Capítulo 22
M oshat se relajó. Disfrutaba de la paranoia y la angustia que se propagaban por el vagón como un virus.
Sacaban lo mejor y lo peor de los seres humanos.
Hacían que la gente no confiara en nadie más que en sí misma.
Hacían que uno cuestionara los movimientos de los demás, e incluso los propios.
Al fin y al cabo, ¿quién podía confiar en un extraño?
Y mucho menos en un extraño en un tren. Nadie sabe qué pasa por la cabeza de los demás.
La esquizofrénica paranoide sentada frente a ti; ahí está.
El gestor de fondos de inversión, con traje y corbata, que accede regularmente a pornografía infantil; ahí está.
La adolescente que ha sufrido violaciones y abusos toda su vida, esperando el momento de estallar y descargar toda su ira, frustración y odio contra el mundo; ahí está.
El friki de la informática al que han acosado toda la vida por no cumplir con lo que los demás esperaban de él; no le falta mucho para cometer una atrocidad.
La estrafalaria pareja gótica de izquierdas que se deshace en mimos a plena luz del día; quién sabe qué tramarán.
El terrorista ecologista obsesionado con la sobrepoblación y con cualquier medio necesario para frenar el crecimiento de la humanidad; ahora mismo está calculando cómo exterminar a medio mundo.
El megafan de Darwin sentado en silencio, eliminándoos en su cabeza uno a uno. La supervivencia del más apto; ahí está, funcionando a pleno rendimiento.
Los Testigos de Jehová listos para meterte la religión por los ojos; ahí están.
El abogado que mantiene líos sonados con sus clientes y los utiliza para chantajearlos y obtener lo que quiere; ahí está.
El intolerante y racista que cree en la supremacía blanca; de esos también hay unos cuantos.
El pervertido sexual que desnuda mentalmente a cada mujer que ve, sin importar la edad; ahí está.
¿Cómo se puede llegar a saber cómo es la gente que te rodea?
Las personas salen de su caparazón en situaciones de extrema presión.
Algo se rompe en su cerebro, la parte que ocultaba ese aspecto de sí mismos, liberándolo al mundo.
¿Cuánto tardaría él en romperse, revelando a todos los que le rodeaban quién era en realidad?
Una sonrisa asomó a su rostro. Dentro del vagón se sucedían las discusiones. Mientras la mayoría de los pasajeros permanecían en silencio, otras personalidades más provocadoras florecían como una planta bajo el sol.
—¡Mi hijo tiene una discapacidad física! No puede estar mucho tiempo de pie. ¡Necesita sentarse! —gritó un hombre vestido con un polo.
—Me importa un bledo. Tengo tanto derecho a este asiento como su hijo. Además, puede sentarse en su regazo, ¿no? —dijo otro hombre. Una barba y un bigote espesos ocultaban casi toda su boca.
Antes de que el altercado derivara en violencia, un chirrido por la megafonía los distrajo, dejando a todo el vagón en un silencio sepulcral.
—Buenas tardes, intrépidos viajeros, espero que se encuentren bien —comenzó la voz de Adil por los altavoces—.
Me gustaría recordarles que no se tolerará ninguna violencia física a bordo y que se tratará como un acto de guerra.
Esto acarreará graves consecuencias, de esas que no querrían experimentar.
Por favor, consulten sus teléfonos para más detalles.
La voz de Adil se apagó y fue sustituida por el sonido de música clásica, como si se tratara de la Gran Bretaña de los años cuarenta en pleno apogeo de la guerra.
De repente, todos los teléfonos del tren reaccionaron.
Algunos emitieron tonos de llamada, otros vibraron y otros se iluminaron.
Moshat miró la pantalla por encima del hombro de la madre soltera que estaba a su lado.
Una imagen mostraba los restos calcinados de un vagón de tren.
Todo lo que quedaba tras la explosión eran las ruedas y el chasis.
Los asientos y otros restos irreconocibles habían salido despedidos del tren hacia las vías.
El asombro y el horror se reflejaron en los rostros de todos los que le rodeaban.
Se les saltaron los ojos al darse cuenta de lo que aquello significaba.
—Oh, Dios mío —dijo una mujer a lo lejos.
—Dios mío, por favor, no dejes que muera así —lloró otra.
La repentina aceptación de la fe por parte de aquellas personas repugnó a Moshat. Hipócritas. Ateos toda su vida hasta que están a punto de morir, y de repente todo el mundo es devoto.
