SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 5
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Capítulo 5

El generador

Me despierta el silencio.

Llevo tres noches durmiendo con el ruido de los compresores al otro lado del tabique. Son los de mis seis camiones y los de las otras casas. Ahora no se oye nada salvo el viento. Le doy al interruptor de la lámpara y no pasa nada. El radiador se está quedando frío también por la parte de abajo.

Me pongo los pantalones y las botas sin calcetines.

Al abrir, la bora me arranca la puerta y la estampa contra el tabique del pasillo.

La explanada está a oscuras. Solo quedan encendidas la luz roja de la barrera, que tira de su batería, y la de emergencia de la garita, verde y pequeña sobre el dintel.

La bora trae aguanieve de lado, en ráfagas que se oyen llegar antes de sentirlas.

Un frigorífico cargado y cerrado aguanta unas horas sin corriente. Después la carga empieza a subir de temperatura, y la carne y el pescado que suben de temperatura ya no se venden. Son mis cargas. La corriente es de ella. Mientras estén enchufadas aquí, responde ella.

Al fondo de la fila se mueve una linterna, junto a la tapia, donde está el generador.

Ada Barta está de rodillas delante del motor, con la linterna entre los dientes y los brazos metidos hasta el codo en el hueco del filtro. Tiene el pelo empapado y la capucha caída sobre la espalda. Cuando me oye entrar, se saca la linterna de la boca para hablar.

—El motor de arranque gira flojo. La batería se ha quedado sin fuerza con el frío.

—Tengo pinzas en el coche.

—Pues tráigalas. Y traiga el coche.

Lo acerco marcha atrás hasta la caseta, con el morro contra el viento. Conecto las pinzas con los faros encendidos para ver los bornes. Cuando ella da al contacto, el motor de arranque gira con ganas, pero el diésel no prende. Tose dos veces, se ahoga y se calla.

—Ha cogido aire —dice ella—. Cuando le cambiaron el filtro nadie lo purgó, y la que no lo purgó fui yo.

Palpa el lateral del bloque a ciegas y encuentra el tornillo de purga sin alumbrarlo. Lo afloja media vuelta.

—Esa palanca negra, a su izquierda. Es la bomba de cebado. Bombee hasta que yo le diga.

Bombeo. Por el tornillo sale gasoil con burbujas, que el viento se lleva en gotas contra el ladrillo. Sigo bombeando. Las burbujas se espacian, y luego sale el gasoil limpio, un hilo dorado a la luz de los faros.

—Ya está limpio. Pare.

Aprieta el tornillo. Me mira.

—Ahora usted. Yo sujeto las pinzas.

Doy al contacto. El motor tose, se ahoga, tose otra vez y a la tercera agarra, con una nube negra que la bora se lleva en un segundo.

El ruido llena la caseta. Por la puerta veo encenderse las farolas de la explanada, una detrás de otra.

Oigo arrancar los compresores a lo largo de la fila, del primero al último. Mis seis camiones también.

Ada se apoya en la pared de la caseta y cierra los ojos un momento. Tiene gasoil en la cara, en una mejilla, una raya brillante desde el pómulo hasta la boca.

—Garita —dice—. Antes de que se nos congele la ropa encima.

* * *

La estufa de la garita está encendida desde antes del apagón, porque no depende de la línea.

Los monitores vuelven a arrancar uno a uno, y la explanada aparece en ellos dividida en cuatro, con la aguanieve cruzándola de lado.

Ada se quita el abrigo y lo cuelga en el respaldo de la silla.

Debajo lleva un jersey de lana gris mojado hasta los codos.

Yo me quito la chaqueta. La camisa se me pega a la espalda.

No me siento. Ella tampoco.

Se limpia el gasoil de la cara con la manga, mira la manga y la deja. Después me mira a mí, mucho rato, y le sostengo la mirada.

—Antes de nada —dice—. Lo que pase aquí no toca un pase. Ni para dárselo ni para quitárselo. Mañana usted me pedirá lo que tenga que pedirme y yo se lo firmaré o no con los mismos papeles con que lo habría firmado anoche.

