Capítulo 2
Diez días
El agente de la unidad de ejecución llega a las ocho en una furgoneta sin rotular y aparca de culo contra la garita.
Es joven y trae una caja de herramientas y una carpeta con la orden, que no abre.
Se quita los guantes al entrar, saluda a Ada Barta por su apellido y a mí con un movimiento de barbilla.
—Los términos ya los tienen —dice—. Vengo a ponerlos en la máquina.
Desatornilla la tapa del cuadro de la barrera y conecta un aparato del tamaño de un libro. Ada se queda de pie junto a la fotocopiadora con los brazos cruzados. Yo me quedo en la puerta, porque dentro no cabemos los tres.
—A partir de ahora, los convoyes de Zorin y el coche del señor Zorin no pueden salir si la barrera no lee un pase —dice el agente sin volverse—.
Los coches de visita pueden entrar y salir con el código ordinario.
El pase lo imprime esta impresora y lo autoriza usted con su clave personal, señora Barta.
La de su operario no sirve. Si teclea él, la máquina se lo rechaza y lo apunta.
—Furlan no va a teclear nada —contesta ella.
—Me alegro. —Cierra la tapa—. Cada pase lleva hora de vuelta. Si a esa hora la barrera no ha leído la vuelta, sale un aviso por la otra impresora, la del custodio, y ese aviso no lo para nadie.
—¿Y si se va la luz? —pregunto.
El agente se vuelve y me mira de frente. Tiene una cicatriz pequeña encima de la ceja.
—La barrera tiene batería para dos días. Si se acaba, se queda abajo. Abajo no sale nadie, señor Zorin. Ni usted ni sus camiones.
Teclea en el aparato. La impresora suelta un pase de prueba con mi nombre, una ruta inventada y una hora de vuelta de hace diez minutos. Lo arranca, lo enseña a los dos y lo rompe en cuatro.
—Esto es todo —dice—. Lo demás ya lo sabe cada uno.
Se pone los guantes y se va. La furgoneta da la vuelta en la explanada con la bora empujándola de costado. La barrera la deja salir con su propio código y baja detrás. La impresora escupe el ticket de salida. Ada lo arranca y lo fotocopia antes de que la furgoneta llegue a la curva del depósito.
* * *
La habitación tiene una cama de hierro, un armario de chapa con las puertas desalineadas, una silla y un radiador que da calor por la mitad de abajo.
Huele a lejía y a tabaco viejo. En la pared, a la altura de la almohada, alguien ha dejado escritas con bolígrafo las matrículas de seis camiones y una fecha de 2009.
La ventana da a la explanada. A la izquierda, el edificio principal de la vieja aduana, con la garita en la esquina y una escalera exterior de hierro que sube a la planta alta.
Las ventanas de arriba tienen cortinas. Ahí vive ella.
Desde aquí veo su puerta y ella, desde arriba, verá la mía.
Yo duermo en el ala de los chóferes y ella en la casa, y la casa es suya.
Abro la bolsa encima de la cama. Debajo de las camisas está el sobre con la copia del cotejo que mi casa pidió el lunes: el dictamen de Natalia Kirsanova, el recuento de la medida contra Vedenin y las dos versiones del folio doce, una que dice tres casas y otra que dice cuatro.
Veinte hojas. Con ellas, mi tío podría pedir el jueves que anulen lo que han votado contra mí.
Ganar es otra cosa: el original que guarda el custodio también dice tres, y Natalia dejó escrito que no puede probar cuál se firmó.
Mi tío tendría que conseguir que las casas tomaran partido por una de las versiones.
Saco la cartera. Detrás de la tarjeta del seguro, doblado en cuatro, está el ticket.
Ya no se lee bien. El papel se ha vuelto blanco por los pliegues y las cifras son una sombra que solo entiende quien sabe lo que pone.
Yo lo sé. Lo imprimió esta báscula en junio: veintiún mil cuatrocientos kilos.
Lo que presenté en la mesa decía veinticuatro mil seiscientos, en un salvoconducto en blanco que mis hombres sacaron de esta estación y rellenaron ellos.
La copia de la estación no la tiene ella. La tengo yo, aquí, en la cartera, con la tarjeta del seguro.
Lo vuelvo a guardar. Suena el teléfono.
—Tres firmas —dice mi tío, sin saludar—. Bragin, Arseniev y Seregin. Seregin, Roman. En nueve años esa casa no ha firmado una medida. No firmó ni la de Vedenin, que le venía bien.
—Ya me lo leyó anoche el papel.
—El papel no te dice por qué. Te lo digo yo. Es por preguntar. Preguntamos en la mesa si había más copias del folio, pedimos el cotejo por escrito y a la semana tenemos encima una testigo que nadie conoce y a Seregin firmando.
—¿Quién es la testigo?
—Eso me gustaría saber a mí. —Le oigo encender un cigarro—. Tienes el cotejo. La medida corta una ruta común con tres votos. Si se lee el folio de Goran Marković, esa medida no ha existido nunca, y la estación de la Barta vuelve a ser una báscula en un monte.
—Y la reclamación de ella se queda sin instrumento.
—Esa reclamación es asunto suyo. —Hace una pausa—. No lo pidas todavía. El jueves hay mesa. Quiero ver quién se mueve antes, si Seregin manda a alguien a hablar con Bragin o si Arseniev se pone nervioso. Espera al jueves.
—No pienso pedirlo.
