SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 7
44%

Capítulo 7

El original

Arkadi lo coge al primer tono. Ha estado esperando la llamada.

—¿Ha salido?

—No ha salido. Sandro baja andando al pueblo y la tractora se queda en el lavadero. Mañana me mandas a otro chófer a por ella, y a Sandro no me lo vuelves a mandar aquí.

—El de Koper me ha llamado cuatro veces desde el sábado. Tiene la carne vendida en Graz.

—Pues que se la venda a Graz con pase. La pista sale a un paso común, Arkadi. Está en la orden. Un camión nuestro en el antiguo paso sin la firma de la titular es fuga mía.

—Lo de la participación ya lo hablamos el domingo.

—Y como es mía, la decido yo. Si otro camión de la casa toca esa pista mientras yo duermo aquí, me quedo sin la participación, de acuerdo.

El día que la pierda, me siento el jueves en la mesa y digo quién dio la orden, con la fecha y con el cliente con nombre y apellido.

Lo que me cueste a mí lo pagará la casa delante de las otras cuatro.

Se me va el brazo libre de arriba abajo, una vez. El aguanieve se me mete en la camisa. Mi tío fuma antes de contestar; le oigo soltar el humo.

—Le has roto la cara a Sandro delante de una cámara de esa mujer.

—Delante de una cámara, sí. Lo que ha visto es a un chófer de Zorin intentando salir y al jefe de corredores parándolo. Así lo ha puesto en el libro.

—¿Y eso a ti de qué te sirve?

—De nada. Lo ha escrito ella, y le ha costado escribirlo.

Cuelga sin despedirse. Me quedo de cara a la barrera, con su luz roja en lo alto del poste. Después voy al cuadro a por las de la tractora y devuelvo la carne de Koper a su toma.

* * *

Duermo mal. A las seis ya estoy despierto, sentado en la cama de hierro, con la cartera abierta encima de la manta.

El ticket sigue en el sitio de siempre, con la tarjeta del seguro delante.

Lo despliego. Los pliegues se han comido las cifras del centro y el resto se ha quedado en un gris de lápiz borrado.

Detrás, doblado con él, está el ticket que la báscula imprimió para la estación aquella misma mañana, el que tendría que estar en una carpeta del archivo, debajo de mi cama.

Sandro lo sacó de la garita cuando ella salió a precintar.

Me lo trajo a Trieste con el impreso en blanco.

La segunda hoja del impreso la tengo en la bolsa, en el bolsillo de abajo.

Es la copia de calco que se queda quien rellena un salvoconducto.

La primera la presenté yo en la mesa, en julio, con veinticuatro mil seiscientos kilos escritos con la letra de Sandro y un sello de esta estación que nadie de esta estación puso.

Pongo los tres papeles en fila sobre la manta.

Mi tío quemará la medida antes del jueves, por una pista, por un cliente o por lo que encuentre.

Si la quema, con ella se hunde su reclamación.

Seregin firmó para castigar a mi casa por preguntar por el folio, y no le importa quién tenga razón en junio.

Si alguien gana esto, quiero que gane con lo que pesó el camión y no porque tres casas firmaran un jueves.

Y está la cocina del domingo. La sopa de su abuela en un plato delante de mí, servida por la mujer a la que le firmé la ruina. No me pidió nada. Me preguntó si quería plato.

Anoche Ada escribió en su libro, con su letra, que lo de Sandro no era fuga. Tenía el dinero de su hermana a una hora de distancia y lo cerró ella misma. Yo tengo en la manta el papel que le devuelve ese dinero por la vía buena.

Meto los tres en un sobre de la estación y bajo.

* * *

Ada está en la báscula con el primer camión de Bragin. Furlan todavía no ha llegado. Espero fuera a que el chófer le cante el precinto, a que ella firme y a que el camión baje de la plataforma. Después entro.

Dejo el sobre encima de la consola de la báscula, al lado del teclado.

—Esto es de junio —le digo—. Es suyo.

No lo coge enseguida. Mira el sobre y luego a mí, y espera a que pida algo. No pido nada. Ella lo abre.

Saca primero la copia de calco. La lee línea por línea, la cifra de Sandro, el sello, la fecha. Al llegar al sello se le aprieta la boca. Después saca los dos tickets. Al mío no se le lee casi nada. El de la estación se lee un poco mejor: las dobleces no le cruzan las cifras.

No intenta leer el peso. Busca el número.

Se levanta, baja al archivo y vuelve con la carpeta de junio.

La abre sobre la mesa, por la página donde está el hueco, y pone el ticket de la estación entre la fotocopia del anterior y la del siguiente.

Compara la hora de los tres con la uña. El de antes es un camión de Arseniev de las siete y diez; el de después, uno de Bragin de las ocho menos cuarto. El nuestro cae entre los dos.

—Es el que falta —dice.

Inclina el ticket contra la luz de la ventana y lo va girando hasta que la sombra se convierte en cifras.

—Veintiún mil cuatrocientos. Lo pesé yo. La cifra se me fue con el papel, y el papel lo tenía usted.

Deja los tres encima de la carpeta, uno al lado del otro.

—¿Por qué me lo da?

He pensado cómo decírselo mientras bajaba la escalera. Ahora que me lo pregunta, la mitad de lo que había pensado no sirve.

—Porque mi casa va a intentar anular esta medida antes del jueves, y si lo consigue se lleva su reclamación por delante —le digo—. Y porque si usted gana, prefiero que gane con lo que pesó mi camión en su báscula. Con la firma de Seregin no.

—Eso le va a costar a su casa el corredor.

—Me va a costar a mí, y a la casa lo que yo decida que le cueste.

—¿Y a sus chóferes?

—A Sandro ya le ha costado algo anoche. El otro chófer de junio está en Rijeka y ya no conduce para nosotros. Eso lo arreglo yo.

No le pido perdón. Lo pensé arriba, sentado en la cama, y no encontré nada que cubriera un perdón. El aval de su hermana lleva cinco meses en la caja del custodio porque firmé yo.

Ada asiente una vez.

Se levanta. Enciende la fotocopiadora, que tarda en calentar, y mientras calienta separa el ticket de la estación de los otros dos.

Hace tres copias. Una la grapa a la copia de calco, y las guarda con mi ticket en una funda aparte.

Otra la mete en la carpeta de la mesa de control, en su funda de plástico.

La tercera la deja encima de la carpeta de junio con el original, en el hueco, y escribe el número a lápiz en el margen.

Cierra la carpeta. Vuelve a bajar al archivo y la deja en su sitio.

Cuando sube, no trae ningún sobre. No saca papel para escribir a la oficina del custodio. Se pone a apuntar la tara del siguiente de Bragin, que espera en la barrera.

La reclamación que lleva parada desde julio podría salir hoy, esta misma mañana, con el correo de las diez. Tiene en el archivo el original y tiene mi copia de calco con su sello falso. Le basta con un sobre y con la dirección de Natalia Kirsanova.

No lo prepara.

Lo primero que pienso es que quiere esperar al jueves, para ponerlo encima de la mesa delante de las cinco casas, y que eso es lo más listo que puede hacer.

Lo pienso y lo apunto con las demás cosas suyas que no entiendo.

Después la veo pesar el camión de Bragin, leerle el precinto, devolverle la carta de porte por una casilla mal puesta, y no me parece una mujer que espere a nadie para mandar un papel que le da la razón.