apunto yo esta noche en el libro, con su nombre —dice ella.

Es mi turno. Me pongo a su lado.

—Pavel me dijo dos veces que no dejara ese semirremolque solo en esta explanada.

Una por teléfono y otra en mi despacho. Le contesté que la titular no se atrevía.

La orden fue mía. Cuando se lo llevaron, le cargué a él el código para no mirarme, y escribí esa carta a las cuatro casas sabiendo que la había obedecido.

Los de Rijeka se miran. Bogdan no se mueve.

—Y junio. —Lo digo hacia los chóferes, porque dos de ellos estaban—.

La carga de Kranjc se puso en un apartadero, después de esta báscula.

La báscula pesó lo que tenía que pesar. Me traje un impreso en blanco de esta garita, lo mandé rellenar con un peso que no era el suyo, con un sello de aquí que nadie de aquí puso, y lo presenté en la mesa en julio con mi firma.

El ticket bueno me lo guardé yo en la cartera.

Con ese papel le ejecutaron el aval a la hermana de la titular.

No digo quién lo rellenó. Sandro, en el capó, se mira las botas.

—Me dijiste en Gorizia que lo supiera delante de los demás algún día —le digo a Pavel—. Hoy hay bastantes.

—Hay los que hay —dice Pavel.

—Desde hoy eres mi segundo otra vez. Los códigos, las reservas, las rutas y los hombres, como antes de septiembre.

Esta tarde escribo a las otras cuatro casas que lo de la carta era mentira, y lo firmo con la misma mano.

A partir de mañana los convoyes los lleva él, y lo que él diga en un camión lo digo yo.

Pavel no contesta enseguida. Mira a los hombres, uno por uno, y al final a mí.

—El puesto lo cojo. Me lo quitaste delante de esta gente y me lo devuelves delante de esta gente, eso está bien. Pero no vamos a cenar juntos, Roman, ni a hablar de lo que no sea un camión. Eso se acabó en septiembre, y tú lo acabaste.

—Lo sé.

—Pues no me lo digas, que no te lo he preguntado.

Saco del bolsillo interior del chaquetón el carné de Sandro, el que le quité el martes de la semana pasada en el lavadero. Cruzo la explanada hasta el capó y se lo tiendo.

Lo coge. Lo mira por las dos caras, se lo guarda en el pecho.

—Lo del lavadero también fue mío —le digo—. Tenía que quitarte las llaves. No tenía que estamparte la cara contra el chasis.

—Yo rellené ese papel porque tú me lo mandaste —dice, bajo, solo para mí—. Y hoy lo has dicho delante de todos sin decir mi nombre, para que todos lo sepan igual.

Se aparta del capó. Le dice algo a su primo por la ventanilla y el primo arranca sin él. Sandro echa a andar, a pie, por donde ha venido, con el chaquetón que no es suyo abrochado hasta arriba y la cabeza agachada. Nadie le llama, y nadie se para a ver cuánto tarda en desaparecer.

Bogdan es el primero que se acerca a Pavel.

Le pregunta por el convoy del jueves a Graz: cuántos van, quién lleva el primero.

Pavel saca del bolsillo una libreta de la lavandería, le da la vuelta y apunta en la tapa de atrás.

Los de Koper se arriman. Enseguida hay cinco hombres alrededor de él y ninguno alrededor de mí.

Ada vuelve a la garita sin mirarme. Desde la puerta, antes de entrar, se para y mira a Pavel con la libreta, y luego a mí, y entra.

* * *

El resto del día no pasa nada que haya que firmar.

Pavel se va con la furgoneta a mediodía, porque tiene que devolverla con los sacos del hospital y avisar en la lavandería.

Los chóferes se van detrás. Escribo la carta a las cuatro casas en la mesa de la cocina y dejo una copia para el nodo.

Ada lee esa copia, coteja las fechas con lo que hemos declarado en el patio y escribe «recibida», con la hora, antes de ponerle el sello.

No certifica mi versión: deja constancia de que la he entregado.

Por la tarde hago la bolsa. Las camisas, el neceser, el sobre del cotejo, que pesa lo mismo que cuando llegué porque nadie le ha quitado nada.

Quito las sábanas de la cama y las doblo encima del colchón.

Los números a bolígrafo de la pared, junto a la almohada, siguen ahí, con su año, de algún chófer que durmió aquí antes que yo y que no le dejó nada a nadie más que eso.

Pasadas las once bajo a la garita con la bolsa al hombro.

Ada sigue sentada, con el libro de noche abierto delante. Me lo gira sin decir nada y me da el bolígrafo. Firmo la salida debajo de lo último escrito, donde ella ha escrito la hora, y dejo el bolígrafo en el canto del libro.

Descuelgo las llaves de mi coche del gancho. Al lado está el de la del cuarto, vacío, porque la he dejado puesta en la cerradura.

—La indemnidad se acaba a las doce —dice.

—Lo sé. Me voy cuando se acabe.

—No tiene por qué esperar. Pone que después puede irse sin aviso. Antes, no.

—Firmé que me quedaba hasta medianoche, y me quedo hasta medianoche.

Me siento en el escalón de la garita, por fuera, con la bolsa en las rodillas. La puerta queda abierta y nos llega el calor de la estufa a los dos. Ella no se levanta de la silla. Pasamos media hora sin hablar, y no es incómodo.

A medianoche me levanto.

No le digo que voy a volver. No sé si me va a dejar entrar, y no quiero que me deje por haberlo dicho yo.

En la barrera bajo la ventanilla. La máquina lee nuestro código, sube y me imprime la salida. Ni pase, ni ruta, ni la hora a la que tengo que estar aquí otra vez. Una línea con la fecha, el código y la hora, en el papel que se borra.

Lo meto en la guantera sin doblarlo.

En el retrovisor, la garita sigue encendida en la esquina de la vieja aduana. La luz de la mesa, el cristal, la silueta de ella sentada sin moverse. La veo hasta la curva del depósito.

Después solo la carretera.