SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2)
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Capítulo 1
Papel térmico
La impresora de la garita se pone en marcha pasadas las once.
La bora ya ha arrancado dos veces el cartel de la báscula, y las dos veces he salido a atarlo.
Es la impresora que comunica con la oficina del custodio.
En cuatro años ha sacado avisos de tasas, cambios de horario y una felicitación de Navidad que alguien mandó por error a todos los nodos.
Esta noche saca una tira larga que se riza al salir y cae hasta el suelo.
La recojo sin quitarme el abrigo. Leo el encabezamiento de pie, con la estufa a la espalda: «Medida cautelar de tránsito. Casa Zorin».
No sigo. Paso la tira por la fotocopiadora antes de leer la segunda línea, porque el papel térmico se borra.
A los seis meses una cifra es una sombra gris y al año no queda nada.
Lo aprendí mi primera primavera aquí, con un camión de Bragin y un ticket que ya no decía nada.
Desde entonces fotocopio cada ticket el mismo día en que sale.
Son cuatro años de carpetas en el archivo, numeradas por la secuencia de la impresora, sin un solo hueco salvo uno.
La copia sale caliente. Leo la orden con la copia a la izquierda y el original a la derecha.
Durante diez días, desde esta medianoche, ningún convoy de la casa Zorin podrá usar los pasos comunes del corredor sin un salvoconducto de la titular del nodo del Carso.
Lo expide ella en persona y no puede delegar su firma.
El fundamento es la declaración de una testigo registrada en la Casa de Actas.
Trae un número de registro y un nombre que no me dice nada.
Sostiene que la carga de junio se metió en los camiones de Zorin después de mi báscula, en un apartadero, y no antes.
Eso lo llevo diciendo yo desde julio, por escrito, en tres reclamaciones que nadie ha leído en la mesa. Ha bastado con que lo diga una desconocida.
Abajo, las firmas. Las cuento con el dedo: Arseniev, Bragin y Seregin. Zorin no vota porque la medida va contra su casa. La silla de Vedenin no firma. Tres.
En noviembre, los chóferes de Bragin hablaban en la cola de la báscula de una página del Pacto que existe dos veces.
En una hacen falta cuatro casas para tocar un recurso común; en la otra bastan tres.
Nadie sabe cuál es la buena, por lo visto, y la mesa sigue votando con tres.
Una ruta del corredor es un recurso común.
Esta orden me da lo que llevo cinco meses pidiendo.
La misma página que me la ha dado me la quita el día que alguien la ponga encima de la mesa.
La segunda hoja trae la cláusula que me hace sentarme.
Roman Zorin residirá en la estación mientras dure la medida.
No podrá salir sin un salvoconducto mío con ruta y hora de vuelta, y la barrera imprimirá cada salida y cada vuelta.
Si sale sin pase, si no vuelve a tiempo o si un convoy de su casa cruza un paso común sin mi firma, pierde su participación personal en el corredor.
Esa participación responde de mi reclamación.
Si yo dejo de dormir aquí o de expedir pases, la reclamación se cae.
Entonces la liquidación a favor de Zorin se hace firme el 8 de enero, y los ciento cuarenta mil de Dora no vuelven.
Debajo viene la letra pequeña que se repite en todas las medidas del Pacto: la medida no da nada sobre la persona del otro. Y una línea que alguien ha añadido para nosotros. La titular del nodo no está obligada a abrir su archivo, salvo los papeles de junio que se cotejen para la reclamación.
La leo dos veces. Junio, sí. Lo demás, no.
Cojo la linterna del gancho y salgo.
La bora me empuja contra la puerta de la garita antes de dejarme bajar el escalón.
En la explanada hay once semirremolques enchufados a las tomas, y el zumbido de los grupos de frío lo tapa todo menos el viento.
Camino hasta la fila del fondo, la que da a la pista forestal, y me paro delante de la plaza catorce.
Está vacía. Lleva vacía desde septiembre.
Ningún chófer quiere aparcar ahí y yo no les he dicho por qué.
