Capítulo 13
Lo que se devuelve
Roman me espera junto a mi coche con las llaves del suyo colgando de un dedo.
—La llevo.
—No. Si entra usted conmigo, Kranjc le verá a usted y hablará con usted. Esta vez quiero que me vea a mí.
Se aparta del coche. No insiste. Me abre la puerta del conductor y la cierra cuando me he sentado, y se queda en la explanada vacía, con el cuello subido.
La barrera lee el código de la estación, que es el mío, y me imprime la salida en la misma tira de papel que le ha impreso a él durante diez días. Arranco el ticket al pasar y lo dejo en el asiento de al lado.
* * *
La agencia de Kranjc está en una calle de naves a la salida de Sežana, detrás de una gasolinera. Un letrero azul con el nombre de la empresa, una persiana metálica a medio subir y, delante, aparcado de morro, el coche gris.
Dentro hay cuatro mesas. En la del fondo, de espaldas a la ventana, mi hermana teclea con el abrigo puesto porque la calefacción todavía no ha arrancado.
No me ve entrar. Me ve una de las chicas, que me pregunta en esloveno qué deseo, y antes de que conteste se abre la puerta del despacho de cristal.
Kranjc es bajo, y en julio, en la báscula, me pareció alto. Lleva un chaleco de lana encima de la camisa y las gafas subidas a la frente. Me reconoce enseguida. Mira un momento hacia la mesa de Dora y después a mí.
—Señora Barta. Pase, por favor.
No paso. Me quedo en la puerta del despacho, donde me oyen él y nadie más.
—He venido a decirle una cosa y me voy. El sábado firmé por escrito que le vendí el código de la casa Zorin y cuándo paraba el semirremolque.
Lo firmé con su resguardo grapado debajo.
Ayer salió una copia para la Casa de Liquidación con la unidad de ejecución.
Roman Zorin lo sabe desde el viernes. El código de septiembre no abre nada desde octubre, y los de ahora no se los voy a dar.
Se baja las gafas de la frente y las limpia con el faldón de la camisa. Lo hace con cuidado, cristal por cristal.
—Entonces ya no tenemos de qué hablar usted y yo.
—De nada que se pueda vender.
—Su hermana trabaja muy bien. Se lo digo para que lo sepa, no por otra cosa.
—Mi hermana decide ella dónde trabaja. A partir de hoy, con todo lo que yo sé delante.
Se vuelve a poner las gafas. A mi espalda, Dora ha dejado de teclear.
—Yo guardo una copia de ese resguardo —dice—. La guardaré.
—Guárdela. La que importa ya la tiene la mesa.
Se encoge de hombros y vuelve a su despacho. Descuelga. No marca: lo tiene en la oreja con el tono y mira por la ventana el coche gris.
* * *
Dora sale detrás de mí a la calle, sin bufanda.
—¿Qué haces aquí?
—Vamos a la parada. Te lo cuento allí.
La parada del autobús de la estación está al final de la calle, al lado de la gasolinera, con un banco de chapa y una marquesina con el cristal roto. Nos sentamos. Pasan dos camiones hacia la autopista y nos tiemblan los pies en el suelo.
Se lo cuento todo, desde el principio, en el orden en que pasó.
Que en julio le ejecutaron el aval y la estación se quedó con sesenta días.
Que en julio subió a la báscula su jefe.
Que la oferta la hice yo. El código, la llamada, la tarde que colgué a Pavel y marqué Sežana.
Que el semirremolque de Zorin desapareció de mi explanada con lo que yo vendí.
Que el dinero lo pagó él desde la cuenta de esta empresa, para que constara.
Que desde el uno de septiembre la estación que compramos con su piso es neutral con el dinero de un robo.
Que supe que trabajaba para él el domingo de la jota, en la cocina, y que no le dije nada.
No la miro mientras lo digo. Miro la gasolinera.
Dora tarda en hablar. Mete las palmas debajo de los muslos, en el banco de chapa, para calentárselas.
—Yo no te pedí que te vengaras por mí.
—Lo sé.
