Capítulo 4
La hermana
Sandro me espera el domingo por la mañana en la cabina de su camión, con el motor parado y el grupo de frío en marcha. Subo por el lado del acompañante y cierro la puerta para que no entre el viento. Huele a café de máquina y a pescado que no ha salido.
—Lo que me dijiste —dice—. Fui a mirarlo ayer, cuando te fuiste al pueblo.
—¿Te vio?
—Me vio la cámara. Ella no sé. —Se frota la cara—. Códigos no hay a la vista, jefe. Hay una placa encima del teclado con las cinco casas y una fecha al lado de cada una. Los cambió todos el primero de octubre. El anterior cambio fue el primero de julio, y antes el primero de abril.
—Cada trimestre.
—Lo pone la placa, en pequeño, debajo: «Vigencia trimestral». Cuatro cifras por casa.
De modo que el código que abrió esta barrera el diecinueve de septiembre era el del verano.
Lo emitió el nodo el primero de julio. Llegó a mi casa en un sobre cerrado.
De ese sobre solo salieron dos copias, la mía y la de Pavel.
Los chóferes recibían autorizaciones de paso ligadas a la matrícula, no esa clave para abrir de noche sin llamar a la garita.
Pavel reservaba las paradas y daba la matrícula a la estación.
La tercera copia la guarda quien lo emite.
—Entonces lo tenían tres —dice Sandro, que ha llegado a la misma cuenta.
—Lo tenían Pavel, el nodo y yo.
—¿Y el nodo no…?
—El nodo no se quema a sí mismo. Si la estación deja entrar a unos ladrones con un código suyo, la mesa le quita la neutralidad al día siguiente. Nadie que viva de esa neutralidad hace eso.
Sandro asiente. No se lo cree del todo, y yo tampoco se lo digo para que se lo crea. Se lo digo porque es lo mismo que me dije hace tres meses, y entonces lo di por bueno.
Antes de comer entran otros tres frigoríficos con el nombre de mi casa en las puertas.
Vienen de Koper y no pueden subir el puerto con esta bora, así que la estación es lo más cerca que tienen para enchufar.
Ada sale a la barrera a registrarlos con el abrigo cerrado y la capucha puesta.
No les da pase de salida; les busca sitio.
A mediodía llega otro. Con el de Sandro ya son cinco camiones míos enchufados, todos cargados, todos esperando a que ella firme.
* * *
La hermana llega a la una en el autobús de Sežana, que para en el cruce de la carretera nueva. Sube andando los trescientos metros con una cazuela envuelta en un trapo contra el pecho. La veo desde la ventana del dormitorio, doblada por la bora, sin guantes.
Sé quién es antes de que entre. En julio firmé una petición en la que su nombre salía tres veces: Dora Barta, titular del aval de neutralidad del nodo del Carso, ciento cuarenta mil euros. No la había visto nunca. Tiene la misma cara que su hermana con cinco años menos y el pelo más corto.
La cocina de la estación es la de los chóferes: una mesa larga de formica, un fogón de cuatro fuegos, una nevera con los nombres de las empresas escritos con rotulador en las baldas y una ventana empañada que da a las duchas.
Es común. Ada no manda sobre dónde como yo, y lo sabe: cuando entro con mi taza, no me dice que me vaya.
Está sentada al fondo de la mesa con una carpeta abierta, sellando copias. Es domingo y los domingos, por lo visto, pone el sello de «copia conforme» a las fotocopias de la semana. Dora destapa la cazuela en el fogón. Huele a col agria y a judías.
—Jota —dice Dora, a nadie en particular—. La hacía la abuela los domingos. He hecho para cuatro porque nunca sé cuánta gente hay aquí.
Después me mira. No me pregunta quién soy. Lo sabe, o lo intuye, y decide que no va a ser ella la que lo diga primero.
—Usted es el señor Zorin.
—Lo soy.
—Hay plato. Si quiere.
Ada sigue con la carpeta, pero el sello se queda quieto en el aire un momento antes de bajar.
—Se lo agradezco —digo.
Me siento a un extremo de la mesa. Dora sirve tres platos y se sienta en medio, entre los dos, sin elegirlo. Come con hambre, soplando la cuchara. Ada aparta la carpeta lo justo para que quepa el plato y sigue sellando con la izquierda.
—Ada me ha dicho que con la bora no sube nadie —dice Dora—. Pero el autobús ha venido lleno. Gente de Opicina que vuelve de ver a la familia.
—El autobús va por abajo —dice Ada—. Lo que no sube son los vacíos.
Comemos un rato sin hablar. La sopa está buena y se lo digo. Dora se ríe con la boca llena.
—Mi hermana no me lo ha dicho nunca. Cree que es demasiado ácida.
—Te pasas con la col —dice Ada.
—Pues por eso está buena.
