Capítulo 6
Sin sonido
La barrera imprime la salida de Roman Zorin con el primer gris de la mañana.
El ticket repite el pase de anoche: vehículo particular, pista forestal, antiguo paso de frontera, y la hora de vuelta que le puse yo.
Lo fotocopio antes de que el coche haya terminado de bajar la curva del depósito de sal.
De lo de anoche me queda un cardenal en la cadera, del canto de la mesa de control, y nada en el libro de noche salvo la hora del generador.
La línea sigue caída. El generador lleva toda la noche en marcha y la bora no ha aflojado: arrastra aguanieve por la explanada y la amontona contra las ruedas de los semirremolques, del lado del viento.
Los compresores zumban en toda la fila. Paso con la linterna por los termómetros de los seis frigoríficos de Zorin y apunto la temperatura de cada uno en la hoja de las tomas. Ninguno ha subido.
Furlan llega del pueblo en su coche con el termo debajo del brazo y el cuello alto del jersey asomando por el abrigo. Mira el generador desde la entrada.
—¿Cuánto le queda?
—Lo que había en el bidón se lo eché de madrugada. Va con el depósito por la mitad.
—Pues a mediodía le meto del surtidor, que si se nos para con este viento no lo arranca ni el Papa.
Le dejo la báscula y los camiones de Bragin.
Furlan pesa por las mañanas desde antes de que yo comprara la estación.
Coge el teléfono cuando yo estoy fuera, apunta las reservas de parada en el libro azul con su letra de escuela y nunca pregunta de quién son.
Tiene sesenta y cuatro años, le quedan catorce meses para jubilarse, y en toda su vida no ha firmado otra cosa que tickets de báscula.
* * *
A media mañana, mientras Furlan pesa el segundo camión de Bragin, Sandro Vidali se acerca a la ventanilla de la garita. Viene sin el cigarro. Lleva el chaquetón cerrado hasta la barbilla y la bora le ha puesto las orejas moradas.
Lo reconocí el sábado, cuando se apoyó en el estribo de su cabina.
Esta mañana es otra cosa. Lo tengo delante, y con su cara me vuelve el camión de junio, el suyo, parado en la báscula.
Me acuerdo de que el peso cuadraba con su carta de porte.
La cifra no la recuerdo: estaba en un ticket que ya no está en mi carpeta.
—En junio también me pesó usted —dice.
—Le pesé, le precinté y le di el pase. Lo que cargaran después en un apartadero no pasó por esta báscula.
—Eso lo dirá la testigo.
—Lo dice ya. Está en la orden que tiene a su jefe durmiendo en el dormitorio de chóferes.
Sandro sonríe con media boca. Mira a Furlan, que apunta la tara del camión de Bragin sin girarse, y vuelve a mirarme a mí. Sabe que yo lo sé desde junio. Lo que ha venido a ver esta mañana es si me atrevo a decirlo con Furlan delante, y ya lo ha visto.
Cruza hasta las duchas. En la máquina de café le da el golpe a la derecha antes de meter la moneda.
—El de Bragin ya está —dice Furlan—. ¿Le pongo café a usted también?
* * *
Hago la cuenta de lo que Roman puede encontrar en la pista mientras apunto taras.
En la pista hay tres meses de lluvia y de bora encima de unas rodadas, ramas partidas que lo mismo partió un camión que un jabalí, y la verja oxidada del antiguo paso, que no cierra desde Schengen.
En el bar del antiguo paso no sé lo que hay.
Desde la garita no puedo ir a mirarlo antes que él.
Sigo trabajando. Leo precintos y espero a que cada chófer me cante el suyo antes de firmar.
Devuelvo una carta de porte de Bragin con el peso bruto en la casilla del neto.
A mediodía Furlan llena dos bidones en el surtidor y se los echa al generador con un embudo de lata, de espaldas a la bora, y vuelve con la cara mojada y el gasoil hasta la muñeca.
Cambio el papel de la impresora térmica.
Fotocopio los tickets de la mañana, los ordeno por número y compruebo la secuencia con la uña.
Furlan se va después de comer. Le digo hasta mañana y él me dice que no me olvide de mirar el depósito antes de dormir.
