Capítulo 8
Lo que pide la casa
El jueves bajo al archivo antes de que llegue Furlan. Los papeles de junio están en su funda, en la carpeta del mes, donde los dejé ayer. El hueco de la secuencia ya no es un hueco: es un ticket casi blanco con el número escrito a lápiz en el margen.
Hago la cuenta de pie, con el abrigo puesto, delante de la estantería.
Si le mando el original a Natalia Kirsanova, mi reclamación vuelve a la mesa, y con ella vuelve todo el expediente del nodo: el aval que se ejecutó en julio y el que lo repuso en agosto.
Arseniev lleva la información del Pacto y siempre pide el papel que hay debajo del papel.
Pedirá el resguardo de agosto a la oficina del custodio, que tiene la otra copia.
En la casilla del ordenante pone Kranjc Špedicija, a máquina. Es el cliente de junio, el dueño de los tres mil doscientos kilos del apartadero, pagando la neutralidad de esta estación tres semanas antes del robo.
Ayer Roman me dejó encima de la báscula lo que le pido a la mesa desde julio. Y no lo puedo mandar, porque el camino que lleva a junio pasa por agosto.
Apago el fluorescente y subo.
* * *
Antes de mediodía sube por la carretera vieja un coche negro con chófer. La barrera lee su código ordinario de visita, sube y le imprime la entrada. La orden no le pide pase para entrar: el coche no lleva más carga que a Arkadi Zorin.
Es bajo, con el pelo blanco cortado a máquina y unos guantes de conducir de piel fina que no se quita al entrar. Entra en la garita, me da los buenos días en italiano y firma el libro de entradas sin que se lo pida. Deja el bolígrafo cruzado sobre la página.
—Haga el favor de avisar a mi sobrino.
No me da tiempo. Roman viene ya por la explanada, y detrás de él salen de la cocina los dos chóferes de Koper, que duermen aquí desde el domingo, con las tazas. Arkadi les hace un gesto con dos dedos para que se acerquen.
—Quedaos. Esto os toca a vosotros también.
Se quedan en la puerta de la garita, en el escalón, con la bora metiéndose dentro. Roman entra y se pone de espaldas a la estufa. A mí no me mira. Yo sigo sentada a la mesa de control, con el registro de la mañana delante, y no me levanto.
—La copia del cotejo —dice Arkadi—. La necesito a las cuatro en la mesa. Con ella esta medida no ha existido nunca. Los camiones salen mañana y la reclamación de la señora se cae sola. —Se vuelve hacia mí un momento, con educación—. No es nada contra usted, señora Barta. Es el procedimiento.
—No te la voy a dar —dice Roman.
—Y el ocho de enero la casa cobra el aval. Declarado ejecutable desde julio. Ciento cuarenta mil.
—El cotejo está en mi bolsa y se va a quedar en mi bolsa. Si lo quieres, pide otra copia a la oficina del custodio.
—Eso tarda una semana.
Lo dice para los chóferes, que hacen la cuenta a la vez que yo. Dentro de una semana la medida ya habrá vencido. Sin la copia de Roman, la casa Zorin no puede pedir nada esta tarde.
—Te pedí el domingo que esperaras al jueves —dice Arkadi—. Has esperado. Hoy es jueves.
Roman no le contesta. Coge una hoja de la bandeja de la fotocopiadora, sin pedírmela, y se inclina sobre el borde de la mesa de control, a medio metro de mi brazo. Escribe con su bolígrafo, de pie, con letra grande y recta. Lo leo al revés mientras lo escribe.
«La casa Zorin, por mano de Roman Zorin, que pidió en su nombre en julio la ejecución del aval de neutralidad del nodo del Carso constituido por Dora Barta, desiste de esa ejecución. Para que conste en la reclamación pendiente». La fecha de hoy. Su firma.
No me mira para dármelo. Lo deja encima del registro de la mañana, delante de mí.