—Esperar no es no pedirlo.
—Para mí es lo mismo. Si espero al jueves, el jueves te voy a decir que no.
Mi tío se queda callado. Lo conozco lo bastante para saber que está contando.
—Hay otra cosa —dice al fin—. No vayas a Gorizia. Ya sé que te lo estás pensando. Pavel está donde está porque tú lo pusiste ahí. Si ahora apareces por la lavandería, en la casa van a querer saber por qué.
Cuelga antes de que le conteste.
Me siento en la cama sin soltar el teléfono.
Si pido la anulación, la medida cae y la reclamación de Ada Barta se queda sin nada que la sostenga.
Junio, en cambio, no se borra. La testigo sigue existiendo, diga lo que diga el folio.
Y la casa Zorin, que votó a Vedenin con tres sin preguntar, pasaría a ser la que pide anular con cuatro en cuanto le toca a ella.
Lo que me cuesta pedirlo lo puedo medir. Lo que me cuesta no pedirlo todavía no.
Meto el cotejo en el fondo de la bolsa, debajo de las camisas. La cartera me la quedo encima.
* * *
Ada está en la garita con el operario de día, un hombre mayor con jersey de cuello alto que pesa en ese momento un volquete de Bragin. Cuando entro, Furlan sale sin que nadie se lo pida.
—Quiero el registro de la noche del diecinueve de septiembre.
—Se lo dije anoche: eso está en la mesa desde septiembre.
—Lo que tiene la mesa me lo ha contado mi tío. Quiero verlo yo, y que me lo dé usted.
Abre un cajón de la mesa de control, no el archivo. La copia está ahí, dentro de una funda de plástico, preparada. Me la tiende sin levantarse.
El código de mi casa. Entró a las tres y doce y salió veintinueve minutos después. Un semirremolque, con la matrícula que yo mismo le di a Pavel para que la reservara.
—¿Cámaras?
—Se sobrescriben a los treinta días. En octubre ya no quedaba nada. Eso también está en lo que entregué.
—¿Y usted, esa noche?
—Dormía arriba. La barrera no me despierta cuando entra un código válido. Por eso se le da un código a cada casa.
La miro mientras lo dice. No se le mueve nada. Detrás de ella, en la pared, hay una estantería con carpetas de lomo negro, numeradas con rotulador blanco, y debajo una caja de papel de fotocopia sin abrir y otra empezada. La fotocopiadora sigue caliente desde la furgoneta del agente.
—Lo fotocopia todo —digo.
—Aquí el papel no dura. Usted lo sabrá mejor que nadie.
No contesto. Le devuelvo la funda. El código era mío y la entrada era válida, de modo que quien abrió esa barrera lo hizo con mi código. Los códigos de este trimestre los emite ella. Los de la casa los tenía Pavel. Eso ya lo pensé en septiembre, y en septiembre me pareció suficiente.
* * *
Me quedo en la explanada lo que queda de mañana, porque es lo único que la medida me deja hacer sin pedir nada. Desde la puerta del dormitorio veo trabajar a Ada Barta.
Sale a la báscula cada vez que entra un camión, con la carta de porte en una carpeta y el abrigo desabrochado. Lee el precinto del remolque número por número, y el chófer lo repite desde la cabina. Si no coinciden, no hay pase. A uno de Bragin le devuelve los papeles por la ventanilla.
—Aquí pone «material de construcción» —le dice—. Eso no es un bien, es una categoría. Quiero saber qué es y de quién es.
—Es lo de siempre, señora Barta.
—Pues escriba lo de siempre con su nombre. Le espero.
El chófer escribe apoyado en el volante. Ella lee, firma y le da el pase. El camión sale. Lo hace igual con el segundo y con el tercero, con la misma voz para todos, y no se le escapa un número.
He tenido a gente así en mi casa. A la mayoría la he perdido porque se cansaban de que yo no quisiera saber lo que ellos sabían.
A media tarde la bora arrecia y cierra el puerto de montaña para los camiones vacíos.
Por la carretera vieja bajan dos tractoras con semirremolques frigoríficos y el logotipo de mi casa en la puerta.
Vienen cargados desde Rijeka. Se paran en la barrera, la barrera no sube y los chóferes bajan a la garita.
Uno es Sandro Vidali. El otro, un chico de Monfalcone que entró en primavera.
Ada los registra, les da plaza para la noche en la fila de las tomas y les dice que el pase de salida lo pidan por la mañana, en persona, con la carta de porte en regla.
Al cruzar la explanada me ven. Sandro me saluda de lejos y viene hacia mí, con la cabeza metida en el cuello del chaquetón.
—Jefe. Nos han dicho en Rijeka que estabas aquí. ¿Es verdad lo de la orden?
—Hasta el domingo trece, a medianoche.
—¿Y mañana a qué hora salimos? El cliente de Udine quiere el pescado antes de las doce.
Miro por encima de su hombro. En la garita, detrás del cristal, Ada Barta fotocopia los dos tickets de entrada y los junta con los de la mañana. No mira hacia aquí. Sabe de sobra lo que le van a pedir.
—Mañana salís cuando os firme ella —le digo—. Y me lo vais a pedir delante de ella, los dos, con los papeles en regla.
Sandro se ríe porque cree que es una broma. El chico de Monfalcone no se ríe. Me mira a mí, mira la garita y se sube la cremallera del chaquetón hasta la barbilla.