SIN SALVOCONDUCTO (Bajo Garantía 2) Capítulo 16
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Capítulo 16

Sin salvoconducto

Salgo de Trieste el domingo antes de que amanezca. No he dormido, y no por la carretera.

Lo de la estación lo sé por Pavel. El viernes pasó por allí con el primer convoy de la casa desde que lo repuse, tres frigoríficos de Koper hacia Graz.

Me llamó desde la báscula. La barrera le había leído el código y el operario de las mañanas le había pesado los tres.

En el cristal de la garita había una circular nueva del custodio, sujeta con celo: el nodo del Carso, neutral de nuevo, con un aval puesto sobre el edificio.

Me lo contó como cuenta él las cosas, sin adjetivos.

Al final añadió que la titular había salido a firmarle los salvoconductos en persona, y colgó antes de que le preguntara nada.

En la carretera vieja no hay nadie. El cielo empieza a abrirse por detrás del Carso, gris, sin color todavía. La curva del depósito, el cartel de la báscula, que alguien ha vuelto a clavar en su poste. La explanada tiene cuatro semirremolques de Bragin enchufados en las tomas, con sus luces verdes.

Paro el coche delante de la barrera, con el motor en marcha.

No hay medida que empiece a medianoche ni hora a la que tenga que esperar. Nuestro código abre esta barrera como abre la de cualquier nodo del corredor. Me bastaría con acercar el coche medio metro y la máquina subiría sola.

No lo acerco.

La luz de la garita está encendida. La puerta se abre y Ada sale con el abrigo echado por los hombros, sin abrochar, y se queda en el escalón. Me mira por el parabrisas. Bajo la ventanilla y el frío entra de golpe.

—¿Puedo entrar? —le pregunto.

No me contesta desde el escalón. Vuelve a meterse en la garita y la veo inclinarse sobre la mesa de control, por el cristal, y teclear con su clave. Se levanta la barrera. La impresora saca mi entrada.

Vuelve a salir con el ticket en los dedos.

—Deje el coche donde lo dejaba.

Lo dejo al lado del surtidor. Cuando vuelvo andando por la gravilla ella sigue en el escalón con el ticket, y no me lo da.

—Hay café hecho —dice—. Furlan vuelve mañana, y Dora sube a mediodía con comida. Hasta mediodía no viene nadie.

* * *

No me lleva a la cocina. Va delante de mí por la explanada hasta el ala baja, hasta la puerta de marco verde que hay debajo de la que fue mi ventana. El candado está puesto. Saca la llave del bolsillo del abrigo y lo abre, y se lo cuelga abierto en la armella.

—Esta es la que usted no tenía —dice.

Empuja la puerta. Dentro está oscuro y huele a papel, mucho papel junto, a tinta de tampón y a polvo seco. Enciende el fluorescente, que parpadea tres veces antes de quedarse fijo, y después lo apaga otra vez.

—Con esa luz no.

Hay una ventana alta y estrecha en la pared del fondo, a la altura del techo, y por ella entra lo poco que hay de día.

Gris. Suficiente para ver las estanterías de hierro llenas de carpetas de lomo negro hasta arriba, con su número en rotulador blanco, mes por mes, cuatro años de mes por mes.

Dos cajas de papel de fotocopia en el suelo.

Una mesa larga de madera en el centro, sin nada encima.

Una silla de oficina con el respaldo roto.

En el rincón, una estufa eléctrica de dos barras que Ada enciende con el pie, y que empieza a ponerse naranja con un zumbido.

—Aquí cotejo —dice—. Sobre este tablero. Puse aquí el de junio el miércoles de la semana que usted me lo dio, entre el de las siete y diez y el de las ocho menos cuarto.

Pasa la palma por la madera vacía.

—Esa de ahí es la carpeta del aval. —Señala una balda, a la altura de mis ojos—. Esa, la de septiembre. Esa, la de diciembre, con su ticket de las 20:58 dentro y los diez días suyos. Puede abrir la que quiera.

