Capítulo 23
E l corazón de Jake latía a mil por hora mientras se abría paso con dificultad entre la muchedumbre que deambulaba por la estación de Liverpool Street.
La línea Central desde Oxford Circus se había retrasado diez minutos, lo que significaba que un trayecto de quince minutos se había alargado hasta los veinticinco.
Jake no sabía si se debía a un típico fallo de señalización de esos que tanto veía en las noticias o a que Frances y Transport for London habían comenzado las negociaciones.
Pero tenía la certeza de que, cuanto más tiempo permaneciera en el metro, más sospechas despertaría su errático comportamiento de que algo iba mal.
Y sabía que, en cuanto el primer ministro o el comisario de la Met dieran una rueda de prensa, se desataría la histeria y el metro se llenaría de forma catastrófica.
Era imperativo que mantuvieran la seguridad pública como prioridad absoluta de la operación, incluida la de los rehenes de los trenes.
El dolor en la pierna de Jake empeoraba con cada paso y el dolor de cabeza le nublaba la vista.
Sabía que estaba deshidratado y necesitaba un vaso de agua —algo, lo que fuera— para sentirse mejor.
Pero, debido al retraso, no podía permitirse paradas técnicas.
La carrera hasta The Gherkin desde Liverpool Street ya sería bastante dura en su baja forma física; sus lesiones no harían más que ralentizarlo aún más.
En cuanto su teléfono volvió a tener cobertura, vibró.
En la pantalla apareció una notificación avisándole de que tenía un mensaje de texto perdido de Tyler.
Jake lo abrió y observó la imagen que Tyler le había enviado.
Era la foto de un hombre con un gorro de lana sentado en la estación de Paddington.
Llevaba un jersey fino y cargaba con una bolsa.
No había nada extraño en el hombre de la imagen.
Para Jake, parecía cualquier otro desconocido caminando por la calle.
Aun así, grabó la imagen en su memoria. Acto seguido, la imagen desapareció.
Intentó actualizar la bandeja de entrada, pero no funcionó: la imagen se había ido.
Debía de haber sido borrada de alguna manera.
Entonces recordó los mensajes de texto que había recibido sobre el uso del teléfono y esperó que aquel no le hubiera costado una de sus vidas.
Jake se puso en marcha hacia The Gherkin.
A medida que se acercaba al rascacielos, su ritmo pasó a ser un trote lento.
Los peatones se le quedaban mirando al pasar.
Podía sentir sus miradas críticas clavándose en su piel con cada gesto de desagrado.
Sabía que resultaba desconcertante ver a un hombre adulto, vestido con camisa y pantalones, con la cara y las manos manchadas de hollín, sangre y escombros, esprintando por la calle como si huyera de algo.
Él habría pensado lo mismo si no fuera su deber detener a terroristas y criminales.
La sociedad se había vuelto tan temerosa y paranoica ante cualquier cosa sospechosa que se esforzaba al máximo por mantenerse alejada.
De ese modo, se consideraba mejor proteger los intereses individuales que la seguridad de todos.
El siglo XXI había sido cruel con la sociedad. El terrorismo estaba en su punto más alto, con el nivel de amenaza rozando lo crítico, lo que creaba un abismo en la forma en que la gente se comportaba y se trataba entre sí. El statu quo se había distorsionado.
Del orden surgía el caos. Y solo hacía falta una distorsión para provocarlo.
Jake tardó tres minutos en llegar a la base de The Gherkin.
Consultó su reloj. 13:58. Había llegado a tiempo, con apenas unos segundos de margen.
Concediéndose unos instantes de respiro, Jake dobló las rodillas, se agachó hacia el suelo, apoyó las yemas de los dedos en el hormigón para estabilizarse y respiró hondo.
Estaba agotado y cada músculo de su cuerpo que era susceptible de doler, le dolía.
—Date prisa —dijo Jake entre jadeos de agotamiento mientras consultaba su teléfono. Impaciente, empezó a caminar de un lado a otro frente a las puertas de la recepción de The Gherkin.
Un guardia de seguridad, vestido con un traje completamente negro y con un pinganillo cuyo cable le rodeaba el cuello, permanecía inmóvil en el exterior. Sus gruesos brazos y hombros abultaban bajo la tensión de su camisa. Jake sentía que el hombre lo observaba con recelo.