En agosto la estación tenía sesenta días para reponer el aval de neutralidad o dejar de ser neutral.
El mínimo que exige el Pacto son sesenta mil euros.
Cuando compré esto, Dora puso ciento cuarenta mil: sus ahorros y lo que le dieron por el piso de la abuela en Opicina.
Quería que nunca nos quedáramos al descubierto.
En julio la mesa declaró ejecutable el aval de Dora a favor de Zorin, por un salvoconducto con mi sello que yo nunca firmé.
Los ciento cuarenta mil seguían en la caja del custodio, bloqueados hasta la liquidación, pero ya no contaban como garantía de neutralidad.
En agosto yo no tenía ese dinero. Tenía el código de barrera de la casa Zorin, porque los códigos los emito yo.
Y sabía que tendría la hora de la siguiente parada nocturna en cuanto la reservaran, porque las paradas se reservan conmigo.
En agosto vendí el código a Tomaž Kranjc, un transitario de Sežana, y le prometí la hora cuando la supiera.
En junio perdió tres mil doscientos kilos de carga y sabía a quién culpar.
Él pagó el aval. La estación volvió a ser neutral el primero de septiembre.
Le pasé la hora la víspera del robo. El diecinueve, de madrugada, sus hombres entraron por esta barrera con el código de Zorin y se llevaron el semirremolque de la plaza catorce.
Apago la linterna. No necesito luz para saber dónde está la plaza.
El archivo está en el ala baja, debajo del antiguo dormitorio de chóferes.
Enciendo el fluorescente, que tarda tres parpadeos en arrancar, y saco la carpeta del aval.
El resguardo de agosto está donde lo dejé, grapado a la solicitud: sesenta mil, ingresados en la caja del custodio por transferencia y, en la casilla del ordenante, a máquina, Kranjc Špedicija d.o.o.
Kranjc no quiso darme el dinero en mano.
Quería su nombre escrito en alguna parte.
Yo no tenía otra forma de ingresar esa cifra sin que la oficina preguntara de dónde salía.
En la carpeta de septiembre, el ticket de esa noche dice lo mismo que dijo cuando se lo entregué a la mesa: código Zorin, entrada 03:12, salida 03:41. Ese papel no me delata. Apunta a la casa de Zorin, que es adonde ha apuntado desde el principio. El que me delata es el otro.
Podría quemarlo en la estufa de la garita. No serviría de nada: la oficina del custodio tiene la otra copia, y un hueco en la carpeta del aval se vería más que el papel. Lo vuelvo a meter en su funda, en su sitio, y cierro el armario.
Cuando subo a la garita tengo una llamada perdida de Dora. La llamo.
—¿Te has quedado sin luz? —me pregunta—. Aquí se ha ido dos veces.
—Todavía no. ¿Aquí dónde?
—En la habitación. La casera me ha subido una estufa de aceite y me cobra la luz aparte. —Se ríe—. Tengo una noticia. Llevo unas semanas trabajando en una oficina, en Sežana. Expedientes de transporte. Lo tuyo, pero sentada.
—¿Qué oficina?
—Un transitario. Te lo cuento el domingo, que no lo quiero gafar. Me han hecho contrato, Ada. Hasta junio.
—Pues el domingo me lo cuentas todo, y me traes el contrato para que lo lea.
—Para eso no te lo traigo. Te traigo comida.
Le pregunto si ha cenado. Me cuenta que sí, pan con queso en la cama, porque la cocina es de la casera.
No le hablo de la orden que tengo debajo del codo ni de quién va a dormir esta noche en la estación.
Cuando cuelga, su dinero sigue en la caja del custodio a nombre de otro. Y ella sigue cenando en una cama.
Veinte minutos antes de medianoche aparecen unos faros en la carretera vieja.
Es un coche, no un camión. Toma la curva del depósito de sal con cuidado, se para delante de la barrera y deja el motor en marcha. En el monitor de la entrada veo a un hombre solo al volante. Lleva la ventanilla a medio bajar y la bora le mete escarcha en el coche. No toca el claxon. No se baja.
