Capítulo 3
Delante de sus hombres
El primer camión de Zorin sube a la báscula antes de que se haga del todo de día, con escarcha en los retrovisores y el grupo de frío zumbando.
La pantalla marca treinta y ocho mil doscientos kilos.
Resto la tara que el camión dejó apuntada ayer al entrar y me salen veinticuatro mil cien de carga.
Cuadra con lo que dice la carta de porte.
Lo que no cuadra está dos líneas más abajo.
Mercancía: pescado congelado, en cajas, treinta y tres palés. Expedidor: una cooperativa de Rijeka. Titular de la carga: casa Zorin.
La casa Zorin no es dueña de treinta y tres palés de pescado. Es la que los lleva. La carta de porte señala un destinatario en Udine, pero eso no demuestra que la mercancía ya sea suya. En la casilla del titular pone Zorin.
Salgo de la garita con los papeles del camión en la carpeta.
Sandro Vidali está apoyado en el estribo de la cabina, fumando.
Detrás, en la fila de las tomas, el chico de Monfalcone espera con el segundo camión en marcha.
Roman Zorin cruza la explanada desde el dormitorio con el abrigo puesto y se para a dos metros de mí.
Viene a pedir. Sus chóferes lo esperan sin hablar: se lo había anunciado.
—Buenos días, señora Barta. Dos frigoríficos para Udine. Necesito los dos pases de salida.
—Este no puede salir.
Sandro tira el cigarro a la gravilla. El chico baja la ventanilla para oír mejor.
—Aquí pone que la carga es de la casa Zorin —le digo a Roman, y le enseño la línea con el bolígrafo—.
La regla tercera del Pacto pide que en cada paso común se identifiquen el bien y su titular.
Ustedes transportan, pero no son los dueños.
El destinatario no basta: quiero un documento que acredite la titularidad.
Sin eso no hay pase, para Zorin ni para nadie.
—Es pescado de un cliente de siempre.
—Entonces no le costará enseñarme la factura de venta.
Sandro mira a Roman y después a mí, y otra vez a Roman. Espera que su jefe diga que no. Roman lo ve esperar. Durante un momento pienso que va a gritar, a mí o a Sandro, porque cualquiera de ellos gritaría en su propio patio.
No grita. Alarga el brazo hacia la carpeta.
—¿Me deja?
Le doy la carta de porte. La apoya en el capó y le pide a Sandro la factura de venta.
Sandro la saca del sobre de la cabina: lleva el sello de la cooperativa y dice que la mercancía pasó a ser de una empresa de Udine al cargarla en Rijeka.
Roman tacha «casa Zorin», copia en la casilla del titular el nombre y el número fiscal de la factura, y firma. Después se vuelve hacia Sandro.
—Anoche te dije con los papeles en regla.
—Jefe, la cooperativa siempre lo rellena así.
—La cooperativa no tiene que pedirle nada a nadie. Tú sí.
Me devuelve la carta y la factura. Las cotejo. El nombre y el número fiscal coinciden, y la venta acredita la titularidad. Y es tarde.
—Ahora sí tiene titular —le digo—. Vuelve a la cola. Primero va el que llegó con los papeles bien.
Sandro abre la boca. Roman le pone dos dedos en el hombro, nada más, y Sandro la cierra. Se sube a la cabina y retira el camión de la báscula marcha atrás, frenando a golpes por la escarcha, hasta dejarlo detrás del otro.
El segundo camión sube a la báscula. Treinta y seis mil ochocientos.
Su carta de porte trae el nombre de la empresa de Udine escrito a máquina, el mismo número fiscal, el expedidor y el sello de la cooperativa.
La factura de venta viene grapada detrás.
Alguien en Rijeka sabía hacerlo bien y alguien en Rijeka se lo ha dado a él y no a Sandro.
Comparo el precinto con la casilla. Abro el cajón, saco un precinto nuevo para la vuelta y se lo entrego. Firmo con mi clave.
La impresora saca el pase. Lo arranco y se lo tiendo por la ventanilla.
Tengo un pase de salida para un camión de Roman Zorin en los dedos, y lo único que tendría que hacer para no dárselo sería encontrar un motivo.
Hay motivos en cualquier carta de porte si se buscan con ganas.
Desde julio me he imaginado muchas veces esta escena con su cara delante. En ninguna se lo daba.
Se lo doy. El chico lo coge con cuidado de no rozarme y dice gracias en italiano y en esloveno. La barrera lee el pase, sube y lo deja salir.
Sandro no llega a pasar. Mientras el chico sale, a Roman le suena el teléfono. Contesta en ruso, cuelga en italiano y le dice a Sandro que desenganche: con el retraso, el de Udine ya no quiere su pescado hasta el lunes. El camión vuelve a su toma con el precinto puesto y sin pase.
* * *
A media mañana el viento afloja un poco y Furlan pesa los camiones de Bragin.
Yo me quedo dentro, con la fotocopiadora y el café de termo, y veo por el cristal cómo Sandro va y viene por la explanada dando patadas a la gravilla.