—Perdone, señor —dijo el hombre acercándose a Jake—. ¿Se ha perdido?
—No, no. Solo espero una llamada —explicó Jake, con la esperanza de que eso pusiera fin a la conversación.
Antes de que el guardia de seguridad pudiera continuar, el teléfono de Jake sonó.
—Qué casualidad —dijo el guardia.
No es casualidad , pensó Jake inspeccionando los alrededores. Me está vigilando. Puede ver y seguir cada uno de mis movimientos. Sabe con quién estoy hablando. Está jugando conmigo. Solo tengo que ser más listo que él.
—Dígame.
—Detective, me alegra que lo haya logrado, y en un tiempo récord, además. Aunque parece que está un poco fuera de forma. Un poco fofisano, si me permite decirlo.
—Me molesta, pero se lo perdonaré.
—Qué generoso.
—¿Y usted qué?
—¿Qué pasa conmigo?
—¿Está usted en buena forma?
—No creo que eso sea asunto suyo.
—Me lo tomaré como un no.
—Como quiera —dijo la voz. La estratagema de Jake para que hablara de sí mismo no había funcionado—. Sé lo que intentaba hacer, detective, y conmigo no funcionará todavía.
—¿Todavía? —preguntó Jake.
—Exacto, todo se revelará a su debido tiempo, mi querido Tanner. Solo tiene que ser paciente.
—La paciencia es una virtud, después de todo.
—¡En efecto lo es! Bien hecho, Jake. Está aprendiendo.
—Gracias... —Jake vaciló—. Lo siento, no tengo ningún nombre por el que llamarle.
La voz al otro lado soltó una risita. —¿Por qué no me llama por el nombre que quiera? Así no lo olvidará.
—Dudo mucho que olvide nada de lo que ocurra hoy.
—No obstante, le doy permiso para que me llame como prefiera. Sea todo lo creativo que considere oportuno.
Jake sonrió. Se acabó lo de ser el chico bueno.
—Está bien, carapijo, gracias por el cumplido.
Oh, no, espere. Un momento, ¿qué le parece gilipollas integral busca-atención?
¿Qué tal suena ese? —Jake rió por lo bajo al teléfono—.
No, espere. Ya lo tengo: ¿qué tal pedazo de mierda inútil que aún vive con su madre porque su padre lo abandonó de pequeño?
Creo que ese es el que más me gusta. No tiene un gancho increíble, pero es, definitivamente , memorable.
Se acabó el seguir las reglas. Se acabó el ceder a cada demanda sin represalias.
Jake sabía que podría haber empeorado toda la situación, pero era un riesgo que debía correr.
Quienquiera que estuviera detrás de esto era un egocéntrico —eso ya lo había observado— y Jake necesitaba bajarle los humos, apearlo del pedestal en el que estaba subido y darle una dosis de su propia medicina.
Jake sentía la adrenalina correr por sus venas mientras esperaba una respuesta.
Silencio. Silencio absoluto. Que te den a ti también , pensó Jake, dedicándole una peineta imaginaria a la persona al otro lado de la línea.
—Estoy a un tiro de piedra del río. Con el paso de los años, muchas de mis piedras han caído al agua y han sido testigos de nacimientos, muertes y matrimonios.
¿Qué soy? Diez minutos. Ah, y Jake... si vuelve a mencionar a mi madre y a mi padre de esa forma, me aseguraré de que su suegra —sí, exacto, está en el Heathrow Express— sea mutilada y herida hasta niveles sin precedentes.
Y no habrá nada que pueda hacer para evitarlo, así que le sugiero que me trate con un poco más de respeto y haga lo que se le ordena de una puta vez.
El otro interlocutor colgó antes de que Jake pudiera responder.
Aunque hubiera querido, no habría sabido qué decir. Las peores sospechas de Jake se habían confirmado. Al principio no había querido admitirlo, pero ahora sabía que Martha estaba en el Heathrow Express y que su vida corría aún más peligro que antes; no tenía elección. Tenía que salvarla.
Jake recordó mentalmente lo que su torturador le había dicho.
