Capítulo 33
D urante los últimos diez minutos, Tyler había estado inconsolable.
En su vívida imaginación aparecían imágenes de Mamadou en el hospital, encogido sobre el cuerpo sin vida de su madre.
¿Había otras posibilidades? No. Mamadou había desaparecido del teléfono y se había oído aquel pitido.
En cuanto Tyler lo escuchó, supo lo que significaba.
Ojalá hubiera podido estar allí para consolar a Mamadou, aunque fuera lo único que sabía que su jefe odiaría, pero con tal de estar presente...
—La presencia es fundamental en los momentos de necesidad—, le había dicho su abuelo una vez.
Tras la llamada telefónica, Tyler se había precipitado a los aseos, había cerrado de un portazo la puerta del cubículo y había vomitado.
Su mente estaba plagada de pensamientos intensos, pensamientos que no podía domar.
Una vez que las paredes de su estómago volvieron a su sitio, se sentó en la tapa del váter e hiperventiló.
Su exterior chulo y estoico era una fachada, un papel que había mantenido durante tanto tiempo que lo había adoptado como su verdadera personalidad.
Pero en el fondo, tras la bravuconería, había alguien sensible y emocional, alguien que había visto de lo que era capaz la gente tras la privacidad de las puertas cerradas.
La puerta del baño se abrió y golpeó contra la pared con tal fuerza que Tyler creyó que se había desprendido un azulejo.
—Detective Stuart, ¿está aquí? —Era Theo. El carácter entrañable del anciano hizo sonreír a Tyler.
Tyler saltó del sanitario y abrió la puerta.
—¡Theo, amigo! ¿Estás bien? —preguntó.
—Sí. Me han enviado a buscarle. Falta un cuarto para las cuatro. Quedan quince minutos para el límite de la entrega del rescate y todo el mundo pregunta por usted.
—¿Quiénes son «todo el mundo»? —Tyler se lavó las manos con jabón y se las secó utilizando el cuádruple de toallitas de papel de lo necesario.
—El detective Matthews, señor.
Tyler puso los ojos en blanco. —No sé a qué juega. Se está riendo de mí si cree que va a venir conmigo. Hay una razón por la que no va a conseguir un ascenso pronto.
—¿Ascenso? —preguntó Theodor, confuso por si ambos estaban hablando de lo mismo.
—No importa, Theo. Esa es una historia para otro día. —Tyler le dio una palmada en la espalda al anciano caballero y los dos salieron del baño.
Cuando volvieron a entrar en la oficina, Luke abordó a Tyler. Detrás de él estaba Susanna.
—¿Dónde te habías metido? Es hora de irse. Tenemos que entregar este rescate o a los dos se nos va a caer el pelo —gritó el detective Matthews. Estaba a escasos centímetros de la cara de Tyler.
—¿A los dos? Creo que te refieres al mío, detective. Ya no necesito que me cuides. Perdiste ese privilegio hace tiempo, cuando Frances no te pidió que nos acompañaras a Downing Street. —Tyler sonrió con suficiencia—. Oye, quizá debería haberme presentado yo para el ascenso.
Luke se burló. —Como si hubieras tenido alguna oportunidad. Ni siquiera sabes empuñar un arma correctamente, y mucho menos dispararla en la dirección adecuada.
El comentario mezquino hizo reír a Tyler. Era insolencia infantil en estado puro, pero no le importaba. No eran más que palabras. Y solo esperaba que Luke supiera encajar los golpes tan bien como los daba.
—Claro que sé, Luke. —Tyler metió la mano en el bolsillo del pecho, la sacó, imitó una pistola con los dedos pulgar e índice y, al «disparar», levantó el dedo corazón.
A Luke se le cayó el alma a los pies y el gesto de Tyler fue recibido con risas disimuladas a su alrededor. Incluso las comisuras de los labios de Susanna se elevaron, algo que Tyler pensó que nunca vería.
—Hay un coche esperándole abajo —dijo ella—. El conductor se llama Jeremy. Le dejará allí, pero no lo recogerá. Tendrá que buscarse la vida para volver.
—No puede ser tan difícil, ¿verdad? Es una carretera recta.
Susanna sonrió. Por desgracia, esta vez fue una sonrisa diferente, cargada de escarnio—. Se sorprendería.
—Usted manda.
Dedicando una sonrisa burlona a Luke, Tyler recogió el rescate y bajó las escaleras.
Al salir del edificio, vio un BMW serie 3 camuflado.
No era gran cosa, pero serviría. Tyler se acercó al vehículo.
De pie afuera, apoyado en el paso de rueda delantero derecho, había un hombre alto y flaco cuyo chaleco de seguridad le hacía parecer pesado de arriba, como si fuera a volcar ante el más mínimo aumento del viento.
—¿El detective Stuart? —preguntó el agente extendiendo la mano.
Tyler asintió y le devolvió el gesto. A pesar de que las muñecas del hombre no eran más gruesas que un tubo de papel de regalo, tenía un apretón descomunal, y Tyler sintió cómo sus tendones se aplastaban bajo la fuerza del agente.
—Soy el agente Davey. Seré el conductor.
Dicho esto, ambos subieron al vehículo y salieron disparados hacia Trafalgar Square, dejando tras de sí únicamente polvo y olor a goma quemada.
Tras tres minutos de zigzaguear entre el tráfico por ambos carriles, Tyler llegó.
Saltó del coche con el maletín en la mano y se dirigió hacia la National Gallery con el único pensamiento en la cabeza: Mamadou inclinado sobre el cuerpo muerto de su madre.
Iban a ser seis minutos muy largos.