Capítulo 47
L o bueno de infundir miedo a todo el mundo era que Moshat podía conseguir lo que quisiera sin que nadie le cuestionara nada. Nadie en aquel tren quería morir, y nadie quería interponerse en el camino de la única persona que tenía el poder de matarlos. Harían lo que se les ordenara.
Moshat estaba sentado allí con las manos cruzadas sobre la mesa, con los dedos entrelazados.
La pistola apuntaba directamente frente a él.
Al lado, en su otra mano extendida, estaba el detonador; su forma y contorno eran un poco desproporcionados, pero Moshat lo había movido de una manera que satisfacía sus hábitos compulsivos.
Del caos surgió el orden.
Todo el primer vagón del Heathrow Express estaba casi vacío.
Vacío a excepción del cadáver de Martha, desplomado en el suelo con la sangre brotando alrededor de su cabeza, y unos cuantos pasajeros al otro extremo del vagón.
Por fin tenía el control. Tanto el tren como las personas estaban a su disposición para manipularlos.
Mientras estaba sentado allí, se le ocurrió una idea.
Sacó el teléfono, abrió la cámara y le hizo dos fotos a Martha.
La primera era un plano general; la segunda era un primer plano, centrado en la bala en su cabeza y su expresión sin vida.
Las usaría más tarde.
Una vez que los gritos y llantos de las madres y los niños se hubieron calmado, sonrió.
El disparo había causado un pánico más allá de su propia comprensión.
Todos los que habían estado en el primer vagón con él se habían abierto paso a base de arañazos y puñetazos hacia los otros vagones.
Algunos se habían desmayado. Otros se habían quedado demasiado paralizados por el horror y el miedo como para hacer nada.
Esos eran los que se habían quedado. Eran sus próximos sujetos, y no había nada que ninguno pudiera hacer al respecto. No tenían adónde ir.
Moshat se dio cuenta de que todo había sido parte del gran plan de su hermano para él. El interruptor hacía que pareciera un terrorista suicida, listo y esperando para soltar la palanca y volar por los aires todo el Heathrow Express. Ese poder imponía respeto.
Moshat era intocable, la pesadilla recurrente que te mantiene despierto por la noche. Y por mucho que intentaras quitártelo de encima, por mucha terapia que recibieras, él siempre estaría ahí.
Pasaron unos minutos de nada absoluta.
Moshat giró la cabeza hacia la persona más cercana a él. Un hombre de mediana edad con la frente ancha y la barbilla pequeña, vestido con vaqueros y camiseta. Detrás de su pierna asomaba una carita, el rostro de un niño pequeño.
Moshat sonrió y le tendió la mano al niño.
—Ven aquí.
El padre escondió al niño tras sus piernas, ocultándolo de la vista.
Antes de que el niño quedara fuera de su alcance, Moshat movió la mano hacia la pistola.
Se oyó un grito ahogado colectivo de los espectadores.
El padre del niño se quedó clavado en el sitio, sujetando con fuerza el brazo de su hijo.
Moshat elogió la valentía del padre con una sonrisa perversa.
—Ven aquí —dijo Moshat al niño de nuevo, rompiendo el silencio. Ahora apuntaba con la pistola al padre y, con el dedo corazón de la otra mano, le hizo señas al niño para que se acercara, ya que el índice estaba envuelto alrededor del detonador.
—¡Jamás! —gritó el padre.
Moshat se rió para sus adentros, mirando hacia la mesa. Estúpido. Qué estúpido.
Durante el tiempo que estuvo sentado allí, estuvo calculando; calculando cada uno de sus movimientos y cualquier posible reacción, o acción, que pudiera seguirles.
—Tienes tres segundos para permitir que el niño venga aquí, o le dispararé a ella —Moshat asintió en dirección al hombro derecho del hombre.
Una morena alta, mucho más que el hombre, estaba de pie a su lado.
Llevaba un pañuelo suelto que le caía sobre los hombros y una camiseta ajustada. Moshat pensó que era guapa.
Al instante, la mujer se encogió tras los brazos del hombre, confirmando de inmediato las sospechas de Moshat de que eran familia.
Perfecto, pensó. El verdadero callejón sin salida.
Moshat la había elegido por una razón específica.
Su altura. Era el objetivo perfecto: más alta que todos los demás, lo que significaba que si fallaba —aunque nunca había fallado un tiro en su vida— no se arriesgaría a alcanzar a otro objetivo inútil y reducir tanto el impacto del disparo como la impresión que tenían de él.
Si veían que había fallado un tiro, ¿quién decía que no fallaría otro?
El derramamiento de sangre innecesario debía reducirse al mínimo. Todo lo que Moshat necesitaba era su baza.
—Uno...
La familia se agrupó y se escondió tras el padre. Para sorpresa de Moshat, nadie dio un paso al frente para protegerlos. Todos eran tan egoístas como el resto.
—Dos...
Los labios de Moshat temblaron mientras intentaba reprimir otra sonrisa.
No podía evitarlo. El hombre se enfrentaba a una decisión imposible.
Su mujer o su hijo. ¿A cuál sacrificaría?
Al ver al hombre decidir ante sus ojos, Moshat se sintió eufórico.
Si él hubiera estado en la misma situación, sabía la elección que tomaría.
—Tres...
—¡Vale! ¡Vale! —gritó el hombre—. Con una condición. El padre alargó la mano hacia el niño que tenía detrás y lo puso frente a sus piernas.
—¿Cuál es? —preguntó Moshat con calma.
—Que yo vaya con él. Las lágrimas bajaban por la cara del hombre y del niño.
—Es noble por tu parte, pero me temo que no puedo permitirlo.
—¿Por favor?
—Tú no dictas lo que pasa aquí. Yo soy el que manda. Si haces lo que te digo, puede que tu hijo viva. Mándalo aquí. No me obligues a contar de nuevo.
La reacción del hombre fue tal como Moshat sospechaba. Se agachó a la altura del niño, puso ambas manos en los hombros del pequeño y le dio un fuerte beso en la frente. El hombre sollozaba y el niño llamaba inocentemente a su padre; le suplicaba, de hecho, que no permitiera que aquello sucediera.
—Te lo prometo, Ryan. Te prometo que no te pasará nada. Papá no dejará que te pase nada en absoluto. Te lo prometo, ¿vale? Solo haz lo que dice el hombre y estarás bien. Te lo prometo —dijo, con los ojos anegados en lágrimas.
Ahora la madre se había unido a ellos en el suelo, llorando y sosteniendo a su hijo en brazos. Familias felices. Putas familias felices, pensó Moshat en un repentino arrebato de rabia. Al menos vosotros tenéis una puta familia. Su sonrisa desapareció y siguió mirando.
—Uno...
No hizo falta decírselo dos veces a la familia.
Los padres se pusieron de pie, se despidieron por última vez y acompañaron al niño hacia delante.
El hombre soltó al niño a unos metros de Moshat y dejó que el pequeño caminara solo.
Moshat se movió un asiento hacia un lado y abrió los brazos para que el niño se sentara.
—Bienvenido. Aquí estarás a salvo —dijo Moshat, rodeando al niño con el brazo—. No te haré daño.