Su camión sigue cargado y precintado en la fila de las tomas, y no sale hasta el lunes.
Viene a la garita poco antes de comer. Llama al cristal con los nudillos aunque la puerta está abierta.
—¿Puedo bajar al pueblo? ¿O también necesito su permiso para comer?
—Usted puede ir a donde quiera. La medida es para los camiones de su casa y para su jefe. A usted no le afecta.
—¿Y si me llevo el camión?
—Entonces el camión necesita pase, y el pase lo firmo yo. Usted no, usted puede ir andando, en autobús o en el coche de un vecino que baje al pueblo. Yo no puedo retenerle a usted ni tocar lo que lleva dentro el remolque. Solo puedo no subir la barrera.
Se lo piensa. Le veo hacer la cuenta: bajar andando al pueblo con este viento, dos kilómetros por la carretera vieja.
—Pues entonces me quedo.
—Hay máquina de café junto a las duchas. Funciona si se le da un golpe a la derecha.
Roman entra en la garita cuando empieza a oscurecer. Trae el abrigo abrochado hasta arriba y las llaves del coche colgando de un dedo.
—Quiero un pase personal. Al pueblo. Tabaco y una llamada que quiero hacer sin tener a nadie escuchando detrás del tabique.
—¿Hora de vuelta?
—La que usted diga.
—Las nueve. Pasada esa hora, la impresora del custodio se pone a escribir.
—Las nueve, entonces.
Tecleo el pase con mi clave: Roman Zorin, vehículo particular, ruta: estación, pueblo, estación, vuelta 21:00.
La impresora lo saca y se lo doy. No lo mira.
Lo dobla en dos, se lo guarda en el bolsillo de dentro del abrigo y sale.
En la pantalla veo cómo la barrera lee el papel, sube y baja detrás del coche, que coge la curva del depósito y desaparece.
La estación se queda más grande cuando él no está.
Hago lo que hago todas las tardes. Imprimo el registro del día, entradas y salidas desde la medianoche, y lo fotocopio.
El original al archivo, en la carpeta de diciembre; la copia a la carpeta de la mesa de control, por si alguien me lo pide antes de que pueda bajar.
La secuencia sigue sin huecos desde junio.
Lo compruebo con la uña, número a número, hasta el último ticket, el del pase de Roman.
Cuando acabo con el registro, en el monitor de la barrera hay alguien.
Es Sandro. Está de pie junto al poste, al lado del cuadro donde el agente conectó ayer su aparato.
Junto al cuadro está el teclado de la barrera, bajo una tapa de metacrilato, y encima una placa con el nombre de cada casa y la fecha en que cambié su código.
No toca nada. Tiene las manos en los bolsillos del chaquetón y se inclina hacia la placa, lo justo para leerla.
Después mira hacia la cámara. No puede saber si estoy mirando yo, pero mira.
Se queda ahí mientras la luz del poste parpadea dos veces. Luego se va hacia las duchas, hacia la máquina de café.
La placa dice que los códigos los cambié el primero de octubre. El de septiembre era el anterior, y ya no abre nada. Me lo repito dos veces y no me sirve de mucho. Ningún chófer de Zorin tiene motivo para leer cuándo cambia sus códigos un nodo neutral, salvo que su jefe le haya dicho dónde mirar.
No bajo al archivo. Tampoco me acerco al armario.
* * *
Con la hora casi cumplida, los faros del coche suben por la carretera vieja. La barrera lee el pase, sube y la impresora saca la vuelta. La arranco: 20:58.
Él entra a dejar las llaves del coche en el gancho, donde se dejan las de los camiones. Trae el pelo revuelto por el viento y huele a tabaco recién encendido y a frío.
—Dos minutos —le digo.
—Me sobraban cinco. He esperado en la curva para no llegar antes de la cuenta.
—Volver antes no le cuesta nada. La máquina no le cobra los minutos.
—Prefiero no regalarle a la máquina más horas de las que me pide.
Deja las llaves. Va a salir, y en la puerta se vuelve.
—Esta mañana podía haber dejado a los dos en la cola hasta mañana —dice—. La carta del chico tenía el sello de la cooperativa un poco corrido, encima del número del precinto. Lo he visto yo desde dos metros. Usted lo ha visto desde más cerca.
No sé qué contestarle, y no quiero que se note. Me pongo a mirar el monitor de la explanada, donde el camión de Sandro sigue enchufado a su toma.
—El sello corrido no es motivo —le digo—. Si lo fuera, no saldría un camión de esta estación desde hace cuatro años.
—Lo sé. Lo he visto pasar tres veces esta mañana con los de Bragin.
Sale. Por el cristal lo veo cruzar la explanada hasta el dormitorio. Esta vez no toca el candado del archivo.
Me quedo con el ticket de las 20:58 entre los dedos, sin fotocopiar todavía. En cuatro años no había tenido nunca un ticket sin copiar más de un minuto.