Capítulo 10
Sežana
Desde que volvió de Gorizia no me pregunta por septiembre.
Anoche cenó en la cocina con los de Koper y subió al dormitorio sin pasar por la garita.
Esta mañana me ha dado los buenos días desde el escalón, me ha llamado señora Barta y no me ha pedido nada: ni carpetas, ni pases, ni el libro de reservas.
Se ha tomado el café de pie, mirando la carretera cerrada, y ha vuelto a su cuarto.
El jueves, en las duchas, me llamó Ada. El sábado vuelvo a ser señora Barta. Me lo explico con lo que tengo: le dejé una frase sin contestar, y él no pregunta dos veces lo que no le han contestado a la primera. Es lo único que se me ocurre, y me sirve para no pensar en otra cosa.
Antes de comer me llama Dora. Tengo delante el registro de la mañana, con la tara de los dos camiones de Bragin que subieron antes de que cerraran la carretera.
—¿Estás sola? —pregunta.
—Con Furlan. Está en la báscula.
—Te llamo desde el pasillo de la oficina, que dentro hay jaleo. —Se ríe—. Oye, una cosa rara. Mi jefe me ha preguntado por ti esta mañana. Si seguías teniendo la explanada llena de camiones de Zorin, y si iban a salir todos juntos cuando quitaran el corte de la carretera.
—¿Y qué le has dicho?
—Que no lo sé, que yo no hablo contigo de camiones.
Y entonces me ha dicho que te diera un recado, palabra por palabra, que tú lo entenderías.
—Baja la voz—. Que él también guarda los papeles, como tú, y que el de agosto lo tiene bien archivado.
Y que le gustaría saber cuándo cambias los códigos, porque con lo de la bora no quiere que nadie se haga un lío.
No le contesto enseguida. Por el cristal veo a Furlan apuntar un precinto con la lengua entre los dientes.
—¿Qué papel de agosto, Ada?
—Uno de la estación. Un trámite.
—Pues cuando me lo ha dicho no parecía un trámite.
Furlan termina con el camión de Bragin y lo manda bajar de la plataforma con un gesto. La barrera lo deja salir hacia la carretera nueva, la única abierta.
Kranjc no quiere saber cuándo cambio los códigos.
El último cambio fue a primeros de octubre y lo pone la placa del teclado.
Quiere los que hay ahora, y quiere que yo sepa que tiene en su archivo el resguardo de agosto, con su empresa en la casilla del ordenante.
Y me lo manda decir por mi hermana, desde su oficina, con su sueldo.
—Dora, escúchame. Hoy, cuando salgas, no vuelvas. Ni el lunes ni ningún día.
Se queda callada. Oigo detrás una impresora y a una chica que se ríe en esloveno.
—¿Por qué?
—No te lo puedo contar por teléfono.
—Pues entonces no. —Lo dice tranquila, sin enfadarse, y eso es peor—.
Tengo contrato hasta junio, Ada. Tengo una habitación sin cocina que pago con este sueldo.
Llevo desde julio buscando trabajo y este es el único sitio donde me han abierto la puerta.
No me pidas que lo deje sin decirme por qué. Eso no me lo hagas.
—Te lo diré.
—Cuando me lo digas, me lo pienso.
Cuelga. No me da tiempo a decirle nada más.
* * *
Me quedo con el teléfono en la mesa y el registro de la mañana debajo del codo.
Si no le doy a Kranjc lo que quiere, le contará a Roman quién vendió el código de septiembre.
Si se lo doy, la explanada se vacía otra noche, y esta vez con seis camiones, y Kranjc tendrá dos resguardos en lugar de uno.
En los dos casos el que habla es Kranjc, y lo que cuente lo contará como quiera.
Solo hay una forma de dejarle sin nada que vender: que lo diga yo antes.
Lo pienso mientras Furlan entra a dejar las llaves de la báscula y se pone el abrigo para irse. Se para en la puerta.
—¿Le pasa algo, señora Barta? Tiene la cara de los lunes de inspección.
—Me ha llamado mi hermana. Cosas del trabajo de ella.
—Si necesita que suba mañana, me llama. Domingo o no domingo. —Se abrocha el abrigo hasta el cuello—. Usted y yo sabemos lo que es quedarse aquí sola con la bora.
Le digo que no se preocupe y le doy las buenas tardes. Lo sigo pensando cuando su coche coge la curva del depósito. No me cambia la cuenta.
El jueves Roman escribió delante de su tío que desistía del aval de mi hermana. No me pidió nada. Ayer volvió de Gorizia con tres minutos de margen y no me contó lo que le había dicho Pavel. Y yo tengo en el archivo, debajo de su cama, el papel que dice lo que hice en agosto.
Prefiero contárselo yo, con mi letra, antes de que lo haga Kranjc.
* * *
Abro el cajón de la mesa de control. La funda de plástico está donde la dejé el día que él llegó, con la copia del registro de la noche del robo: código Zorin, entrada a las 03:12, salida a las 03:41. Es la que le enseñé aquella mañana, la que no me delataba.
Bajo al archivo. Enciendo el fluorescente y espero a que deje de parpadear.
Saco la carpeta del aval de la balda de abajo, quito la grapa y separo el resguardo de agosto de la solicitud.
Sesenta mil, por transferencia a la caja del custodio, y en el ordenante, escrito a máquina, el nombre de la empresa de Kranjc.
Subo con las dos hojas. Me siento a la mesa de control y las grapo juntas, el registro encima y el resguardo debajo, con la grapadora de la báscula, que muerde mal y tengo que apretar dos veces.
Escribo debajo del registro, en el blanco que queda, con el bolígrafo del libro de noche y la letra que uso para el libro.
«El código de barrera de la casa Zorin que abrió esta entrada lo vendí yo, Ada Barta, titular del nodo, a Tomaž Kranjc en agosto. En septiembre le comuniqué la hora de la parada cuando Pavel la reservó. Con ese dinero repuse el aval de neutralidad de la estación. El resguardo va grapado».
Pongo la fecha de hoy y firmo.
Lo leo una vez. No tiene ni una palabra de más.
Lo fotocopio. La copia va a la carpeta de diciembre, con el registro del día, porque en esta estación no sale un papel sin que quede su copia, y hoy tampoco. El original lo doblo en dos.
Fuera ha empezado a anochecer. La bora sigue empujando el aguanieve contra los semirremolques de la fila. En la ventana de su cuarto, encima del archivo, hay luz.
Me pongo el abrigo. Cierro la garita con llave y cruzo la explanada con el papel dentro, contra el jersey, para que no se moje.
La escalera del dormitorio de chóferes es de cemento, con una barandilla de hierro pintada de verde que se pela. La subo con el papel en el bolsillo del abrigo y la mano encima, apretando.