—Para su reclamación.
Lo cojo. Lo leo dos veces y lo paso por la fotocopiadora, como cualquier papel que entra en esta garita, porque en ese momento no sé hacer otra cosa. Arkadi espera a que la máquina deje de sonar.
—Eso no vale nada hasta que la mesa cierre la reclamación.
—La mesa lo leerá el día que la cierre.
—Y si la señora deja de dormir aquí una noche, la reclamación se cae y tu papel se cae con ella.
—La señora va a dormir aquí las noches que le quedan.
Arkadi se gira hacia los chóferes del escalón.
—Hasta que se acabe esta medida, los camiones de la casa los mando yo. A él no le pedís nada. Si os dice que os mováis, me llamáis a mí antes de mover una rueda.
Los chóferes miran a Roman. Roman sigue de espaldas a la estufa. Mira la barrera por el cristal, por encima de sus cabezas, y espera a que su tío termine.
Arkadi termina. Me da las buenas tardes, aunque todavía no es mediodía, y sale. La barrera lee el código ordinario de visita, sube detrás del coche negro y la impresora saca la salida. Los chóferes de Koper vuelven a la cocina sin mirarse entre ellos.
Roman sale el último, sin una palabra para mí.
Me quedo con el desistimiento delante. En el archivo sigue el resguardo del aval de agosto, con el nombre de Kranjc en la casilla del ordenante.
* * *
La línea volvió ayer a mediodía. El termo de arriba da agua caliente para lavarse la cara y poco más. La de verdad sale en las duchas de los chóferes, al fondo del pasillo del dormitorio. Por la noche, cuando los de Koper bajan a cenar al pueblo, bajo con la toalla y el neceser.
Son tres duchas sin puerta, con los azulejos verdes hasta media pared y un banco de obra a lo largo de la otra. El fluorescente zumba. Abro el grifo del medio hasta que el agua quema y me meto debajo, y el vapor sube hasta borrar el tubo de luz.
Oigo abrirse la puerta del pasillo. No me tapo. Por el ruido de las botas sé quién es antes de verlo.
Roman se queda en la entrada, con una toalla de la estación al hombro. El vapor le empaña la cara. Me mira de los pies al pelo chorreando, y después a los ojos.
—¿Quiere que me vaya?
—Quiero que eche el pestillo. Los de Koper vuelven a medianoche.
Echa el pestillo. Se quita la camiseta y el pantalón y los deja doblados en el banco, encima de mi ropa. A la luz del fluorescente tiene la piel blanca de invierno y una cicatriz vieja en el costado que no le había visto en la garita.
Se mete bajo el agua conmigo. No me toca enseguida.
—Hoy le he visto escribir —le digo—. Sin pedirme nada.
—No tenía nada que pedirle.
Me coge la cara y me besa. Le oigo respirar contra mi boca por encima del agua en los azulejos. Le recorro la espalda, los hombros, la cicatriz del costado, y él me baja las palmas por los brazos hasta las caderas y me acerca. Tiene la polla dura contra mi vientre.
Cojo el bote de champú del neceser y él me lo quita.
—Déjeme a mí.
Me lava el pelo. Lo hace con las yemas, apretando, de la frente a la coronilla, con una paciencia que no le había visto ni con los papeles.
El corte del dedo, el de la zarza de la pista, le tiene que escocer con el jabón, y no lo aparta.
Cierro los ojos. La espuma me resbala por los hombros y él la sigue con las palmas, por la espalda, por los pechos, por debajo, sin dejarse ningún sitio, y yo me apoyo en los azulejos para no caerme.
Le cojo la polla. Está caliente bajo el agua. La recorro desde la base hasta el glande y él contiene la respiración, y se le cierran los ojos un instante. Se le abren otra vez buscándome.
—Ada.
Me llama por el nombre. En siete días no me ha llamado más que señora Barta.