—No he venido a abrir carpetas.

—Que conste de todas formas que puede. Y que no se lo da nadie más que yo.

Se quita el abrigo de los hombros y lo deja caer en el suelo, sobre las cajas de papel. Debajo lleva el jersey gordo de las mañanas de báscula. Yo me quito el chaquetón y lo dejo encima del suyo.

Ella se sienta en el borde de la mesa de cotejo. No me lo pide, no me lo ordena: se sienta y espera, con las palmas apoyadas en la madera a los lados.

—Esta vez pídelo tú —dice—. Con palabras, que se te oiga.

—Quiero quedarme —le digo—. Hoy y después de hoy. Aquí no tengo nada que firmar ni nada que me obligue, y vengo sin saber si me ibas a subir la barrera. Quiero que me dejes tocarte, en este cuarto, sabiendo que me puedes decir que no sin que te pase nada.

Me acerca con las rodillas. Le cojo la cara con las dos palmas, abiertas, y la beso.

Es un beso largo y tranquilo, sin morder, con la estufa zumbando al fondo y el olor a papel alrededor, y lo que más oigo es nada: no hay generador, ni agua, ni bora contra la chapa.

Solo su respiración y la mía, y el roce de su jersey cuando se mueve.

Le saco el jersey. No lleva nada más, y se le pone la piel de gallina de golpe con el aire del archivo.

Le paso la boca por el cuello, por el hombro, por el pecho, y le chupo un pezón hasta que se le endurece contra mi lengua, y luego el otro.

Ella me desabrocha la camisa a tirones y me la abre, y me pega las palmas frías al pecho, y me río contra su piel.

—Estás helada.

—Pues caliéntame, que para eso has subido.

Me arrodillo a quitarle las botas, las dos, y los calcetines de lana, y le beso el empeine de un pie, que está frío, y ella me empuja la frente con el otro, riéndose.

Después le bajo los vaqueros y las bragas a la vez.

Ella se alza un poco del tablero para ayudarme y se queda sentada en la madera desnuda, con los talones colgando, y la madera cruje.

—Arriba. No te quiero ahí abajo hoy.

—¿Dónde me quieres?

—En la silla. —Señala la de oficina con la barbilla—. Siéntate tú.

Me siento. El respaldo roto cede un poco hacia atrás y la silla rueda un palmo sobre el suelo de cemento.

Ella baja de la mesa, me abre el cinturón, me baja el pantalón hasta las rodillas y me coge la polla.

La tengo dura desde que se ha sentado en la mesa de cotejo.

La mira con la cabeza ladeada a la luz gris, un momento largo, antes de hacer nada con ella.

Lo del condón lo arregla ella. No sé de dónde lo saca. Lo veo cuando ya me lo ha puesto.

Se sienta encima de mí, a horcajadas, de cara, con las rodillas a los lados de mis muslos y los pies apoyados en la base de la silla.

Se la mete ella, bajando poco a poco hasta que la tiene toda, y los dos soltamos el aire a la vez.

Se queda así, abrazada a mi cuello, con la frente apoyada en la mía.

—Ahora —le digo—, dime si me puedo mover.

—Muévete tú. Yo también. A ver quién manda.

No manda nadie. La silla rueda y se para contra la pata de la mesa, y se vuelve a soltar.

Ella sube y baja sobre mí apoyada en mis hombros, y yo le sujeto las caderas y empujo desde abajo cuando baja.

A veces se para ella y a veces me paro yo, y no avisa nadie.

La oigo respirar contra mi oreja. Me dice cosas, bajito: que tengo la cara de la noche del generador, que hoy no le importa que se la vea, que le gusta oír crujir la silla.

Le digo que en el cuarto de encima, con esta luz, me pasé diez noches pensando que la tenía debajo y que no podía bajar.

Se le escapa una risa con la boca abierta.

—Me tenías debajo, sí. Con todas mis carpetas.

