SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

La clave

Oigo la escalera antes que la puerta. Los de Koper suben de dos en dos y se paran en el rellano a terminar lo que venían hablando. Estos pasos no se paran. Llegan arriba, recorren el pasillo y se detienen delante de la primera de la derecha.

Llaman dos veces, con los nudillos.

Abro. Ada está en el pasillo con el abrigo abrochado hasta el cuello y el aguanieve deshecho en los hombros. No me da las buenas noches. Saca del bolsillo un papel doblado en dos y me lo tiende.

—Léalo antes de que le diga nada.

Lo cojo. Ella se queda en el umbral y yo me vuelvo hacia la lámpara de la mesilla para tener luz.

Son dos hojas grapadas. Encima está la copia del registro que me enseñó el primer día, la de la funda de plástico: el código de mi casa, la entrada de las 03:12 y la salida de las 03:41.

Debajo, el resguardo de un ingreso en la caja del custodio por sesenta mil.

Quien paga es Kranjc Špedicija d.o.o., escrito a máquina.

La grapa está torcida, y al lado tiene el agujero de otra que no llegó a entrar.

En el blanco que queda debajo del registro hay varias líneas con la letra del libro de noche.

«El código de barrera de la casa Zorin que abrió esta entrada lo vendí yo, Ada Barta, titular del nodo, en agosto, a Tomaž Kranjc».

Sigue lo de la parada nocturna, lo del aval y lo de la grapa. La fecha de hoy y su firma.

Lo leo dos veces. La segunda, solo el nombre.

Ayer, delante de la lavandería, puse esto en orden con lo que tenía: un apellido, una llamada de teléfono, un aviso del custodio, un ticket que no salió en el correo de las diez. Me faltaba esto. Su nombre escrito por ella debajo de la hora a la que se llevaron mi semirremolque.

—Pase —le digo—. En el pasillo no hay calefacción.

Entra y cierra con la espalda. Se queda contra la puerta, sin desabrocharse. El cuarto no da para más que la cama de hierro, el armario de las puertas torcidas y la silla. Le dejo la silla. No la coge, y yo tampoco me siento.

—En julio, cuando la mesa declaró ejecutable el aval, el nodo se quedó con sesenta días para reponer el mínimo —dice—.

Sesenta mil. Yo tenía en la cuenta de la estación para pagar el gasoil hasta octubre, y no tenía de dónde sacar más.

A finales de julio subió a la báscula un hombre de Sežana a preguntar quién había validado su camión de junio.

No era su camión, era el de ustedes, pero la carga era suya.

Le enseñé la carpeta de junio con el hueco. Era Kranjc.

No me mira mientras habla. Mira la pared de encima de la almohada, las matrículas escritas a bolígrafo y la fecha de 2009.

—No me ofreció nada. La oferta se la hice yo, a la semana, por teléfono. Le dije que su carga no se la podía devolver nadie, pero que yo sabía cuándo iba a volver a parar de noche un camión de Zorin en mi explanada, y con qué código entraría. Me preguntó cuánto. Le dije la cifra del mínimo.

—¿Y la hora?

—El código se lo di en agosto. Era el que la estación les mandó el uno de julio, en el sobre cerrado.

La hora se la di en septiembre, la tarde antes.

Llamó Pavel para reservar la parada, me dio la matrícula y la plaza, se lo repetí todo, colgué y marqué el número de Sežana. No había pasado media hora.

Me acuerdo de la palabra que usó Pavel en el muelle, rascándose la cabeza por debajo de la gorra. Muy precisa.

—¿Y el dinero?

—Lo pagó él, desde la cuenta de su empresa, directamente a la caja del custodio.

En el resguardo aparece como ordenante, pero el aval quedó constituido a nombre del nodo.

Kranjc no podía retirarlo. Yo no podía meter sesenta mil en efectivo sin que alguien de esa oficina preguntara de dónde salían, y a él le convenía que el pago llevara su nombre.

Lo ha tenido archivado desde entonces. —Se toca el bolsillo del abrigo, donde traía el papel—.

