SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

La sanción que reclamo

Llega a la garita de noche todavía, con el chaquetón abrochado y un sobre de la estación doblado por la mitad. La estufa todavía no calienta. Llevo horas despierta, delante del registro de la noche, que no ha registrado nada: con la carretera cerrada, no ha subido nadie.

Saca del sobre una hoja doblada en tres y me la tiende sin desdoblarla.

—Esto lo escribí el viernes, cuando volví de Gorizia. No lo voy a mandar.

La abro. Es la letra grande y recta del desistimiento, en el papel cuadriculado de un bloc.

Dice, con fechas, lo que yo escribí anoche con otras palabras: que la estación vendió a uno de fuera del Pacto el código de su casa y la noche de la parada, que con eso volvió a tener aval, y que le quiten la neutralidad y miren lo de agosto.

Mi nombre no está. En esta estación no hay más titular que yo.

Lo leo de pie. El viernes le di la llave del dormitorio, retiré los dedos antes de que me los tocara, y él subió a escribir esto.

—Anoche, mientras yo subía su escalera con mi papel, esto estaba en su bolsa.

—En el fondo, debajo de la ropa, dentro del sobre del cotejo.

—¿Y qué quiere que haga con él?

—Lo que le parezca. Es la única copia. Si me lo quedo yo, el día que me enfade con usted lo tengo a mano.

Lo doblo por los mismos pliegues y lo guardo en el cajón, en la funda transparente donde estuvo el registro de septiembre, y cierro el cajón.

—Dígame lo que reclama.

Se queda de pie al lado de la estufa, de cara a mí. Lo trae pensado, y se nota en que no busca las palabras.

—Los sesenta mil que pagó Kranjc, para la casa Zorin, a cuenta de la mercancía robada en septiembre.

Y que lo diga usted delante de Pavel y de mis chóferes, con su voz, aquí, en el patio.

No pido que expulsen el nodo. El semirremolque apareció vacío, pero intacto, dos días después; la carga valía noventa y seis mil euros según la factura.

Los treinta y seis mil que faltan los pongo yo, de mi participación, porque aquel vehículo se quedó solo en su explanada por una orden mía.

Lo apunto en una hoja limpia, con mi bolígrafo, tal como lo ha dicho. Cuando termino de escribir no le contesto. Me quedo mirando la última línea.

—Ahora lo mío —le digo.

—Dígalo.

—Que firme usted lo que no ha firmado nunca.

Que dejó el semirremolque solo contra el consejo de Pavel, porque yo no me atrevía.

Que no miró el nodo en septiembre por la misma razón.

Y junio, todo: el impreso en blanco, el sello, mi ticket en su cartera.

Que el desistimiento del jueves vaya dentro de este papel, citado con su fecha, para que no dependa de que yo duerma o no duerma aquí.

Que a Pavel le devuelva el puesto delante de los mismos hombres que se lo vieron quitar, y que escriba a las otras casas que no es verdad lo que les escribió.

Y que ni usted ni yo usemos lo que declare el otro para pedir nada más, ni en la mesa ni fuera.

Lo escribe él, esta vez. Me pide el bolígrafo con un gesto y escribe de pie, en el mismo canto de la mesa donde firmó el desistimiento. La letra le sale más apretada que el jueves. Cuando llega a junio, para un momento con la punta encima del papel. Después lo escribe sin saltarse nada.

Me lo pasa para que lo lea. Lo leo dos veces y le corrijo una fecha.

Lo demás sale entre los dos, hablando con la hoja en medio.

Una indemnidad conjunta de dos días, el lunes y el martes, para quedarnos aquí a declarar ante quien perjudicamos y para que las restituciones se hagan mientras estamos los dos.

Yo respondo con la estación. Él responde con su participación.

Si uno falta a lo firmado, el otro podrá pedir al custodio que compruebe el incumplimiento y ejecute su garantía; no basta con decir que el otro se ha marchado.

Él quiere poner que ninguno de los dos podrá irse antes del martes a medianoche.

Yo quiero poner que cualquiera de los dos podrá irse después, sin aviso.

Se escriben las dos.

—Necesitamos un testigo que no sea de ninguna casa —dice—, y no quiero notarios.

