SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 9
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Capítulo 9

Gorizia

La lavandería industrial está en el polígono de la salida de Gorizia, entre un almacén de neumáticos y una nave vacía con el cartel de se alquila desteñido por el sol. Llego temprano. Aparco en la acera de enfrente y espero.

Pavel sale por el muelle de carga empujando un carro de sacos blancos con el nombre del hospital estampado en azul.

Lleva el uniforme gris de la empresa, con su nombre bordado en el pecho, y una gorra de lana.

Mete los sacos en la furgoneta de dos en dos, sin mirar a la calle. Ha adelgazado desde septiembre.

Cruzo cuando cierra la puerta de atrás. Me ve en el reflejo del cristal antes de volverse.

—Me dijeron que no ibas a venir —dice—. Que tu tío te lo había prohibido.

—Mi tío ya no me prohíbe nada. Ahora manda él en los camiones.

—Entonces has venido sin nada que mandar.

No me tiende la mano. Yo tampoco a él.

—Ya no creo que vendieras el código, Pavel.

Me mira un momento. Después abre la puerta del conductor, deja dentro la carpeta de los albaranes y vuelve a cerrarla.

—Tres meses. Tres meses llevando sábanas de hospital, y me lo vienes a decir en la calle, delante del muelle, con el motor de tu coche todavía caliente. Muy bien. Ya no lo crees.

—Te aconsejé que no dejaras el semirremolque solo en esa explanada. Te lo dije dos veces, una por teléfono y otra en tu despacho. Me contestaste que ella no se atrevía.

—Lo sé.

—Pues que lo sepas también delante de los demás algún día. —Se quita la gorra y se rasca la cabeza—. ¿A qué has venido?

—A decirte que la reclamación de la estación va a reabrir junio. Mejor que lo sepas por mí. Y a preguntarte por la reserva de la parada de septiembre.

Se apoya en la furgoneta. Hace frío, pero aquí abajo no sopla la bora, solo un viento gris que levanta el polvo del polígono.

—La pedí yo, el día antes, por la tarde. Como todas. Llamé a la estación, di la matrícula y la hora de llegada, y apunté quién me la cogía.

—¿Quién te la cogió?

—Una mujer. La titular, supongo, porque el viejo de la báscula solo coge por las mañanas. Me lo repitió todo: matrícula, hora, plaza. Muy precisa.

—¿Se lo contaste a alguien más?

—A ti. —Me mira—. Y a nadie más, Roman. Lo que no te creíste en septiembre.

—¿Y el código de ese trimestre?

—Lo tenías tú, lo tenía yo y lo tenía la estación, que es la que los emite. Eso te lo dije también en septiembre. Me dijiste que el nodo no se quema a sí mismo.

Lo dije. Lo volví a decir el domingo pasado en la cabina de Sandro, con las mismas palabras.

Pavel se vuelve a poner la gorra.

—¿La reclamación es por lo de junio? ¿Por la carga del apartadero?

—Por eso.

—La de Kranjc. —Lo dice sin intención, mirando el reloj de la furgoneta—.

Tres mil doscientos kilos de un transitario de Sežana que no estaba en el Pacto y que nos pagaba en negro por llevárselos al otro lado.

Perdió toda la carga en el paso. Llamó a la casa una semana seguida pidiendo que alguien se la pagara.

Tú no te enteraste porque no quisiste enterarte.

Kranjc.

Lo oigo y lo tengo ya en otra parte. En la cocina de la estación, el domingo, con la sopa de su abuela delante. «Es una agencia de transportes de Sežana. Kranjc». Y el sello de Ada golpeando dos veces en el mismo sitio, y la tinta corrida en el borde.

—Y ya que estás —dice Pavel—. ¿Con qué repuso ella el aval?

—¿Qué aval?

—El de neutralidad. Se lo ejecutaste todo en julio.

A finales de agosto nos llegó a todas las casas el aviso de la oficina del custodio: el nodo del Carso vuelve a ser neutral desde el uno de septiembre, aval repuesto.

Lo vi yo, que todavía abría el correo. Me pareció raro.

Una mujer a la que acabas de dejar sin el aval de su hermana no encuentra el mínimo de neutralidad en un mes.