Moshat echó mano de su teléfono, consciente de que no se había unido a los demás, y se recostó en su asiento, hundiéndose de modo que la pelvis quedara a la altura del borde de la mesa. Era imperativo mantener su teléfono oculto a los ojos de quienes le rodeaban.
Lo desbloqueó y leyó el último mensaje de texto que había recibido.
HOLA, HERMANITO. MANTÉN LA CALMA. TODO ESTÁ BAJO CONTROL. EL DINERO DEL RESCATE SE ESTÁ RECAUDANDO. EL DETECTIVE VA DE CAMINO A LA FÁbrICA DE CHOCOLATE DE WILLY WONKA. TEN CUIDADO. A.
Al leer el mensaje de su hermano, Moshat sonrió.
Fue una sonrisa más amplia y evidente de lo que la situación permitía.
Sin que él se diera cuenta, Martha captó su expresión y le lanzó una mirada fulminante.
Sus ojos reflejaban una mirada gélida, de desaprobación y complicidad; le recordó a una profesora que tuvo en el colegio.
Moshat entró en pánico. Había metido la pata.
No debía haber despertado ninguna sospecha.
Se suponía que debía ser un hombre invisible que se bajaría del tren al final del día sin haber llamado la atención, para poder desaparecer con su hermano a otro país.
Y si, por una remota casualidad, su identidad se veía comprometida, él sería el testigo inocente que emergería de las profundidades de sus inseguridades en el último momento y usaría cualquier baza a su favor para escapar.
Moshat intentó disimular. Volvió a bajar la mirada hacia su teléfono y luego hacia su regazo, como un niño avergonzado, rogando para que ella no se hubiera fijado en él y que fuera aquel su rostro habitual el que le infundía tanto pavor.
Unos segundos después, levantó la cabeza y forzó la vista para verla.
¡Mierda! Ella seguía mirándolo fijamente.
El pánico y el miedo en su interior se multiplicaron.
No habían planeado tal eventualidad. No esperaban que Moshat se delatara tan fácilmente ante Martha, su rehén para cobrar el rescate.
Moshat recordó el consejo de su hermano: inspirar por la nariz, contar hasta cinco, hacer una pausa, exhalar por la boca, contar hasta tres y repetir.
El proceso le pareció estúpido y anticuado al principio, pero cuanto más lo intentaba, más sentía sus efectos.
Sin embargo, aquello no impidió que se sintiera decepcionado y asqueado de sí mismo; había levantado sospechas y, a partir de ese momento, cada movimiento que hiciera debía ser cuidadoso y calculado. La semilla de la duda se había plantado en la mente de Martha. Y no haría más que crecer.
Moshat levantó la vista, ignorando la mirada vigilante de ella, y observó a sus compañeros de viaje. Se pusieron de pie, con los teléfonos en la oreja, intentando contactar con amigos y familiares.
—¿Qué hacéis? ¿Queréis que nos maten a todos? —gritó una mujer a lo lejos—. Habéis visto la foto. ¿Queréis que nos pase eso a nosotros?
—El vagón de aquel tren era el último. Nosotros estamos en el vagón central. No nos pasará nada —respondió un adolescente de ojos negros como el azabache y pelo a juego.
—¿Pero cómo puedes ser tan tonto? Hay explosivos por todo el tren, incluido este vagón. ¿Por qué ibas a pensar que estamos a salvo? No sabemos cuáles son los motivos de esta persona, así que no la cabreemos.
El adolescente no dijo nada más y guardó su teléfono. Todos los demás hicieron lo mismo, excepto uno o dos que querían desafiar al resto.
«Estúpidos actos de valentía», pensó Moshat, mirando por la ventana empañada.
Gotas de condensación resbalaban por el cristal, uniéndose a otras gotas más pequeñas y precipitándose hacia la parte inferior.
Moshat se atrevió a lanzar una rápida mirada hacia la anciana.
Ya no le estaba mirando. O bien se había distraído o se había olvidado de sus sospechas. Rezó para que fuera lo segundo.
La ventana le ofrecía una vía de escape a su error. Su obsesión por asegurarse de que todo saliera perfecto hoy se había vuelto en su contra y, en aquel momento, no sabía si llegaría a perdonarse por ello.
Durante semanas habían preparado el plan perfecto. Era un plan perfecto. Pero ahora había una grieta. Y las grietas daban lugar a simas.
Moshat había cometido su primer error.