Sin Salida (DC Jake Tanner 16) Capítulo 32
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Capítulo 32

L a parte más arriesgada de su operación siempre iba a ser la entrega del rescate.

Lo habían sabido desde el principio. Era el único momento real en el que Adil sería vulnerable, a la vista de todos.

Era la única vez que correría el riesgo de ser atrapado.

Durante meses, él y Moshat habían planeado cada eventualidad.

Habían observado y estudiado las tácticas del Mando Antiterrorista en ataques previos contra la ciudad y habían establecido la forma en que el mando respondería a su ataque, para poder planificar en consecuencia.

Siempre hay un plan para cada resultado, Adil. Solo tienes que buscarlo a fondo , le había dicho su mentor durante el entrenamiento.

Adil apagó su portátil y cogió el micrófono de su escritorio, metiéndolos en su mochila antes de abandonar la seguridad de su piso para adentrarse en el brillante y venenoso mundo exterior.

Llegaba tarde. Ese estúpido marisabidillo del detective Tanner lo había retrasado.

Lo de hacer explotar cosas había sido el último recurso.

No había querido apretar el gatillo, pero Jake Tanner había estado tentando a la suerte y esta casi se le había acabado.

Pero Adil tenía ganas de ver al hombre en carne y hueso.

¿Se vería aún mejor en la vida real? ¿Sería tan guapo como sugerían las fotos pixeladas del disco duro de su ordenador?

Mientras Adil bajaba los escalones de su bloque de pisos en el centro de Londres, la paranoia le recorría la mente. ¿Había dejado las cortinas cerradas? ¿Estaba apagado su equipo de música? ¿Alguien lo había visto salir? ¿Se había dejado algo?

Las cosas dentro de su cabeza estaban dando un giro, y no le gustaba. La siguiente parte de la operación iba a ser pan comido. Se aseguraría de ello. Él y Moshat habían trabajado demasiado tiempo y con demasiado esfuerzo como para que esto fuera una cagada.

No iba a dejar que su entrenamiento se desperdiciara. No quería decepcionar a sus padres. Y no quería que el Mando Antiterrorista se perdiera toda la diversión que les tenía preparada.

No quería dejar ganar al gobierno; había una deuda que todavía tenían que pagar.

Hacía tiempo que no veía la luz del día de verdad, y comprendía por qué había intentado mantenerse alejado de ella el mayor tiempo posible.

No era agorafobia; lo habían condicionado para pensar que estar a la intemperie era una fuente de debilidad, que cada uno de sus movimientos sería vigilado.

No te fíes de nadie, le habían dicho. Ni siquiera de los más cercanos a ti.

Y él había puesto ese consejo por encima de cualquier otro.

Adil pisó la acera. Sus pulsaciones aumentaron y sus ojos se movían rápidamente entre todos los que pasaban por su lado.

Estaba seguro de que alguien lo vigilaba.

Pegado a los laterales de los edificios y caminando a buen paso, mantenía la cabeza baja y el rostro protegido por los brazos, fingiendo jugar con su pelo o su frente; otra técnica que había aprendido durante el entrenamiento.

Durante años, grupos terroristas en la selva amazónica habían estado reclutando candidatos, trabajando en lo más profundo de la maleza, planeando y construyendo un futuro mejor y más igualitario.

Este programa de entrenamiento no era para aficionados; era para profesionales.

Tú no los encontrabas a ellos. Ellos te encontraban a ti.

Y cuando lo encontraron a él y a Moshat, se había sorprendido.

Su cuidador, el que los había acogido después de que sus padres perecieran en el incendio del bloque de torres, había sido uno de ellos.

Había estudiado sus movimientos durante semanas y les había tendido la mano para refugiarlos, alojarlos e, inevitablemente, entrenarlos.

En la escuela, Adil había destacado en todo lo relacionado con los ordenadores.

Pasaba las tardes castigado después de que lo pillaran pirateando los sistemas escolares y alterando los registros de asistencia para que pareciera que había estado en todas las clases, cuando en realidad se las había saltado con Moshat.

Después de que él y Moshat viajaran a Sudamérica la primera vez, Adil perfeccionó sus habilidades informáticas en la Universidad de Cambridge, donde recibió una beca.

Fue un buen gesto, admitía, pero nunca llenaría el enorme vacío que la muerte de sus padres dejó en su vida.

El gobierno podía enviar tantas becas como quisiera, pero eso nunca anularía el hecho de que ellos habían sido los responsables de la tragedia que se desencadenó aquella noche.

Tragedia aparte, habían sido catorce años emocionantes, y ahora aquí estaba, el cerebro detrás del peor ataque terrorista que Londres había visto jamás.

El pensamiento le hacía sentirse orgulloso.

Pero entonces la euforia disminuyó, la paranoia volvió a aparecer y Adil se volvió consciente de su claustrofóbico entorno.

Los rascacielos y los altos edificios de pisos se alzaban sobre él, encerrándolo en una caja de ladrillo y acero.

Se sabía la ruta de memoria; la había estudiado todos los días en internet y había trazado los pasos en su cabeza.

Adil intentó forzar a la inmensa claustrofobia a salir de su mente y pensar en algo positivo.

El primer pensamiento que le vino a la cabeza fue la cara de Jake y Tyler.

Los había visto a ambos en imágenes en su pantalla cuando vigilaba el CCTV en New Scotland Yard.

Había examinado sus movimientos corporales, sus gestos y sus interacciones entre ellos.

Nunca los había visto en persona y ahora era su oportunidad.

Sería un momento que no tendría precio, conservado para siempre en el encuadre de una imagen fija de CCTV.

Para siempre.

Para entonces, él ya se habría ido hace mucho tiempo, preparándose para la siguiente tarea. Había iniciado la guerra del terror tecnológico, y esta iba a cambiar el mundo. Ni siquiera Jake Tanner iba a interponerse en el camino de eso.