Esta estación es neutral con el dinero de su convoy.

—¿Dora lo sabe?

—Dora no sabe nada. Puso todo lo que tenía cuando compré esto, y usted se lo hizo ejecutar en julio con un papel falso. Fui a buscar el dinero donde estaba porque no me quedaba otro sitio. Eso no lo hace mejor, y no he subido a que me lo arregle.

—¿Y el trabajo de su hermana en esa oficina?

—Eso no fue cosa mía. Me enteré el domingo, en la cocina, a la vez que usted.

Doblo las dos hojas por el mismo pliegue con el que venían.

—Lo sé desde ayer por la mañana —le digo—.

Pavel me contó en Gorizia que al teléfono de la reserva contestó una mujer, y que Furlan solo está de mañana.

Me contó de quién era la carga del apartadero.

Y que a finales de agosto las casas recibieron una circular: la estación volvía a tener aval.

Lo demás lo junté yo en el coche, antes de llegar al desvío.

Ella separa la espalda de la puerta. Es lo único que se mueve en el cuarto.

—Anoche me pidió la llave con la misma calma de cualquier tarde. Esta mañana me ha saludado desde el escalón y me ha llamado señora Barta.

—Quería que me lo dijera usted.

—Y me ha dejado hacerlo de principio a fin.

Bajar al archivo, quitarle la grapa a la carpeta del aval, escribir eso con la letra del libro, cruzar la explanada y subir su escalera con el papel contra el jersey.

Usted ya lo tenía. Me ha dejado hacer sola todo el camino y no me ha ahorrado ni un peldaño.

—Anoche estuve a punto de preguntárselo. No sabía cómo hacerlo sin que se convirtiera en un interrogatorio.

—¿Y eso le servía a usted de algo?

—Me servía para saber qué iba a hacer usted sin que nadie la empujara.

—Me ha empujado Kranjc. No se lo apunte a usted.

Tardo en contestarle. Pienso en Pavel apoyado en la furgoneta, en el viento gris del polígono.

—Pavel lleva tres meses fuera del corredor por esto —le digo—. Las otras cuatro casas tienen una carta mía que dice que no es apto. Usted sabía que lo había echado, y sabía por qué lo había echado.

—Lo supe en octubre, por los chóferes de Bragin, en la cola de la báscula. Y me callé.

—Se calló en octubre, en noviembre y estos nueve días, conmigo durmiendo sobre su archivo.

—Y usted en junio sabía lo que había pesado de verdad su camión en mi báscula.

—Ahora sí me mira—. Se quedó con mi ticket, sus hombres sacaron de mi garita un impreso en blanco y usted presentó en la mesa un sello de mi estación con la letra de su chófer.

Lo de agosto vino después. La primera mentira de todo esto la firmó usted.

—La firmé en julio, con mi nombre debajo. La tiene en su carpeta desde el miércoles.

Se mira las botas un momento antes de seguir.

—No me saque a Pavel para que yo me sienta peor. Ya lo sé yo sola cuánto pesa. Usted le firmó la carta a las otras casas. Yo le cogí el teléfono y colgué. Los dos hemos dejado que lo pague él.

Ahí se acaba. Ninguno de los dos tiene nada más que poner en la mesa, y aquí no hay mesa. Hay una cama con la manta estirada, la lámpara y la bolsa a los pies, con la cremallera cerrada.

—¿Por qué hoy? —le pregunto.

—Por el recado. —Mete los dedos en el bolsillo vacío del abrigo—.

Kranjc no me ha llamado. Le ha preguntado a Dora esta mañana cuántos frigoríficos de Zorin me quedan en la explanada y si piensan irse en fila el día que abran la carretera.

Y le ha encargado que me dijera una cosa, que Dora me ha repetido sin entender nada: que él también guarda sus papeles, que el de agosto no lo ha tirado y que quiere saber qué día me toca cambiar los códigos.

—Quiere los que cambió usted en octubre, los que abren esa barrera esta noche.