Llamo a Furlan en cuanto clarea. Coge al tercer tono, con la radio puesta de fondo.

—Domingo o no domingo —le recuerdo.

—Pues subo. Me pongo los zapatos.

* * *

Furlan llega con el sol ya alto, con el termo y el pelo todavía mojado del agua de afeitarse.

Lee el papel en la silla de la báscula, hasta la última línea, sin gafas, separándolo de la cara.

Tarda. Cuando llega a mi párrafo, el del código, no se detiene: pasa el dedo por debajo de la línea y sigue.

Firma con su letra de escuela. Ezio Furlan, operario de báscula, testigo.

Después se queda con el bolígrafo cogido y me mira por encima del papel.

—El señor de Sežana que subió a finales de julio, el del coche gris, que me preguntó a mí primero por quién pesaba los camiones de Zorin —dice—. Ese no sale aquí. ¿Lo tengo que contar yo el lunes, o eso ya lo cuenta usted?

Roman se vuelve hacia mí. Yo sigo mirando a Furlan.

—Lo cuento yo.

—Mejor. —Tapa el bolígrafo y me lo devuelve—. Yo lo apunté en el libro azul aquel día, porque no traía camión y no sabía en qué casilla ponerlo. Está tres hojas antes de la reserva de Pavel.

Se toma el café de su termo y se va a mediodía. No pregunta nada más.

A media tarde sube la furgoneta sin rotular de la unidad de ejecución.

El agente de la cicatriz en la ceja coteja nuestras firmas con los documentos, comprueba que consta Ezio Furlan como testigo y recoge la copia para el registro de Natalia Kirsanova, con la confesión grapada detrás.

Nos deja un acuse con la hora. Mete la copia en un sobre de la unidad y lo precinta delante de los dos.

Mira la orden de la medida pegada con cinta en el cristal de la garita.

—Esto vence esta noche —dice—. A las doce la máquina deja de pedirle a él ningún pase. No tienen que hacer nada.

Se va. La barrera lo deja salir.

* * *

Esa noche, cuando apago la garita, Roman está en la explanada, junto a las tomas, mirando las luces verdes. No le digo nada. Subo la escalera de hierro de mi casa y dejo la puerta de arriba abierta, con la luz de la lámpara saliendo al rellano.

Le oigo subir. La escalera suena distinta con su peso.

Se para en la puerta. Mira lo que hay: la cama ancha de la abuela, con el cabecero de nogal que subimos Dora y yo a pulso; la estufa de leña pequeña que tira mal y hay que abrir a medias; las cortinas de cretona; la lámpara con la pantalla de papel quemada por un lado; la mesa con mis carpetas de la casa y una botella de grappa de Furlan empezada desde la Navidad pasada.

Huele a leña, a la naranja que me comí después de cenar y al jabón de lavanda de la caja de la abuela, que todavía estoy gastando.

—Cierre —le digo—. Se va el calor.

Cierra. Se queda con la espalda en la puerta, que es donde estaba yo anoche en su cuarto.

—Desnúdese usted primero. Quiero verlo aquí, en mi cuarto, con la lámpara.

Se quita el chaquetón, el jersey y la camiseta, y los deja en la silla. Las botas. El pantalón. Lo hace sin mirar a otro lado. La estufa le pone de color el costado de la cicatriz.

Me acerco con el vaso de grappa que me he servido antes de que subiera. Bebo un trago y le beso con él todavía en la boca. Le paso el sabor, ardiendo, y él lo traga, y me coge la cara para seguir.

—Todavía no —le digo—. Esta noche lo decido yo todo. Si me paro, se para usted.

—Lo que usted diga.

Le empujo hasta el borde de la cama y lo siento.

Me arrodillo en la alfombra entre sus piernas.

Le huelo la piel del vientre, el jabón de la estación y debajo él, sal y un poco de gasoil que no se le va de los dedos.

Se la agarro y la tengo un momento contra la cara antes de meterla en la boca.

Sabe a sal y a la grappa que me queda en la lengua.

Él suelta el aire entre los dientes y me pone una palma en el pelo, sin empujar.

Lo chupo largo, hasta el fondo de la garganta, y después solo el glande, con la lengua, y vuelta otra vez. Cuando noto que se le tensan los muslos me paro, lo aparto y le miro.

