Capítulo 24
I mpulsado por la rabia y la adrenalina que recorría su cuerpo, Jake corrió hacia la Torre de Londres. El corazón le latía con más fuerza y velocidad de lo que había hecho nunca en su vida. Su determinación por tener éxito era suficiente para disuadir cualquier pensamiento de fracaso.
Tenía una misión y no veía el momento de ponerle las manos encima al malnacido responsable de aquello.
Tardó cinco minutos en llegar a la Torre de Londres, tras haber agotado casi todas sus reservas de energía para llegar a tiempo.
Estaba sin aliento y tuvo que ponerse erguido, con las manos tras la cabeza y los brazos hacia fuera para volver a llenar sus pulmones.
Agotado y fatigado, sintió que la cabeza le daba vueltas y que la visión se le nublaba.
El nudo de la bilis le subió por la garganta desde el fondo del estómago; tragó saliva con fuerza para contenerlo.
La zona circundante estaba poco frecuentada.
A lo lejos, cerca de la estación de Tower Hill, Jake vio un pequeño puesto.
Los colores rojo, blanco y azul de la Union Jack inundaban el tenderete, despojándolo de cualquier individualidad.
Con la respiración ronca y jadeante, Jake compró una botella de agua y, en cuestión de segundos, se la terminó.
Compró otras dos y se bebió la primera de un trago, como si fuera líquido cayendo por una tubería.
Guardaría la segunda para más tarde. Suponiendo que no la perdiera.
El drástico esfuerzo físico, sumado a la temperatura de media tarde, hizo que sudara profusamente. Gotas de sal líquida le resbalaban por la cara hasta los ojos y la boca. El escozor era insignificante comparado con el dolor de la pierna, que empeoraba con cada bocanada de aire.
Solo hay una cantidad de entrenamiento y dolor que un hombre puede soportar antes de rendirse.
Pero él no iba a ser uno de esos hombres.
Jake caminó hasta un banco, se sentó y esperó las siguientes instrucciones. Y esperó. Y esperó.
Pasaron cinco minutos con él sentado impaciente en el banco de madera.
Movía la cabeza de izquierda a derecha, observando a todo aquel que pasaba por su lado, juzgando cada uno de sus movimientos, trazando perfiles en su mente.
Se había vuelto paranoico, temeroso, incapaz de confiar en nadie.
Al final, se impacientó y se arriesgó a hacer una llamada.
Jake desbloqueó el teléfono y marcó el número de Tyler, preparándose para hablar de forma rápida y coherente, para minimizar el tiempo de uso.
Tyler respondió al segundo tono.
—Tyler, no tengo mucho tiempo. No se supone que deba usar el teléfono y este es mi segundo aviso. ¡Cállate y deja que me explique! Estoy en la Torre de Londres. No sé adónde iré después, pero necesito que me escuches. Martha, mi suegra, está en uno de los trenes...
—¿Ya lo sabes con seguridad? —interrumpió Tyler.
—Sí. Me lo ha dicho el tipo por teléfono.
Ha dicho que si volvía a insultar a sus padres se aseguraría de que Martha sufriera daños.
Lo que significa que casi con total seguridad hay alguien en el Heathrow Express.
Tienen que estar sentados en un vagón similar al de ella; de lo contrario, no podrían atacarla y usarla como moneda de cambio.
—A menos que sea todo una estratagema.
—No, no lo creo. Parecía muy cabreado cuando he insultado a su familia, lo que me hace pensar que quienquiera que esté en el tren podría ser pariente de la persona que está detrás de todas las llamadas y los hackeos informáticos.
Creo que el tipo de la fotografía que me enviaste tiene algo que ver.
Sigue investigándolo y mira qué sale. Comprueba antecedentes familiares, amigos, parientes...
a quien sea, y encuentra una conexión. Además, antes de que cuelgue, si llama Elizabeth, dile que estoy a salvo y que salvaré a su madre aunque sea lo último que haga.
Jake colgó el teléfono tan pronto como pudo.
Solo esperaba que Tyler hubiera entendido todo lo que le había dicho.
El pulso se le aceleró mientras se quedaba allí sentado, esperando y esperando.
El pánico y la duda hicieron acto de presencia.
¿Había tomado la decisión correcta? ¿Lo habrían oído?
¿Y si había un castigo por usar el teléfono por segunda vez?
Sintió la cabeza ligera y mareada. El agua fría que ahora recorría su sistema digestivo apenas marcó la diferencia.
Aquel iba a ser el peor ataque de pánico hasta la fecha.
Sin precedentes. Podía sentir las oleadas de histeria y náuseas inundándolo, listas para tragarlo en el mar de pánico y miedo que era su cerebro.
Al final, tras poner en práctica algunas técnicas que había utilizado durante la mayor parte de su vida, su ritmo cardíaco se ralentizó, el dolor mental remitió y su visión se aclaró.
Jake tamborileó los pies contra el suelo y bebió más líquido.
A su alrededor, observó a la gente con la mirada clavada en sus teléfonos.
Samsungs, iPhones, Nokias, Sonys, HTCs. Tecnología por todas partes, consumiendo el planeta y convirtiéndolos en una generación de bufones socialmente ineptos.
De nuevo, pensó en cuánto iría mal en el mundo si todo aquello simplemente desapareciera.
Mientras observaba a los transeúntes, todos los teléfonos en un radio de seis metros sonaron a la vez.
¿Qué estás planeando ahora? Jake tenía miedo de lo que pudiera venir después.
Algunas personas miraron sus teléfonos confundidas.
Otras ignoraron la llamada y siguieron con lo que estaban haciendo.
Todas, excepto una. Jake la vio detenerse a su izquierda.
Una mujer con el pelo recogido en un moño, vestida con falda de tubo y un abrigo beige, se quedó quieta de repente.
Estaba consultando su reloj con la otra mano pegada a la oreja.
Miraba hacia la dirección opuesta a Jake.
Unos segundos después, ella se volvió hacia él, le dirigió una mirada interrogante y luego se dio la vuelta.
Jake la examinó con atención. Y entonces, en cuanto ella asintió con la cabeza y empezó a caminar hacia Jake, fue cuando supo que aquella mujer ahora formaba parte de su pesadilla.
—Perdone —dijo ella. Su voz era ronca y congestionada. Parecía tener las secuelas de una gripe o un resfriado incipiente. ¿Se llama Jake? —le preguntó.
—Sí...
—Tengo a alguien al teléfono para usted. ¿Se ha identificado como Willy Wonka?