—Para cuando quiten el corte, con sus seis camiones enchufados en la fila.

Si no se los doy, le cuenta a usted quién vendió el de septiembre.

Si se los doy, se lleva otra explanada y yo me quedo con dos resguardos suyos en lugar de uno.

—Encoge un hombro—. Ahora ya no tiene nada que contarle a usted, porque se lo he contado yo.

Me acerco a la ventana. Abajo, en las tomas del fondo, se ven las luces de los grupos de frío, verdes, una detrás de otra, y el aguanieve que pasa de lado por delante de cada una.

Seis cargas de mi casa paradas en el Carso, esperando a que alguien les abra la carretera.

La noche que la abrieran, cualquiera de ellas podía acabar como la de septiembre.

Me vuelvo y cojo el chaquetón del respaldo de la silla.

—Sežana está a veinte minutos de aquí —le digo—. Hágame un pase.

Ada no se mueve de la puerta. Sabe lo que voy a hacer allí. Me vio el martes por el monitor del lavadero, sin sonido, y no ha tenido que oír nada para saberlo.

—Se lo hago si me lo pide —dice—. La medida no me deja negárselo sin un motivo que pueda escribir en el libro, y no tengo ninguno.

Le pido otra cosa. El lunes a las ocho Dora vuelve a sentarse en esa oficina, con su sueldo y su contrato hasta junio y la habitación sin cocina que paga con él.

Si usted va esta noche, el lunes lo primero que tendrá Kranjc delante es a mi hermana.

Me quedo con el chaquetón colgado del brazo.

—A su hermana no la va a tocar nadie por mí.

—Kranjc puede, a la mañana siguiente, y ella todavía no sabe por qué le pido que se vaya de allí.

Pienso en Dora sentada entre los dos en la cocina, sirviéndome la jota de los domingos sin preguntarme nada, y en la mesa de una oficina que no he visto nunca. Pienso en lo que le haría a Kranjc en un aparcamiento de Sežana con el motor apagado, y no lo termino de pensar.

Cuelgo el chaquetón otra vez en el respaldo.

—Esta noche no voy. Mientras su hermana tenga la mesa en esa oficina, tampoco.

—No se lo he pedido por la medida.

—Es por su hermana. La medida no me ha mandado nunca quedarme quieto.

Se le afloja la boca un momento, y la vuelve a apretar.

—¿Qué va a pedir? —pregunta—. A la mesa. Lo que me toque.

Tengo la respuesta a medias y no le doy la mitad que tengo.

—Se lo diré por la mañana. Esta noche no sé decírselo de forma que se pueda escribir, y lo que le diga quiero que se pueda escribir. Mañana se lo digo, y usted puede decirme que no.

—Mañana es el último día de la medida.

—Lo sé. Se lo digo a primera hora, en la garita, con tiempo para cambiarlo si no le vale.

Asiente una vez. Busca el pomo a su espalda sin volverse.

—La copia está en la carpeta de diciembre —dice—. Ese es el original. Es suyo.

Sale. Oigo sus pasos por el pasillo, luego la escalera de cemento, peldaño a peldaño, y la puerta de abajo, que el viento le arranca y golpea contra el marco.

Por la ventana la veo cruzar la explanada con la cabeza agachada contra la bora, por delante de las luces verdes, hasta la garita.

Enciende la lámpara de la mesa de control.

No se sienta. Se queda de pie al lado de la estufa.

Me siento en el borde del colchón. Abro la bolsa y saco del fondo, por debajo de la ropa, el sobre del cotejo.

Dentro, doblado en tres, está el borrador que escribí anoche: el nodo vendió nuestro código y el día en que el semirremolque se quedaba solo, con lo que cobró puso el aval, pido que le quiten la neutralidad.

No lleva su nombre. Ahora lo lleva el papel que tengo en la otra rodilla, de su puño.

Despliego el borrador y lo dejo encima del sobre, sobre la manta. Pongo su confesión al lado, en la silla, con la grapa hacia arriba.

No rompo nada.