Capítulo 34
L as cosas habían empeorado drásticamente desde la última vez que Moshat recibió noticias de su hermano. Martha había intensificado la vigilancia sobre él, y Moshat se sentía cada vez más preocupado con cada mirada que ella le lanzaba.
El ambiente era tenso. Hacía calor y la atmósfera estaba cargada; todos se habían quitado la ropa de abrigo.
Algunos hombres incluso iban con el torso al descubierto.
Las mujeres se abanicaban a sí mismas y a sus hijos con abanicos improvisados con periódicos y revistas.
La señora sentada a su lado sostenía uno.
De vez en cuando, una brisa fresca le rozaba la cara.
Todo el mundo hacía lo posible por refrescarse.
Todos menos él.
Moshat permanecía sentado en sus vaqueros y su jersey, con capas de sudor formándosele en la espalda y las piernas. El gorro había absorbido todo el sudor acumulado en el cuero cabelludo, pero a esas alturas el picor se había vuelto insoportable. Se movía inquieto.
—¿Por qué no se quita el jersey? —preguntó Martha, con voz firme y poco amigable—. Hace calor, y debe de estar sudando a chorros ahí debajo.
Moshat la miró y no dijo nada. Se limitó a dedicarle una sonrisa.
No sabía cómo reaccionar ante ella. Por un momento, pensó en fingir que era extranjero, utilizar otro acento o idioma que le evitara tener que conversar con nadie.
Pero entonces se dio cuenta de que no hablaba ningún otro idioma.
Aquello había sido un lastre en su vida.
Adil sabía hablar cantonés y latín; los había aprendido por exigencia académica en Cambridge.
Pero Moshat... Moshat no sabía ninguno, nunca había tenido la capacidad intelectual necesaria.
Había sido un fracaso en casi todos los ámbitos académicos y solo había sacado adelante su carrera de ingeniería porque Adil le había hecho todos los exámenes y trabajos.
Si no hubiera sido por Adil, toda la operación no existiría.
En lo único que Moshat había destacado en su vida era en el fútbol.
E incluso aquello no salió bien.
Moshat reflexionaba sobre ello mientras miraba fijamente a Martha. Le invadió un repentino brote de depresión. Su presencia no alteraba en nada el desenlace del plan. Tendría que cambiar eso.
No volvió en sí hasta que ella se repitió.
—Perdone, ¿qué ha dicho? Estaba pensando en mi familia —dijo él con la vaga esperanza de que ella se quedara con eso en lugar de volver a preguntar.
—¿Acaso no estamos todos igual, querido? —dijo ella. El alivio le envolvió y se relajó un poco—. ¿Tiene hijos?
—Sí. Una —dijo él. Martha le miró esperando más información—. Una niña pequeña.
—¿Qué edad tiene?
—Dos años —respondió Moshat, intentando dar los mínimos detalles posibles.
—¿Está en casa con su madre? —preguntó Martha, apoyando los codos en la mesa—. Perdone, no quiero ser entrometida, pero no veo que lleve anillo.
Moshat se miró el dedo anular y se lo frotó involuntariamente. Es buena , pensó Moshat, sintiéndose más seguro de sí mismo. Tan buena como el inspector Tanner, si no más.
—Sí, se han quedado en casa. Voy a verlas en avión. Es su cumpleaños este fin de semana. He pedido unos días libres en el trabajo para estar con ellas.
—Eso es maravilloso. Seguro que le hará mucha ilusión ver a su papá.
—¿Y usted? ¿Se va a algún sitio agradable?
—Sí —dijo ella—. Me voy a Estados Unidos.
Mentirosa .
—Qué bien. ¿Va a ver a la familia?
—No. Me voy simplemente para darme un capricho. No tengo familia.
Mentirosa .
—Me llamo Jason —mintió Moshat—. Encantado de conocerla.
—Yo soy Amanda.
Mentirosa .
Todo lo que ella acababa de contarle era mentira.
Su nombre real era Martha Clarke y tenía familia.
Mucha. Su marido había muerto recientemente debido a una enfermedad de larga duración, y tenía dos hijas —Elizabeth Jane Tanner e Isobel Clarke—, siete nietos y dos perros.
Estaba jubilada y vivía en un piso en el centro de Londres tras una carrera de gran éxito como ministra de Vivienda y Planificación que duró más de dos décadas.
El trabajo de Moshat había consistido en saberlo todo sobre ella.
La había estado vigilando durante las últimas semanas mientras Adil averiguaba todo lo que podía sobre su historial familiar en internet.
La conversación terminó. Moshat levantó la vista hacia la pantalla naranja que recorría el centro del tren. Ponía: T-MENOS 02:16:43.
Ahora se estaba empezando a emocionar. Adil estaría de camino a recoger el rescate de un millón de libras. Todo lo que tenía que hacer era cobrarlo, volver al piso y esperar a que Moshat regresara victorioso. Así de sencillo. Todo lo que Moshat tenía que hacer era sentarse y esperar.
Se recostó en el asiento y se cruzó de brazos.
Sus pensamientos se distrajeron con el picor de su cabeza.
No quería quitarse el gorro. La pérdida de pelo había sido una fuente constante de vergüenza en su vida, y solo tenía veintisiete años.
Empezó a perder el pelo cuando estaba en la academia del club de fútbol West Ham.