* * *
La barrera imprime la vuelta de Roman a las 16:40, con veinte minutos de sobra.
Entra en la garita con barro hasta media pierna y deja las llaves del coche colgadas del gancho. Tiene la cara roja de viento y se ha cortado el dorso de un dedo con una zarza o con un alambre. No se sienta.
—En el antiguo paso queda un bar —dice—.
Abre de madrugada para los de la cantera y cierra cuando se acaba el café.
Hay un viejo que pasa allí las noches porque en su casa no hay calefacción.
Se acuerda de la madrugada del robo porque esa noche el viento le tiró el toldo del bar y lo tuvo que recoger él.
Dice que en el desvío de la pista, abajo, donde cruza la carretera vieja, había un camión parado desde la una, con el motor en marcha y las luces apagadas. Siguió ahí hasta pasadas las tres.
—Su convoy entró aquí casi una hora después.
—Por eso. Estaban esperando a un semirremolque que todavía no había llegado. Sabían que iba a venir y sabían cuándo.
—Las paradas de noche se reservan.
—Por teléfono, con la estación, el día antes. La de septiembre la pidió Pavel, que era quien pedía todas. La hora la sabían él y la persona que cogiera el teléfono aquí.
Por el cristal veo la báscula vacía y el sitio donde Furlan deja aparcado el coche por las mañanas.
Me bastaría con decir que el teléfono, por las mañanas, lo coge Furlan, y sería verdad.
Roman iría a buscarlo al pueblo con sus frases que acaban siempre donde tienen que acabar, y le preguntaría por una llamada de septiembre a un hombre al que le quedan catorce meses. Furlan no sabría qué contestarle.
—¿Quién la cogió? —pregunta Roman.
—La cogí yo.
—¿Y se lo dijo a alguien?
—A nadie. La apunté en el libro de reservas y cerré el libro.
Me mira sin contestar. Tiene todavía los dedos en el gancho, encima de sus llaves.
—No ha abierto el libro para contestarme.
—Las paradas de noche son dos o tres al mes. Me acuerdo de todas.
—Gracias por no decirme que no se acuerda.
Sale hacia el dormitorio. Le he dado una respuesta exacta, y él sabe lo que vale una respuesta exacta: se la pido yo cada mañana a cualquier chófer en la báscula.
Que la cogí yo es verdad. Que no se lo dije a nadie lo desmiente un resguardo que guardo en la carpeta del aval, a diez metros de su cama.
* * *
Anochece antes de las cinco y la bora sube con la oscuridad. Me quedo en la garita con la estufa, los monitores y el libro de noche.
El cuarto monitor es el del lavadero de camiones. Es una nave abierta por un lado, con la manguera de presión enrollada en la pared y un foco grande que yo dejo apagado de noche porque gasta. Desde ahí la cámara coge también la cola de la última fila, la más pegada a la pista forestal.
Pasadas las siete, el foco del lavadero está encendido.
Sandro está debajo. Ha arrimado su tractora marcha atrás a uno de los semirremolques de Koper, el de la carne, el último de la fila.
Lo veo encajar la quinta rueda, bajarse, enganchar las mangueras del freno y el cable de la luz.
Desenchufa el grupo de frío de la toma de la estación y lo deja tirando de su propio motor.
Le da a la manivela de las patas hasta que el remolque queda colgado de la tractora.
La tractora tiene el morro hacia la tapia del fondo, donde empieza la pista, y por ahí no hay barrera.
Hago la cuenta sin querer hacerla. Si ese camión llega al antiguo paso sin un pase mío, es fuga.
Lo pone el papel que el agente metió en la máquina el primer día: un camión de su casa en un paso común sin firma.
La fuga no es de Sandro, es de Roman. Su participación en el corredor pasa a pagar mi reclamación, y lo que paga mi reclamación son los ahorros de Dora y el piso de la abuela.
Yo no tengo que hacer nada. No tengo que subir ni bajar ninguna barrera, ni llamar a nadie, ni salir con la linterna. Tengo que hacer lo que manda el reglamento cuando un camión se mueve de noche en esta estación: apuntar la hora.
Abro el libro de noche por la página de hoy. Escribo la fecha. Destapo el bolígrafo.
Roman entra en el plano por la izquierda.