La follo así un buen rato, sin acabar ninguno, oyendo la silla, la estufa y los dos. El cuarto huele a papel y a nosotros, y ya no tiene frío.

—En el suelo —dice al fin, contra mi boca—. Ahora tú encima. Quiero que pese.

Se levanta y me tira de la mano. En el suelo están los dos abrigos, uno encima del otro, sobre las cajas; los extiende con el pie y se tumba encima, de espaldas, con el pelo contra el cuello de mi chaquetón.

Me tumbo sobre ella. Me rodea con las piernas antes de que se la meta otra vez, y luego me la mete ella con la palma, y cuando entro me aprieta con los talones para que no me salga.

Ahora pesa. Le apoyo los antebrazos a los lados de la cabeza y la follo largo y hondo, con todo el cuerpo, y ella me sujeta por la espalda y me va diciendo más, y más abajo, y así.

Por encima de su cara, en la balda más baja, veo el lomo de una carpeta con el número de diciembre.

Ella me sigue la mirada, la ve también y se ríe, y se le aprieta todo por dentro al reírse.

—No mires el archivo. Mírame a mí.

La miro. Se corre así, mirándome, con las uñas en mi espalda y la boca abierta sin ruido, y tarda, y le dura, y yo sigo, porque me lo pide con las piernas.

Después me pide que me corra con ella mirándome.

Me corro dentro de ella, apretado contra ella, con la cara a un palmo de la suya, diciéndole cosas que no sé en qué idioma, y ella me sujeta la cabeza con las dos palmas para que no la aparte.

* * *

Nos quedamos sobre los abrigos con la estufa zumbando y la ventana alta, gris clara ya. No queda nada que apuntar. No se levanta ninguno a escribir la hora en ningún sitio.

—El lunes vuelve Furlan —dice ella al rato, con la cabeza en mi hombro—. Le debo catorce meses. Se los voy a ir pagando con lo que deje la estación, ahora que vuelve a pasar alguien.

—Pavel dice que el jueves vuelve a subir, con cuatro.

—¿Los sacas tú?

—Los saca él. Yo ya no saco convoyes. Voy a la mesa los jueves, detrás de mi tío, y el resto lo hace Pavel, que lo hace mejor.

—¿Qué dice la mesa?

—La mesa no ha preguntado nada. Mi tío dice que el de Arseniev pidió el viernes una copia de tu orden. Solo eso. Lo de la fecha de la testigo no lo ha sacado nadie.

Se queda callada. Lo apunta en algún sitio de dentro, con su fecha; se le nota en la boca.

—A mediodía viene Dora —dice—. Con la jota.

—¿Quieres que me vaya antes?

—Quiero que te sientes a comer con ella, y que te ponga plato, y que te diga lo que piense de ti. Lo que te diga se lo aguantas.

—El domingo de la jota me sirvió sin preguntarme nada. Hoy que me pregunte.

Se incorpora sobre un codo. Mete la mano en el bolsillo de su abrigo, debajo de mi hombro, saca un papel y lo deja sobre la mesa de cotejo, en el centro de la madera vacía.

Es el ticket de mi entrada de esta mañana. La tira de papel térmico con la fecha, nuestro código y la hora en cifras.

Lo leo desde el suelo, con la cabeza ladeada. Se lee bien, todavía. Las cifras están negras, recién salidas. La barrera ha guardado también la entrada en su registro electrónico.

—¿No lo fotocopias?

—Este no.

Se vuelve a tumbar contra mí y tira de la manga de su abrigo para taparnos los pies.

La fotocopiadora está a dos metros, apagada, con su tapa gris.

Ella no la mira. El ticket se queda en la mesa de cotejo, en la luz que entra por la ventana alta.

En primavera será una tira gris, y el invierno que viene no dirá nada, y en ninguna carpeta de este cuarto habrá una copia que diga cuándo entré.

Lo miro hasta que se me cierran los ojos.