Los otros jugadores se lo tomaron bien, pero él seguía sintiéndose acomplejado.
Tanto es así, de hecho, que parte de su porción del rescate iría destinada a un trasplante capilar.
Tenía una lista de deseos con cosas particulares cuyos motivos solo él comprendería del todo.
Mientras estaba allí sentado rascándose la cabeza, contempló la posibilidad de quitarse el gorro de lana.
Pero entonces se oyó un fuerte estallido.
Todo el mundo se agachó y se escondió la cabeza entre las piernas.
Moshat se hundió en su asiento, tanto que su cabeza quedó a la misma altura que el marco de la ventana.
El ruido procedía del sistema de interfonía que había en la parte superior del vagón. Qué idiota , pensó Moshat.
—¡Buenas tardes, Heathrow Express! —dijo Adil, esta vez con su voz real.
No había ningún dispositivo que ocultara su identidad; les había permitido oír cómo sonaba de verdad.
A Moshat le costaba aceptar aquello. No formaba parte del plan.
Lo habían repasado una y otra vez, pero aquello no estaba en el guion.
¿Qué está haciendo? , pensó Moshat. Las cosas van bien, así que ¿quizá se está volviendo engreído? Cabrón. Se está cargando toda la operación.
—Traigo buenas noticias. Si recojo mi rescate en los próximos diez minutos, tendréis más posibilidades de sobrevivir de las que tenéis ahora.
Mientras os comunico esto, voy de camino a reunirme con el gran inspector Jake Tanner.
Os complacerá saber que hoy no me meterá ninguna bala en la cabeza.
Quizá en otra ocasión. Pido disculpas si esto os decepciona.
Adil hizo una pausa. De fondo, Moshat oía motores de coches, sirenas y claxones.
¿Está caminando hacia el punto de entrega y retransmitiendo esto?
¿Se ha vuelto loco? , pensó Moshat. Le hervía la sangre y sus frustraciones se hacían evidentes.
Su hermano lo estaba estropeando todo por no ceñirse al plan.
El plan existía por algo, y el desprecio absoluto de Adil por cómo estaban progresando las cosas hizo que Moshat despreciara a su hermano.
Moshat se sentía inútil allí sentado, incapaz de cambiar lo que su hermano estaba haciendo. ¿Y si le pasaba algo? ¿Y si alguien descubría lo que hacía? ¿Y si lo estaban rastreando, vigilando? ¿Y si los ponía en evidencia a los dos?
—Como decía, si todo va bien, puede que viváis o no.
Aún no lo he decidido. Tengo demasiado donde elegir.
Hay otros dos trenes en situaciones similares a la vuestra.
A uno ya le han volado el último vagón, mientras que el otro se asfixia lentamente por el calor.
Y en cuanto a vosotros, habéis sido... bueno, un poco aburridos.
Pero también habéis cumplido, y eso lo respeto.
—Sin embargo, tenéis que tomar una decisión.
Escondido en algún lugar del octavo vagón de vuestro tren, encontraréis un detonador.
Ese pequeño dispositivo puede hacer volar uno de los otros trenes.
Es increíble, ¿verdad?, cómo la belleza de la vida puede ser arrebatada tan fácilmente con solo pulsar un botón.
La pregunta es: ¿seréis vosotros o ellos quienes mueran?
Si lográis encontrar el detonador y decidís entre vosotros que queréis pulsarlo, acabaréis con la vida de cientos, posiblemente miles de personas.
Pero si no os decidís para cuando termine la cuenta atrás, vuestras vidas serán las que corran peligro.
Es vuestra vida o la suya. Tenéis hasta que acabe la cuenta atrás para decidiros.
Adiós. —Adil colgó y dejó el tren sumido en un silencio ensordecedor.
Me cago en la puta , pensó Moshat. Qué cabrón.
¿Cómo has podido? Adil le había traicionado y había plantado el detonador en otro lugar del tren, desviándose del plan.
Ahora él y todos los demás a bordo tenían el poder de volar por los aires a los pasajeros de otro tren para obtener la inmunidad.
El plan original consistía en destruir el Gatwick Express, dejar en paz el tren con destino a Luton y permitir que él y todos los demás pasajeros del Heathrow Express quedaran libres, incluida Martha.
Entonces, ¿por qué Adil amenazaba ahora la vida de Moshat al final de la cuenta atrás?
¿De verdad iba a detonar el tren al terminar las seis horas?
¿Cómo había podido Adil traicionarlo así?
Me cago en la puta , repitió Moshat varias veces. Él y todos los que le rodeaban entraron en pánico. El sudor empezó a resbalarle por el lado de la cara.
Todos en su vagón saltaron de sus asientos y se precipitaron hacia el octavo vagón.
Moshat estaba en el cuarto, en mitad del tren.
Cientos de cuerpos se interponían entre él y el detonador.
En menos de diez segundos se había formado un muro, todos apretujados unos contra otros como ganado que camina hacia el matadero.
Los estaban encerrando, y pronto se volvió claustrofóbico; Moshat sentía que le faltaba el aire.
Cientos de miedos le pasaban por la cabeza.
Tenía que mantener a salvo su mochila y el gorro puesto.
Tenía que localizar el detonador antes que nadie.
Tenía que asegurarse de no asfixiarse con aquel calor sofocante.
¿Cómo había podido su hermano hacerle esto?