Capítulo 54
J ake apuntaba con la pistola a la cabeza de Adil Hakim.
Tyler ató las manos del hombre con el rollo de celo que había encontrado en el escritorio y luego corrió hacia la ventana para descorrer las cortinas de golpe.
La luz entró a raudales, cegando a Jake.
Fue un ajuste brusco, pero bienvenido. Fuera, el sonido de un tren saliendo de la estación de Waterloo resonaba por todo el piso.
Tyler se acercó a Lucy y la ayudó a levantarse.
Ella se sintió aliviada al verlos; en cuanto estuvo de pie y terminó de frotarse las manos para recuperar la circulación, abrazó a Tyler.
—Bonito sitio tiene usted aquí —dijo Jake mientras Tyler se acercaba al tocadiscos y apagaba la música.
Jake se aventuró a echar un vistazo por la habitación.
A su izquierda había un sofá y un televisor.
En el alféizar de la ventana había un bonsái y, junto a él, un telescopio que apuntaba, supuso Jake, a New Scotland Yard y a las Casas del Parlamento.
En la esquina del fondo a la izquierda, cerca de donde habían tenido atada a Lucy, había un escritorio con tres monitores de ordenador.
El resto del piso era anodino y aburrido, salvo por una cosa.
El olor. Le habían advertido sobre el olor de los explosivos caseros, pero nunca lo había experimentado en todos sus años de servicio.
El aire estaba cargado de un hedor nauseabundo a productos químicos. Lejía. Y mucha.
—Sirve bien para mis necesidades —respondió Adil. Desplazó el peso de su cuerpo para apoyarse en un codo.
—Levántese, Adil Hakim, y siéntese en el sofá.
Adil se quedó donde estaba y se rió.
—¿Cree que saber mi nombre me intimidará? ¿Quiere que le felicite, detective? ¿Que le diga que ha hecho bien su trabajo?
La sangre de Jake bullía de furia. Se arrodilló, colocando la rodilla junto al hombro de Adil, y presionó la pequeña pistola contra el puente de su nariz, justo en el entrecejo.
La expresión de Adil permaneció impasible cuando el metal frío tocó su piel.
Su mueca y su sonrisa enseñando los dientes enfurecieron a Jake.
Le costó toda su fuerza y voluntad mantener al hombre con vida y no apretar el gatillo. Eso era algo que no le habían enseñado demasiado bien en el cuerpo: cómo no apretar el gatillo y descerrajarle un tiro en la cabeza a alguien, aunque se lo mereciera.
Primero las respuestas , pensó, necesito las respuestas primero.
Jake se puso en pie, agarró a Adil por la camisa y lo lanzó al sofá. En un arrebato de rabia ciega, Jake le propinó un puñetazo en la cara. Se sintió bien al notar cómo los huesos del hombre se aplastaban bajo la fuerza de su puño. La sangre brotó de la nariz de Adil y se le acumuló en la boca.
Adil sonrió, con los dientes teñidos de un rojo carmesí.
—No pensaba que la brutalidad policial fuera lo suyo, Jake —dijo Adil.
—Hay mucho que no sabes sobre mí, Adil. Y así seguirá siendo. Porque adonde vas, no volverás a ver la luz del día. Ahora dime lo que necesitamos saber.
Adil vaciló antes de responder: —Pedid y se os dará.