Le pregunto por su trabajo. Lo pregunto para hablar de otra cosa que no sea el aval, que está sentado en la mesa con nosotros aunque nadie lo mire.
—Llevo expedientes —dice Dora—. Cartas de porte, aduanas, reclamaciones a las navieras. Lo mismo que hace Ada, pero en una oficina, con calefacción y sin tener que salir a la báscula con el abrigo. Es una agencia de transportes de Sežana. Kranjc.
El sello de Ada golpea la copia dos veces seguidas en el mismo sitio, más fuerte que las anteriores. La tinta se corre por el borde. Ella aparta la hoja y coge otra sin mirarme.
—¿Kranjc? —pregunto.
—Tomaž Kranjc. Lleva el despacho con su mujer y con dos chicas más. Es el único que me dio trabajo después del verano. —Dora deja la cuchara—. Yo antes estaba en la gestoría de Opicina, pero cerraron en julio, y en julio yo no tenía ni dónde vivir.
No explica por qué no tenía dónde vivir. Delante de mí no lo va a explicar. Rebaña el plato con pan y se levanta a llevarlo al fregadero.
Yo no sé quién es Kranjc. En junio no quise saber de quién era la carga que mis hombres metieron en un apartadero. Saberlo me habría obligado a hacer otra cosa con ella. Me quedé con el peso y con el ticket. El nombre del cliente se lo dejé a los chóferes.
Miro a Ada. Sigue sellando. Las copias de la semana se apilan a su derecha, cuadradas contra el borde de la carpeta. La última tiene el sello torcido y ella la deja así, torcida, encima de las demás.
* * *
Dora se va a las cuatro para coger el autobús de vuelta. Ada la acompaña hasta la barrera, y yo salgo a fumar a la explanada para no tener que fingir que no las miro desde la cocina. El viento me trae trozos de lo que dicen.
—El ocho de enero cae en viernes —le dice Dora a su hermana, con la cazuela vacía bajo el brazo—. Si para entonces no ha cambiado nada, me buscas una habitación con cocina. Sin cocina no aguanto otro invierno.
Ada le contesta y el viento se lo lleva. Dora le da un beso en la mejilla, se mete la cazuela bajo el abrigo y baja por la carretera vieja hacia el cruce. Ada se queda en la barrera hasta que la pierde de vista.
El ocho de enero. La liquidación de su aval a favor de mi casa. Lo pedí yo, con mi firma, y hoy me ha servido la sopa.
Me vibra el teléfono en el bolsillo. Es mi tío.
—El de Udine ha llamado —dice—. Si el lunes no tiene el pescado, se lo compra a los de Rijeka y no vuelve a llamarnos. Y en Koper hay otro cliente con tres camiones de carne parados en tu estación. Quieren su carga fuera. Por donde sea.
—Por donde sea no hay. Hay barrera.
—Hay una pista forestal detrás de esa estación que lleva al antiguo paso. La conoce cualquiera que haya cargado ahí.
—Si un camión de la casa sale por la pista sin pase, es fuga, y la fuga me la cargan a mí. Pierdo la participación y la participación paga la reclamación de esa mujer. Lo pone en la orden, en la primera hoja.
—Tu participación es tuya, Roman. Los clientes son de la casa.
Lo dice tranquilo, y al otro lado se oye el mechero. Me quedo con el teléfono contra la oreja mirando la fila de las tomas, mis cinco frigoríficos y el sexto que acaba de entrar.
—Ningún camión sale de aquí sin pase —le digo—. Si alguno lo intenta, me entero yo antes que tú.
Cuelgo. Arkadi no me vuelve a llamar para discutirlo, y conozco a mi tío: cuando no discute es porque ya ha decidido.
* * *
Con las primeras farolas encendidas en la explanada, la radio de la garita da el aviso que llevaba dos días anunciando: bora de grado fuerte para la noche del lunes, rachas de ciento cincuenta en el altiplano, cortes de luz probables en todo el Carso.
Ada lo oye con la puerta abierta. Luego coge la linterna y sale a la explanada.
La sigo con los ojos desde el escalón del dormitorio.
Recorre la fila de las tomas de una en una y se agacha delante de cada enchufe.
Comprueba que el cable está bien asegurado y que la tapa estanca cierra.
Se para más rato en las de mis camiones.
Son seis frigoríficos con carga dentro, y la titular de la estación responde de lo que pase con ellos mientras estén enchufados a su corriente.
Al final de la fila, contra la tapia, está la caseta del generador.
Ada abre la puerta y la linterna alumbra un motor diésel verde.
Tiene el depósito picado de óxido y una etiqueta de revisión de hace tres años pegada con cinta americana.
Lo mira un buen rato. Cierra la puerta de la caseta con el pie, porque con el viento no cierra sola.
Mañana por la noche, si cae la línea, ese motor es lo único que mantiene frías seis cargas de mi casa. Están en la explanada de una mujer cuyo aval tengo cobrado en la caja del custodio.