Y entonces, poco a poco, todo encajó. Al principio había pensado que se trataba de un trabajo de un solo hombre, pero después de lo que acababa de oír, estaba seguro de que había otro.
Otro terrorista estaba dentro del Heathrow Express, listo y a la espera para asaltar a Martha, para usarla como moneda de cambio con Jake y conseguir que hiciera lo que quisieran.
Pero ¿había alguien más? Jake no lo creía probable.
Desde el principio él había sido el elegido para participar, él había sido el objetivo del correo electrónico, luego de la llamada y ahora esto.
Era demasiada coincidencia. Si tenía razón, ¿qué clase de terroristas eran?
¿Cuál era su relación? ¿Cuál era su modus operandi?
Tendría que poner a Tyler a trabajar en ello de inmediato.
—Perdone, señor —dijo el guardia de seguridad, sacando a Jake de sus pensamientos—. Voy a tener que pedirle que abandone el recinto.
El hombre avanzó hacia Jake, le puso una mano firme en el bíceps, rodeándoselo por completo, y lo condujo hacia la acera.
—¡Espere, pare! —dijo Jake, sacando su placa. El hombre la inspeccionó y lo soltó en cuanto se dio cuenta de a quién —y a qué— se enfrentaba.
—Perdone, detective Tanner.
—No pasa nada. Pero puede que necesite su ayuda.
—¿Con qué?
Improvisando una mentira con rapidez, Jake dijo: —Verá, como preparación para mi despedida de soltero, unos compañeros de la oficina han escondido toda mi ropa en distintos puntos de la ciudad y me han dado pistas para encontrarlo todo.
Tengo diez minutos para encontrar la siguiente y, si no llego para entonces, me quedo sin ropa para el viaje.
—Jake hizo una pausa—. Volamos esta noche .
El guardia se rió, relajando la tensión. —Qué cabrones. Pero es una idea divertida. Ahora que lo dice, uno de mis amigos se casa pronto. Puede que convenza a los colegas para hacer lo mismo.
Por favor, no lo hagas , pensó Jake; si mi experiencia sirve de algo, lo va a pasar fatal.
Sonriendo, Jake añadió: —Sí, ya me lo dirá. Mire, no me queda mucho tiempo. —Se subió la manga para mostrar su reloj como un incentivo adicional para que el hombre se diera prisa.
—¿Qué pistas tiene?
—Estoy a un tiro de piedra del río y, con el paso de los años, mis piedras han visto nacimientos, muertes y matrimonios... y había algo sobre piedras que caían al río —explicó Jake, haciendo memoria lo mejor que pudo.
—Entonces buscamos un edificio de piedra que esté cerca del río —dijo el guardia, más bien preguntando por la respuesta que dándola él mismo. No eres el más espabilado del mundo, ¿verdad?
—Pero tiene que ser un edificio antiguo, ¿no? ¿Y uno que siga funcionando aunque se le sigan cayendo las piedras y pedazos?
—Cierto... —dijo el guardia.
—No importa, amigo —dijo Jake tras darse cuenta de que perdía el tiempo—.
Ya lo he sacado. Me tengo que ir, gracias de todos modos.
—Y echó a correr calle abajo, sin importarle si iba en la dirección correcta.
Mientras estuviera cerca del Támesis, tenía alguna remota posibilidad de ir por el buen camino.
Mientras corría, analizó las pistas con más profundidad. ¿Dónde había un edificio antiguo junto al Támesis, uno muy cerca de la orilla? ¿En qué parte de ese mismo edificio se habían producido nacimientos, muertes y matrimonios?
¿Qué clase de institución duraría tanto tiempo como para ver todas esas cosas?
Y entonces se dio cuenta. Había sido muy fácil una vez que se puso a pensar.
La monarquía inglesa, esa era la respuesta.
¿Y dónde se casaba, nacía y moría la monarquía inglesa? En la Torre de Londres.
Era tan hermosamente sencillo que Jake se maldijo por no haber caído antes. Decidido y dejando de lado el dolor, esprintó por las concurridas calles de Londres hacia la Torre de Londres, sintiendo cómo su cuerpo gritaba de dolor con cada cien metros que recorría.
Al llegar, solo esperaba no tener que entrar en la propia Torre.