Viene andando por la fila, entre los semirremolques, con el abrigo suelto y el aguanieve dándole en la cara. No corre. Se para debajo del foco y mira a la cámara. Sabe dónde está; pasa por debajo de ella cada vez que cruza al dormitorio. No se esconde.
Sube al estribo de la tractora, abre la puerta de la cabina y saca a Sandro tirándole del chaquetón.
Sandro cae al suelo a medias, con una rodilla en la gravilla, y empieza a levantarse.
No le da tiempo. Roman lo agarra por las solapas y le estampa la cara contra el chasis del semirremolque, una sola vez.
Sandro se dobla. Roman lo sujeta para que no caiga. Le registra el bolsillo del pecho, saca un carné plastificado y se lo mete en el abrigo. Después se inclina dentro de la cabina, quita el contacto y se queda con las llaves.
Le habla de cerca. El monitor no tiene sonido, y en la garita solo se oye la estufa y la bora contra el cristal. Sandro escupe en la gravilla y se pasa la manga por la boca. Roman le señala la explanada con el brazo extendido, la entrada, la carretera. No le da el chaquetón que se le ha caído.
Sandro sale del plano del lavadero y aparece en el de la entrada, encorvado contra la bora. Pasa por debajo de la barrera agachándose. La barrera no imprime nada: un hombre a pie no lleva código y no deja ticket. Lo veo coger la curva del depósito andando, y lo pierdo.
Me he puesto de pie y no sé cuándo. Tengo el bolígrafo destapado entre los dedos y la línea de la hora en blanco.
Lo que acabo de ver se lo ha hecho a un chófer de su casa por un camión que no ha llegado a moverse un metro. No sé qué le haría a quien le vendió el código de su barrera.
* * *
Roman llega a la garita sin llamar. Trae las llaves de la tractora y las cuelga en el cuadro de la estación, en el gancho de al lado de las de su coche. Tiene los nudillos limpios. La sangre es de Sandro y se ha quedado en el chasis.
En el monitor del lavadero el foco sigue encendido y debajo ya no hay nadie. Roman lo mira. Después mira el libro de noche abierto en la mesa, con la fecha escrita y la hora sin escribir.
Lo entiende sin que yo le diga nada. Le veo entenderlo: qué iba a apuntar y para qué me servía apuntarlo.
—Mañana sube otro chófer a por la tractora —dice—. Ese remolque vuelve a su toma esta noche, lo enchufo yo.
—Si llega a salir, mi reclamación cobraba con su participación.
—Lo sé.
—Cobraba mi hermana. Yo solo tenía que escribir la hora.
—Pues escríbala. Escriba también quién lo ha parado. No va a salir ninguno mientras yo duerma aquí, lo ordene quien lo ordene.
No le pregunto quién lo ha ordenado. Él tampoco me lo dice.
Me siento y escribo, con la letra que uso para el libro y que no cambia aunque me tiemble el pulso: «19:50.
Intento de salida sin pase de un semirremolque de la casa Zorin por la pista forestal, desde el lavadero.
Impedido por el jefe de corredores de la propia casa antes de abandonar la explanada.
La carga no ha usado ningún paso común. No constituye fuga». Firmo debajo.
La vía más corta que tenía Dora para recuperar su aval se acaba con mi firma.
Roman lee lo que he escrito desde donde está, sin acercarse. Coge el teléfono del bolsillo y sale.
Desde la mesa lo tengo en el cristal. Está de espaldas, junto al surtidor, con el teléfono pegado a la cara y el aguanieve entrándole por el cuello del abrigo.
Habla mucho rato. Mueve el brazo libre una vez, de arriba abajo, y lo deja caer.
No oigo nada. El cristal es doble, la bora se come lo que quede, y desde aquí no sé ni en qué idioma habla.
Cuando cuelga sigue sin darse la vuelta, mirando la barrera bajada. Después vuelve a entrar, descuelga sin decir nada las llaves de la tractora, cruza la explanada hasta el lavadero, sube a la tractora de Sandro y devuelve el remolque de la carne a su toma.
Me pongo el abrigo para bajar a apagar el foco del lavadero, que gasta. No salgo hasta que veo luz en su ventana, encima del archivo.