Sin Salida (DC Jake Tanner 16) Capítulo 53
81%

Capítulo 53

E l pelo del niño se sentía suave bajo los dedos de Moshat, y le recordaba al suyo propio cuando era pequeño.

El chico tenía pinta de surfista. Con el pelo rubio y largo que le cubría las orejas y le llegaba hasta la nuca, Moshat lo imaginó en el futuro, plantado delante de las cámaras en países exóticos, con una tabla de surf bajo el brazo, cobrando una buena pasta por cabalgar unas cuantas olas.

El chaval tenía por delante un futuro único.

Moshat sintió envidia.

Pero no podía permitirse que sus pensamientos divagaran demasiado.

Todavía quedaba mucho por hacer. Quedaba una hora en el temporizador y tenía decisiones que tomar.

Ya había mandado al padre y a la madre del niño al otro extremo del tren, donde podía relacionarse con el crío sin que los padres —o nadie más— interfirieran.

No le pasaría nada al niño mientras no provocaran a Moshat. El niño era valioso, Moshat lo sabía. Solo necesitaba que los demás entendieran hasta qué punto lo era. Si no lo hacían, aquello acabaría mal para todos.

En cuanto los padres desaparecieron de su vista, el niño se fijó en el cadáver que yacía a su lado en el suelo, con la mirada clavada en el charco de sangre alrededor de la cabeza de Martha.

Moshat volvió a despeinarle el pelo, dejándolo correr entre los dedos.

—¿Cómo te llamas? —preguntó.

El niño alzó la vista hacia él. Moshat se perdió en sus ojos azules, infantiles y efímeros.

—Ryan.

—Es un nombre muy bonito. No tendrás miedo, ¿verdad, Ryan?

—No. Solo estoy triste —el niño bajó la mirada al regazo.

—¿Y por qué estás triste, Ryan?

—Porque no quiero que mamá y papá se mueran —se le llenaron los ojos de lágrimas.

En un arrebato espontáneo de compasión, Moshat atrajo al niño contra su pecho.

—Tranquilo, Ryan. Sé cómo te sientes. Te voy a contar un secretito —Moshat se inclinó hacia el rostro del pequeño—.

Nunca deberías temer a la muerte en sí. Es inevitable.

Es algo que ninguno de nosotros puede detener.

Podemos retrasarla, pero no podemos eliminar toda posibilidad de que ocurra.

Lo que deberías temer, en cambio, es la causa de la muerte.

Ryan apartó la mirada de Moshat y sus ojos se posaron en la pistola sobre la mesa. Moshat agarró el arma antes de que el niño pudiera hacerlo.

—No, no. Eso no es para ti. Todavía está un poco caliente de cuando le he pegado un tiro a esa señora de ahí en el suelo.

El niño no dijo nada y retiró lentamente la mano hasta el regazo.

—¿Por qué la has matado? —preguntó Ryan, con voz inocente. En muchos aspectos le recordaba a sí mismo de pequeño. Curioso. Atento. Valiente.

—Porque hizo algo malo hace mucho tiempo, Ryan. Por eso.

—¿Y por qué eso quiere decir que tenía que morirse?

—Porque hizo algo malo.

—Eso no significa que tuviera que morirse. La gente se equivoca todo el rato, y entonces les pillan, y entonces van a la cárcel.

—Bueno, verás... —vaciló Moshat—. Esta señora no fue a la cárcel. Hizo algo muy malo y no fue a la cárcel por ello. Representaba una injusticia, y a nadie parecía importarle.

—¿Y tú qué? —Ryan volvió a mirarle a los ojos. Aquellos ojos profundos, efervescentes—. ¿Qué te va a pasar a ti? Has matado a alguien. ¿Eso quiere decir que alguien va a matarte a ti?

Moshat sonrió.

—Quizá algún día, pero no de la misma manera que esto. Verás, la diferencia entre ella y yo es que luchamos por causas distintas. Eres demasiado pequeño para entenderlo ahora, pero lo entenderás cuando seas mayor.

—¿Entonces eso quiere decir que no vas a matar a más gente?

Moshat se quedó quieto. Descolocado. Estaba recibiendo una lección de un crío de preescolar y no sabía cómo reaccionar.

—No es tan fácil.

—Pero si ella era una mala persona... Bueno, ya has matado a la mala persona. ¿Por qué eso quiere decir que puedes matar a más gente? ¿No te convierte eso en una persona todavía más mala?

Moshat ignoró lo que había dicho Ryan. El niño le había confundido, le había plantado una semilla de duda en la cabeza, y aquella semilla no haría más que crecer cuanto más le dejara hablar.

—¿Quieres que te cuente otra cosa? —preguntó Moshat, reconduciendo la conversación.

El niño guardó silencio un momento antes de dejar que la curiosidad pudiera con él.

—Vale —dijo por fin.

—Yo antes era como tú. Tenía unos padres que me querían muchísimo y, un día, desaparecieron, igual que han desaparecido ahora los tuyos.

Pero yo te he ahorrado el horror de ver cómo se mueren tus propios padres delante de ti...

por ahora —dijo Moshat. Al terminar la frase, el niño miró hacia la multitud con la desesperada esperanza de ver a su madre y a su padre—.

No te preocupes, pequeño amigo. No les pasará nada si todo lo demás sale según lo previsto, ¿vale?

Si los demás se limitan a hacer lo que se les dice, tú y tus padres volveréis a reuniros y podréis vivir juntos felices el resto de vuestra vida.

Verás cómo al final no soy un hombre tan malo y tan horrible, ¿a que no?

Ryan no respondió. En lugar de eso, señaló el detonador en la mano de Moshat y preguntó:

—¿Qué es eso?

—¿Esto? Esto es un detonador, ¿sabes lo que es?