No le contesto.

Pavel se sube a la furgoneta. Antes de cerrar se inclina hacia fuera.

—Y la titular tenía motivo, ¿no? —dice—. Le ejecutaste el aval de la hermana en julio. Yo en su lugar también me habría atrevido.

Cierra. Arranca la furgoneta y se va por la calle del polígono hacia la autopista, sin mirar por el retrovisor.

* * *

Me quedo en el coche con el motor apagado.

No lo pongo en orden de una vez. Me viene a trozos, y cada trozo encaja con el anterior.

El cliente de junio es Kranjc. Dora trabaja para Kranjc desde que se acabó el verano, y Kranjc fue «el único que le dio trabajo».

El código lo tenían tres, y uno era el nodo.

La hora de la parada la sabían Pavel y la mujer que cogió el teléfono, y esa mujer me dijo el martes que no se lo contó a nadie, sin consultar nada para contestarme.

En agosto repuso un aval que no podía pagar.

El miércoles le di el ticket de junio, y lo archivó en vez de mandarlo.

Lo archivó porque no puede mandarlo, y el jueves no tiene nada que ver.

Y anoche, en las duchas, le dije que era la única persona de la estación que no me había mentido. No me contestó. Me besó.

Desterré a Pavel por menos de esto. Por una sospecha y por un sobre que tenían dos.

Arranco. Ya ha pasado la hora de comer.

* * *

La bora me espera en el Carso. En la radio dicen que han cerrado la carretera a los vehículos altos desde Opicina hasta la frontera, y en el desvío de la carretera vieja hay una cola de camiones parados con las luces de emergencia encendidas, uno detrás de otro, esperando a que alguien les diga por dónde.

Mi coche no es alto, pero la cola ocupa el carril.

Un guardia de tráfico, con el chaleco reventado por el viento, hace pasar a los turismos de uno en uno por el arcén.

Miro el reloj del salpicadero cada vez que avanzo un coche.

Si llego tarde, salta el aviso en la impresora del custodio, y ese aviso ya no tiene vuelta.

La participación se iría por un atasco, a la puerta de una estación donde acabo de saber quién me robó.

Paso el desvío con diez minutos de margen. La curva del depósito de sal, la explanada, las farolas encendidas.

La barrera lee mi pase y me imprime la vuelta: 16:57.

En la garita, Ada tiene el registro de la tarde delante y la estufa encendida. Me ve llegar. Arranca el ticket y lo fotocopia sin dejar de mirarme.

Entro y cuelgo las del coche.

—Tres minutos —dice.

—La cola del desvío llegaba hasta la gasolinera.

—¿Ha visto a Pavel?

—Esta mañana, en el muelle de la lavandería.

Espera que le cuente algo más. La miro a la cara, la misma de anoche, y no le cuento nada. Tengo en la boca todo lo que me ha dicho Pavel y no le dejo salir ni una palabra. Si me lo dice ella, quiero que me lo diga sin que yo le haya preguntado.

—¿Me da la llave del dormitorio?

Me la da. Está en el gancho de al lado, donde ha estado todas las tardes. Me la pone en la palma y retira los dedos antes de que se los toque.

* * *

En el cuarto no enciendo la luz de arriba. Me siento en la cama con la lámpara de la mesilla y saco del fondo de la bolsa el bloc de la casa.

Escribo el borrador de la denuncia para la mesa del jueves.

Lo escribo en frío, con fechas, como escribiría cualquier otra.

El nodo del Carso vendió el código de barrera de la casa Zorin y la hora de su parada nocturna del diecinueve de septiembre a un tercero ajeno al Pacto.

Con ese dinero repuso su aval de neutralidad.

Pido la retirada de la neutralidad del nodo y la revisión de su reposición de agosto ante la oficina del custodio.

No pongo su nombre. La titular del nodo es una sola.

Lo releo. Está bien escrito. Lo doblo en tres y lo meto en el sobre del cotejo, en el fondo de la bolsa.

Cierro la cremallera. Lo que puede tumbarla a ella y lo que puede tumbar la medida están juntos, en la misma bolsa, debajo de mi ropa. Por la ventana se ve la luz de la garita, todavía encendida.