—Todavía no he dicho que pueda.

Respira por la nariz, con los ojos cerrados. Espero hasta que los abre. Vuelvo a empezar, y me vuelvo a parar, y la tercera vez se le escapa mi nombre y me agarra del hombro y le dejo el hombro y no le dejo correrse.

Me levanto. Me quito la ropa yo sola, delante de él, de pie, el jersey, la camiseta, el pantalón, las bragas. Tengo el coño mojado desde que se ha sentado en mi cama, y él lo ve.

—Del cajón de la mesilla —le digo, y lo saca él, y se lo pone mientras yo me subo a la cama.

Me pongo de rodillas en el colchón, de espaldas a él, de cara al cabecero de nogal, y le busco por encima del hombro.

—Detrás de mí. De rodillas.

Se arrodilla detrás. Me pasa los brazos por delante, una palma en el vientre y otra en un pecho, y me besa la espalda entre los omoplatos. Busco su polla por detrás y la llevo yo, y me la meto yo, echándome hacia él hasta que la tengo toda dentro. Me agarro al cabecero.

—Ahora muévase. Lo que yo le diga.

Me folla de rodillas, con el pecho contra mi espalda, y le voy diciendo.

Más hondo. Más corto. Así, sin cambiar. Me obedece en todo y cuando me obedece me lo dice al oído, sin cortar las frases, que así, que lo está notando, que tengo la piel ardiendo y huele a lavanda.

Me baja los dedos hasta el clítoris y le guío la muñeca con la mía.

La lámpara hace temblar las dos sombras en la pared, la mía delante de la suya.

—Pare.

Para. Noto en su pecho lo que le cuesta. Aguanto con él dentro, respirando, hasta que me pasa lo que estaba a punto de pasarme y no lo dejo pasar.

—Ahora salga. Le quiero debajo, con la luz encima.

Sale. Me doy la vuelta y le tumbo de espaldas sobre las sábanas de franela, con la cabeza en mi almohada, y me pongo encima, de rodillas a los lados de sus caderas. Me la vuelvo a meter mirándole. Esta vez la luz le da de lleno.

Le monto como quiero. Lento al principio, apoyada en su pecho, y después más fuerte, con las palmas en sus hombros contra el colchón. Él me sujeta las caderas y no me las mueve: las acompaña.

—Ada —dice—. Sé lo peor que ha hecho usted en su vida y estoy aquí, en su cama, debajo de usted.

Me corro con eso, con la frase dentro, apretándole hasta que se le escapa un ruido de la garganta, y no paro, y le digo que ahora sí, que puede, y se corre él debajo de mí con los ojos abiertos, agarrándome las caderas hasta hacerme daño en los huesos, y le dejo.

* * *

Me quedo tumbada encima de él hasta que la estufa se apaga casi del todo. Tiene la barbilla en mi pelo. Fuera, la bora ya no empuja la ventana: solo la toca.

—Lo del borrador —le digo, con la boca en su pecho—. ¿Lo habría mandado?

—El viernes por la noche lo habría mandado a la mesa sin pensarlo. Anoche, cuando subió usted con el suyo sin saber que yo tenía este, dejé de poder.

En la mesilla, el reloj de la abuela marca las doce y no pasa nada. No suena ninguna máquina. Abajo, en la garita apagada, la orden de la medida sigue pegada al cristal con su cinta, y ya no manda nada.

—Se ha acabado —le digo.

—Ahora empieza la que firmamos en la garita, con Furlan delante.

Me tapa con la manta hasta el hombro. Se duerme antes que yo.

* * *

La bora cae de madrugada, de una vez. Me despierta el silencio.

Con la primera luz ya estoy abajo. La radio dice que han abierto la carretera vieja a los vehículos altos.

Furlan sube sin que le llame, con el termo, a firmar los salvoconductos ordinarios de la casa Zorin, los de cualquier casa, con su clave de operario y mi visto bueno.

Los seis frigoríficos salen en fila hacia la carretera, uno detrás de otro, y la barrera sube sin pedir el pase de la medida e imprime cada salida con su hora.

Cuando se va el último, en la explanada no queda nada de la casa Zorin. Solo, junto a la tapia, un coche de turismo con escarcha en el parabrisas.

El suyo.