—Mañana le voy a pedir lo que le iba a pedir de todos modos —le digo—. Y si me lo niega, no voy a pensar que me lo niega por esto. Ni que me lo da por esto, si me lo da.

—¿Está seguro?

—Lo estoy. Usted no me tiene que creer. Me basta con que lo haya dicho antes.

Da dos pasos y ya no hay espacio entre los dos.

Me pone la palma abierta en el pecho, sobre la camisa mojada, y la deja ahí, sin empujar, notando cómo me late el corazón.

Luego sube la palma hasta el cuello y me besa ella.

Sabe a gasoil y a frío. Le meto los dedos en el pelo mojado y le inclino la cabeza para besarla mejor, y ella me muerde el labio de abajo, no fuerte, para decirme que todavía conduce ella.

Me desabrocha la camisa botón a botón, con los dedos torpes de frío, y se ríe cuando el tercero no sale. Lo arranca. Rebota contra un monitor.

—Lo apunto como avería —dice.

Le saco el jersey por la cabeza. Debajo lleva una camiseta de tirantes y nada más, y tiene la piel de gallina en los brazos y los pezones duros contra el algodón.

La cojo por las caderas y la siento en la mesa de control.

Aparto el libro de noche hacia el borde para que no se moje.

Detrás de ella, los cuatro monitores enseñan la explanada vacía, el generador soltando humo y los frigoríficos zumbando.

—Las cámaras graban la explanada —dice—, no la garita.

—Me lo creo.

—Hace bien. Las instalé yo y las orienté yo.

Le desabrocho el pantalón. Levanta las caderas de la mesa para que se lo baje, y se lo bajo junto con las bragas, hasta las botas, y luego le quito las botas también porque no salen de otra forma.

Me arrodillo en el suelo de la garita. El suelo está frío y huele a goma.

Le abro las rodillas y le beso el interior del muslo, que está helado, y después el otro, y ella me enreda los dedos en el pelo y me guía todavía en silencio.

Le como el coño con la boca abierta, primero a lo ancho, para conocerlo. Está mojada y sabe a sal. Ella aprieta los muslos contra mis orejas y los vuelve a abrir.

—Más arriba —dice—. Un poco más. Ahí, y no cambie nada.

No cambio nada. Le pongo la lengua plana sobre el clítoris y la muevo con el ritmo que ella me marca con los talones contra mi espalda, un ritmo lento que yo no habría elegido.

Se oye el generador por encima de la bora, y por encima del generador, cada vez más, se la oye a ella.

Me agarra del pelo. Me dice que no pare con frases completas, con sujeto y verbo, y se ríe de sí misma en mitad de una, sin aliento.

—Si se para ahora, le niego todos los pases hasta el jueves.

—Ha dicho que esto no tocaba ningún pase.

—Pues no se pare y no tendré que desmentirme.

No me paro. Cuando se corre, se le tensa el vientre contra mi frente, echa la cabeza atrás y golpea con el pelo mojado la pantalla de uno de los monitores. La pantalla se queda torcida. Ella se queda temblando, con los talones clavados en mis costillas, y tarda en soltarme el pelo.

Me levanto. Me duelen las rodillas del suelo. Ella me mira desde la mesa con los labios entreabiertos y el pelo pegado a la frente y me desabrocha el cinturón con más prisa que los botones.

—¿Tiene algo? —pregunta.

Saco la cartera del bolsillo de atrás. El condón está en el compartimento de las monedas. Al abrirla, noto con el pulgar el ticket de junio en su sitio, más grueso que los billetes. Ella no puede verlo. Saco el condón, cierro la cartera y la dejo encima de la fotocopiadora, lejos de ella.

Me baja los pantalones y me coge la polla con los dedos fríos, y el frío me hace contener la respiración. Ella lo nota y sonríe. Me pone el condón ella misma, mirándome a la cara y no a lo que hace.

—De pie —dice—. Quiero verle la cara.

Se baja de la mesa. Se apoya en el borde con las palmas detrás y me trae hacia ella con un pie.

Es más baja que yo descalza y tiene que ponerse de puntillas.

La levanto un poco por debajo de los muslos, ella me rodea la cintura con una pierna y me guía con los dedos.