Me besa el cuello, el hombro, la clavícula, y mientras me besa me baja la palma por el vientre hasta abajo. Me abre con dos dedos y me encuentra mojada por dentro, y lo nota.
—Dígame si le hago daño.
—No me hace daño. Me hace temblar, que es otra cosa.
Me mete los dos dedos y deja la palma contra el clítoris, quieta al principio, después en círculos cortos, con el agua cayéndonos encima a los dos.
No cambia de ritmo. Me agarro a su hombro sin soltarle la polla.
Le miro la cara todo el tiempo, y él mira la mía, atento a cada cosa que me pasa por ella, y me corro por eso, por verle verme.
Se me doblan las rodillas. Me sostiene con el otro brazo por la cintura y no saca los dedos hasta que dejo de temblar, y oigo mi voz rebotar en los azulejos verdes.
—En el neceser —le digo cuando puedo—. En el bolsillo de la cremallera.
Sale del agua, lo abre y vuelve con el condón. Se lo pone él, y yo lo miro hacerlo. Después apoyo un pie en el banco de obra. Él me coge la rodilla, me la sube un poco más y se pega a mí.
Entra poco a poco, mirándome a la cara, y se para cada vez que le aprieto el hombro. Hasta el fondo. Se queda quieto dentro de mí, frente contra frente, con el agua por encima.
—Así —le digo—. Hondo y sin parar. No quiero que se acabe enseguida.
—Tenemos hasta medianoche.
Me folla con un ritmo largo, que va y vuelve, y cada vez que llega al fondo se queda un instante allí antes de salir.
Oigo el agua, la caldera al otro lado de la pared, el banco que cruje un poco bajo mi pie y su respiración en mi oreja.
Le clavo los dedos en la espalda. Le hablo.
Le digo dónde, y cuándo, y que siga así, y él me hace caso en todo y me lo dice con el cuerpo.
Apoya su frente en la mía. Tiene los ojos abiertos y las pestañas llenas de agua.
—Es la única persona en esta estación que no me ha mentido desde que llegué —dice.
Abro la boca para contestarle. No me sale nada que no sea mentira, y no quiero decirle ni una más con él dentro. Le beso para no tener que hablar.
Él me devuelve el beso y acelera. Ya no me pregunta nada.
Me sujeta la cadera contra el banco y yo me aprieto contra él con la pierna del suelo.
Me corro otra vez sin avisar, con la boca contra su cuello, y él sigue hasta que el temblor se me pasa a las piernas.
Después se corre él, hundido hasta el fondo, con la cara en mi pelo mojado.
Se le doblan las rodillas, y esta vez lo sostengo yo a él, con la espalda en los azulejos, mientras le pasa.
* * *
Cuando el agua empieza a salir tibia, la cierro.
Las toallas de la estación son grises, ásperas, lavadas mil veces. Nos sentamos en el banco envueltos en ellas, con los hombros pegados, y no decimos nada. Se oye gotear la alcachofa del medio. Me coge la mano y me la tiene encima de su rodilla, y le dejo.
—Mañana quiero ir a Gorizia —dice al final—. A ver a Pavel.
No la retiro. Me cuesta no retirarla.
—Quiero contarle que la reclamación va a reabrir junio antes de que se entere por otro. Y preguntarle por la reserva de aquella parada: a quién más le habló de ella.
Si le niego el pase, será lo único que le niego en siete días sin un motivo que le pueda enseñar. Lo sabe él y lo sé yo.
—Vístase y venga a la garita —le digo—. Los pases se piden allí.
Tecleo con mi clave: Roman Zorin, vehículo particular, ruta: estación, Gorizia, estación, vuelta a las cinco de la tarde. La impresora lo saca. Lo fotocopio y le doy el original.
Lo dobla en dos y lo guarda en la cartera, donde ya no está el ticket de junio.
Le acabo de firmar, con mi clave y con el pelo mojado, el pase para ir a ver al único hombre que puede contarle lo que yo no le he contado.