El niño asintió lentamente.

—Muy bien. Pero este es un detonador especial. Este de aquí significa que explotará pase lo que pase. En cuanto suelte el interruptor, todo hará kaboom .

Los ojos del niño se desorbitaron mientras se quedaba mirando el aparato.

—¿Puedo tocarlo? —preguntó Ryan.

—Me temo que no, amigo. Sería demasiado peligroso —Moshat volvió a juguetear con el pelo del niño—. ¿Qué te parece si damos un paseo? Las piernas te tienen que doler después de estar tanto rato sentado y de pie, como en el cine.

Algo estaba pasando en la cabeza de Moshat. El niño empezaba a caerle bien y Moshat lo veía más como un compañero que como un simple medio para lograr un fin. Era un día de primeras veces para los dos, y Moshat notaba cómo se estaba creando un vínculo con el chaval.

—Vale —respondió Ryan. Su actitud había cambiado por completo; se volvió cada vez más reservado.

—Buen chico —dijo Moshat, haciendo un gesto para que el niño se levantara del asiento.

Moshat avanzó torpemente manteniendo la pistola y el detonador en la mano.

Se inclinó, cogió la mochila usando la boca del cañón y se la echó al hombro de un movimiento.

Era arriesgado, pero algo que había practicado muchas veces cuando se aburría.

Miró a Ryan, le sonrió y asintió para que el niño se pusiera en cabeza.

Ryan avanzó con cautela, evitando el cuerpo de Martha en el suelo.

Moshat se pegó a él por detrás, con la Glock apuntando a la cabeza del niño.

Moshat confiaba en que el niño no hiciera ninguna tontería; en quienes no confiaba era en los demás ocupantes del vagón.

Ambos avanzaron con cautela por el segundo vagón del tren. Moshat notó que Ryan tiraba hacia delante, ansioso por encontrar a su madre y a su padre. Eso no podía permitirlo.

—Bueno, atención, esto es lo que va a pasar —anunció—.

El chico y yo vamos a atravesar el vagón y vamos a volver a mi asiento anterior.

Si alguien intenta tan siquiera tocar al niño, le pegaré un tiro en la cabeza a él —señaló a Ryan mientras hablaba— y luego a ustedes.

Si alguien intenta tan siquiera tocarme a mí, le pegaré un tiro en la cabeza y luego a ustedes.

Si alguien intenta hacer cualquier cosa distinta de lo que yo les diga, le pegaré un tiro en la cabeza y luego a ustedes.

En mis manos tengo el detonador que hará estallar todos estos explosivos que hay a bordo y nos mandará al olvido.

Espero haberme explicado con claridad. No tendrán una segunda advertencia.

Sin necesidad de una segunda advertencia, todos a su alrededor se dispersaron. Algunos saltaron sobre asientos y mesas para apartarse del camino. Consumidos y paralizados por el miedo, todos se hicieron a un lado para que Moshat y Ryan pudieran dirigirse sin problemas al cuarto vagón.

—Ahora —dijo Moshat, esta vez alzando más la voz y vocalizando con claridad—, lo que quiero que haga el resto es que se vayan colocando en los asientos que queden detrás de mí.

Me da igual que no sean sus asientos originales, y a ustedes les va a dar igual también, porque como oiga la más mínima discusión o cualquier tontería sobre que alguien está sentado en el puto asiento de otro, le pegaré un tiro primero a él y luego a ustedes.

Cuando todo el mundo haya encontrado un asiento, esperaremos a que termine la cuenta atrás.

Entonces todos podrán volver a sus vidas estupendas, inútiles y patéticas.

Confío en que todo el mundo haya entendido —Moshat se detuvo—.

Y, cuando llegue el momento de que todos nos bajemos, bajo ningún concepto nadie avisará a las autoridades, que sin duda están ahí fuera, de mí .

Seguro que todos pueden imaginar lo que puede pasar si alguien decide ser así de estúpido.

Su vida está literalmente en sus manos, señores.

Hoy no hace falta que nadie sea un héroe.

Nada más terminar de hablar, cundió el pánico, y todos los que iban detrás de él salieron disparados hacia los vagones vacíos, ansiosos por alejarse de él todo lo posible.

Moshat se adentró más en el tren. Sonrió.

Había sido tan fácil. Estaba empezando a saborear el poder.

Se habían rendido a sus exigencias con tanta facilidad.

Habían creído que de verdad dispararía al niño sin pestañear.

La operación estaba llegando a su fin y casi podía saborear el aire fresco del exterior, la libertad y su parte de un millón de libras. Ahora solo tenía que esperar.

Buenos perritos , pensó Moshat al entrar en su cuarto vagón.

Por el camino, Moshat se había dado cuenta de que los padres de Ryan no aparecían por ninguna parte.

Pobre chaval. ¿Qué clase de padres están dispuestos a huir de su hijo si saben que así salvan su propio pellejo?

Madre y Padre nunca habrían hecho eso. Ellos habrían hecho el sacrificio definitivo.

Cuando él y Ryan se acomodaron, otros pasajeros fueron ocupando los asientos de alrededor.

Una familia joven, con un bebé en un brazo y un biberón en el otro, se sentó frente a él y a Ryan.

El hombre de la familia aún parecía un adolescente, con la cara cubierta de acné y cicatrices de viruelas.

Moshat intentó ignorarlos tanto a ellos como a su bebé llorón todo lo que pudo.

Lo único que tenía que hacer ahora era esperar, y sería libre para marcharse. Y Adil estaría esperándole cuando lo hiciera.

Cerró los ojos un momento y esbozó una sonrisa, como si estuviera dándole una calada a un cigarrillo tras años de abstinencia.

Pronto, hermano. Muy pronto.