La medida empieza a medianoche. Hasta entonces, Roman Zorin es un hombre que llega de noche a una estación cerrada. Aquí la barrera no se abre de noche a nadie que no traiga reserva. Lo pone el cartel que la bora ha intentado arrancar dos veces. Me siento delante del monitor y lo dejo ahí.
Él tampoco se mueve. Apaga las luces largas y deja las de posición. Al cabo de diez minutos apaga el motor, y en la imagen se le ve el vaho contra el parabrisas.
A medianoche la barrera sube, porque la he programado para eso, e imprime su entrada: casa Zorin, sin carga, un vehículo, la hora en cifras. Arranco el ticket, lo fotocopio y dejo las dos cosas en la bandeja del día.
Por norma de la estación, todo el que entra de noche firma el libro de noche en la garita. Deja el coche junto al surtidor y viene andando contra el viento, con el abrigo abierto. Cuando entra, trae el frío de la carretera metido en la lana.
La garita tiene tres metros cuadrados. Caben una silla, la estufa, la mesa de control con los cuatro monitores y la fotocopiadora contra la pared.
Para que él llegue al libro tengo que echar la silla hacia atrás, y él tiene que pasar entre mi silla y la estufa.
La luz azul de los monitores le da en la cara.
Huele a lana mojada y a gasóleo. En la mesa del jueves, la única vez que lo había visto de cerca, me pareció más bajo.
Se inclina sobre el libro, firma y deja el bolígrafo en su sitio, paralelo al borde.
Tengo calor. Es la estufa, y es él a medio metro, y no me gusta ninguna de las dos cosas.
El cuerpo me responde por un hombre que le ha dejado a mi hermana una habitación con la luz cobrada aparte.
No le doy permiso para eso. Me levanto y me quedo de pie al otro lado de la mesa, con los monitores entre los dos.
—Señora Barta. —No me saluda—. Supongo que ha leído la orden antes que yo.
—La he leído y la he fotocopiado. Su habitación está en el dormitorio de chóferes, la primera de la derecha. Las duchas están al fondo del pasillo. Los pases se piden aquí, en persona, con ruta y hora de vuelta.
—Entonces ya sabe a qué vengo.
—Viene porque se lo manda la mesa.
—La mesa me manda dormir aquí. Para eso podía haber esperado a mañana.
—Mira el monitor de la explanada, el de la fila del fondo—.
En septiembre me sacaron un semirremolque de esa plaza, y quien se lo dio a los ladrones tenía mi código.
Me dan diez días dentro del sitio donde pasó.
No pienso pasarlos mirando la carretera.
—El registro de esa noche ya lo tiene la mesa. Se lo entregué yo.
—Quiero el suyo. El de su archivo, con lo que haya antes y lo que haya después.
—La medida no le da mi archivo.
—A usted le da la barrera, los pases y mi participación si me equivoco de hora. A mí no me da nada. Me la he leído en el coche, mientras usted me tenía esperando.
—Le da los papeles de junio, para que se coteje lo que usted presentó contra el aval de mi hermana. Esos los va a ver. El resto de la estación es mío.
Me mira por encima de los monitores y le aguanto la mirada. Veo a un hombre cansado que ha conducido desde Trieste con la bora de cara. Ha esperado media hora delante de una barrera que sabía que no iba a subir antes de tiempo.
—Junio, entonces —dice—. Empezaremos por junio, ya que usted lo tiene tan claro. Lo demás lo iré encontrando yo.
Coge la llave del gancho donde se la he dejado preparada y sale.
Lo sigo en el monitor del patio hasta la puerta del dormitorio.
Antes de entrar se para delante de la puerta de abajo, la del archivo, que tiene el mismo marco verde y un candado.
Le da una vuelta al candado con los dedos y lo suelta. Después entra.
Se enciende la luz de la primera ventana de la derecha, justo encima del armario donde guardo el resguardo con el nombre de Kranjc.