—No, no lo sabes. Si lo supieras no lo habrías hecho con mi nombre en el papel del aval.
—Le tiembla la voz y la sujeta—. Vendí lo de Opicina para que tuvieras algo tuyo, y lo has pagado así.
Me has tenido seis semanas sentada en esa mesa, sirviéndole el café al que te compró, y yo contenta de tener un sueldo.
No le digo nada que lo arregle, porque no hay nada.
Se levanta. Se sacude la falda con las palmas.
—Voy a por mi abrigo.
—Dora.
—Voy a por mi abrigo y a decirle que me voy. Eso lo hago por mí. No me esperes.
Me espera ella a mí, al final. Sale de la agencia con el abrigo puesto y una caja de cartón con una taza, una planta y un cargador, y cuando ve que sigo en el banco se sienta otra vez, con la caja en las rodillas.
El autobús llega a la hora. Lo coge sin despedirse.
Desde la ventanilla me mira, pero no levanta la palma.
* * *
Cuando vuelvo, Roman está en la cocina de los chóferes con el teléfono en la mesa.
—He hablado con mi tío y con Arseniev. La casa Zorin no va a admitir otra carga de Kranjc ni darle un código nuevo. Arseniev va a circular a las otras casas lo que hizo con el nuestro. No puedo decidir por las demás; sí puedo impedir que lo vuelva a hacer con un pase de mi casa.
—¿Y nada más?
—Nada más. Usted me lo pidió el sábado.
Me siento con él a la mesa, sin quitarme el abrigo. Él no me pregunta por Dora. Me sirve café de la cafetera de los chóferes y me pone la taza delante.
* * *
En la garita escribo al custodio. Retiro el aval que se constituyó el uno de septiembre con los sesenta mil de Kranjc Špedicija, y pido que esa suma pase a la casa Zorin como compensación por la carga robada en mi explanada, según la indemnidad firmada ayer. Firmo. Lo meto en la máquina.
A los veinte minutos la térmica de la mesa saca el acuse. Cuatro líneas en papel térmico. Aval retirado. Transferencia de sesenta mil euros a la casa Zorin ejecutada. Nodo del Carso sin neutralidad hasta nueva constitución. Las casas quedan avisadas.
Lo fotocopio. El original lo grapo al resguardo de agosto, abajo, en su carpeta.
Furlan está en la báscula, sin nada que pesar. Salgo a decírselo yo. Le explico que desde ahora ninguna casa puede pasar por aquí hasta que haya aval nuevo, y que sin camiones no hay turnos que darle. No sé cuánto va a tardar el banco.
Se queda mirando la plataforma vacía.
—Catorce meses, señora Barta —dice—. Usted lo sabe.
—Lo sé. Se los voy a pagar. Lo que no sé es cuándo.
—Pues apúntemelo en el libro, con su firma. A mí los papeles me han servido siempre.
Se lo apunto en el libro de noche, con fecha y firma, debajo del acuse. Él lo lee y se va a su coche.
* * *
Por la tarde relleno en la mesa de la garita la petición del préstamo, con el edificio de la estación como garantía, para poner un aval limpio.
En agosto el banco ya tasó el edificio y dejó preparada una oferta condicionada al cierre de la ejecución del aval de Dora.
La tasación todavía vale. Ahora adjunto el cierre de la reclamación del jueves y mi firma, sin más ordenantes.
Tiene seis hojas y hay que firmar en cada una.
Roman entra a colgar las llaves de su coche cuando voy por la cuarta.
—Si el banco pide un segundo firmante —dice—, me tiene aquí hasta mañana a medianoche.
—Lo firmo sola. Si firma usted, la estación vuelve a deberle algo a un Zorin.
Cuelga las llaves. No discute.
Por la noche, arriba, con la lámpara de papel, escribo en una hoja lo que diré delante de Pavel y de los chóferes. Lo escribo dos veces. La segunda vez me sale peor que la primera, con más palabras. Tacho las dos.
Mañana lo diré sin papel, que es como me lo ha pedido Roman y como lo tengo que decir.