Entro en ella de una vez, hasta el fondo, y los dos nos quedamos quietos, la frente de ella contra mi barbilla.

—Así —dice—. Ahora quieto un momento.

El momento no le dura. Se muerde el labio y empuja las caderas contra mí, y el ritmo lo pone ella, corto y hondo, con la pierna apretándome la cintura cada vez que quiere más.

Le obedezco. Le beso el cuello, el hombro, el tirante de la camiseta que se le ha caído.

Ella me dice lo que quiere con palabras exactas.

Son las de la báscula, las que usa para decirle a un chófer lo que le falta a su carta de porte, y no me da ni una de sobra.

Y en un momento deja de decírmelo.

Lo noto en el cuerpo antes que en la voz. Deja de empujar y se queda colgada de mí, con los brazos alrededor de mi cuello y la boca abierta contra mi hombro. Ya no marca nada. Me lo deja a mí.

—Roman —dice—. No pares.

Me la llevo contra la mesa de control y la sujeto por las caderas, y la follo como ella ya no puede pedírmelo, más fuerte, sin cambiar el sitio donde ella me ha enseñado que le gusta.

La mesa golpea la pared con cada embestida.

Un bolígrafo rueda y cae al suelo. Ella se corre otra vez con un ruido bajo, contra mi cuello, y me clava las uñas en la espalda por encima de la camisa abierta.

Me corro dentro de ella poco después, con la cara hundida en su pelo mojado, que huele a gasoil y a la lana del jersey.

Nos quedamos un rato con la respiración desacompasada. El generador sigue sonando fuera. Uno de los monitores sigue torcido.

Se mueve ella antes que yo. Se aparta, se pone las bragas y el pantalón y se abrocha el botón. Coge el libro de noche del borde de la mesa, lo abre por la página del día y busca un bolígrafo. El suyo está en el suelo. Lo recojo yo y se lo doy.

Escribe con buena letra, apoyada en la mesa: «Corte de línea por bora. Generador de reserva arrancado a la 01:52. Avería: aire en el circuito de gasoil, purgado. Sin pérdida de frío en la explanada». Firma debajo.

—Eso último no lo sabe —le digo—. No ha mirado los termómetros.

—Los miro ahora. Si me he equivocado, lo corrijo con otra tinta y la hora.

Se pone el abrigo encima del jersey mojado y sale con la linterna a mirar los termómetros de los frigoríficos. Vuelve a los diez minutos. No corrige nada.

* * *

Me abrocho la camisa con los botones que quedan. El que ella arrancó está debajo de la fotocopiadora y lo dejo ahí. Recojo la cartera.

—Mañana quiero ver las carpetas de agosto y de septiembre —le digo—. Las reservas de parada, quién llamó, qué camiones entraron y a qué hora. Lo de la noche del robo ya lo tengo. Quiero lo de antes.

—La medida no se lo da.

—Por eso se lo pido a usted y no a la medida.

Se queda mirando el monitor torcido. Lo endereza con un dedo, con cuidado, y lo deja recto.

—El archivo, no —dice—. Pero puede solicitar un pase para mañana, por la pista forestal que sale detrás del lavadero y llega al antiguo paso. Por ahí se fue su semirremolque en septiembre. Si quiere buscar, empiece por donde pasó.

—¿Por qué?

—Porque esa pista está abierta para un coche particular y la medida permite registrar una ruta con su vuelta. Si me lo hubiera pedido ayer, le habría dicho lo mismo. Pídalo usted, para que conste.

—Quiero un pase a la pista forestal y al antiguo paso. Salgo al amanecer y vuelvo antes de las cinco.

Pone su clave. El pase sale con mi nombre, la pista forestal y el antiguo paso como ruta, y la vuelta a las 17:00. Lo arranca, lo pasa por la fotocopiadora y me da el original.

Lo doblo en dos y lo guardo con la cartera.

La medida no la obliga a enseñarme sus carpetas ni a ofrecerme otra salida.

Pero el pase lo he pedido yo, con una ruta y una hora que quedan en el registro.

Si mañana no vuelvo a las cinco, lo pagaré igual que cualquier otro día.

Lo que ha pasado esta noche no cambia esa cifra.