Capítulo 20
L a Central Line resultaba insoportable con el calor del verano.
Con una temperatura media de veintiséis grados centígrados durante la época más calurosa del año, era suficiente para hacer transpirar incluso al ser humano más en forma.
Los poros de las palmas y la cara de Jake se abrieron y el sudor le resbaló por el rostro antes de saltar al vacío desde la punta de la barbilla.
Notaba cómo el cerco de humedad bajo sus axilas aumentaba su radio con cada minuto que pasaba.
No era muy entusiasta del transporte público. Al principio de su carrera había tenido que usar el metro profusamente en su distrito local, pero ahora que tenía el lujo de conducir al trabajo y de vuelta —y a cualquier otro sitio que necesitara— todos los días, se había desacostumbrado.
Y ahora se encontraba apretujado junto a un hombre con obesidad mórbida que vestía un chándal demasiado pequeño y un grupo de estudiantes de español que parecían ignorar a todo el mundo a su alrededor, hablando y gritando entre ellos.
Apenas podía distinguir lo que algunos decían —había estudiado el idioma en el instituto—, pero nada de eso lo distraía del verdadero problema que tenía entre manos.
Quería desaparecer en su propia mente y analizar la situación con todo lujo de detalles, como el palacio mental de Sherlock Holmes.
Pero el ruido perturbador de los viajeros felices y los empresarios presuntuosos le impedía hacerlo.
Llevaba diez minutos en la Central Line y estaba a poco menos de la mitad del camino a Oxford Circus cuando su teléfono empezó a reproducir música.
Confundido, lo buscó a tientas en el bolsillo, esperando que fueran buenas noticias.
Un mensaje de Elizabeth, tal vez, diciéndole que lo de hoy no era más que un sueño y que su suegra estaba a salvo en casa con los niños.
O quizá un mensaje de Frances o Tyler diciéndole que la explosión en el tren no había ocurrido.
O tal vez un mensaje de Mamadou diciéndole que su madre no estaba en el hospital y que todo había sido una broma pesada y retorcida.
No era nada de eso.
En el centro de su pantalla de bloqueo, brillante y chillón, aparecía la misma imagen del emoji amarillo fumándose un porro que había visto en la oficina antes de irse. Debajo, parpadeaba de forma intermitente un «JA, JA».
Pero qué... —pensó Jake mientras tocaba la pantalla de inicio.
No pasó nada. La música siguió sonando y la imagen permaneció allí, hasta que el sistema operativo se reinició solo después de unos segundos.
El repentino fiasco hizo que Jake se sintiera vulnerable.
Solo. Nervioso. Como si lo estuvieran vigilando.
Como si todos sus movimientos estuvieran siendo monitorizados.
Le aterraba que su teléfono —lo único que usaba todos los días y en lo que tanto confiaba, no solo en su vida personal, sino también en su trabajo— pudiera ser manipulado y hackeado con tanta facilidad.
La guerra tecnológica era el nuevo frente del terrorismo.
Y, sin necesidad de matar a millones de personas, tenía el poder de reducir a la humanidad a su nivel más básico.
Jake lo imaginó por un momento. Un mundo sin internet: sin banca online, lo que invalidaría las transacciones a las que él y todos los demás se habían acostumbrado; todas las comunicaciones perdidas, la agricultura y el transporte de mercancías sumidos en el caos; las empresas fallando.
El siglo veintiuno tendría dificultades para seguir el ritmo.
Se quedó mirando el teléfono unos minutos, con la imagen de la sonrisa aún grabada en la mente.
Entonces oyó el sonido familiar de su tono de llamada, que lo devolvió a la realidad.
El hombre obeso a su lado se movió en el asiento y se rozó contra el brazo de Jake.
A través de la ropa, sintió que el sudor se transfería a su propia piel.
Era Tyler. Jake contestó en voz baja, relajándose al ponerse el teléfono al oído.
—Tyler, ¿qué pasa? ¿Dónde estás? —preguntó Jake, asumiendo lo peor.
—Estoy en el coche, de camino a la oficina. ¿Por qué? —dijo Tyler.
—Solo me lo preguntaba. Pero estás a salvo, ¿verdad?
—Sí, he tenido que dar un rodeo. El tráfico está fatal.
—Vale... pero ¿qué ocurre? ¿Qué es lo último que se sabe?
—Acabo de hablar por teléfono con Susanna.
Dice que han identificado a un sospechoso potencial.
Según las grabaciones del circuito cerrado, ha aparecido en la estación de Paddington temprano por la mañana, se ha sentado un par de horas, ha hecho unos garabatos en un cuaderno y luego se ha largado; todos los días durante los últimos días.
No sabemos desde hace cuánto tiempo lo lleva haciendo —explicó Tyler.
Interesante , pensó Jake. Guardó la información para más tarde.
—¿Tienen una identificación positiva? —preguntó Jake.
—Todavía no. Están en ello.
—Vale. Envíame una imagen de su cara. Quiero reconocerlo si lo veo.
—Sí, señor —dijo Tyler—. Además, Frances sigue en el CObrA. Debería salir pronto. No estoy seguro de cómo va la cosa ahí dentro, pero en cuanto sepa algo, te diré cuál es el próximo paso.
—Graci... —De repente, el teléfono se cortó cuando Jake se adentró más en el subsuelo. Miró al suelo y soltó un juramento por lo bajo, llevándose las manos a la cabeza e inclinándose hacia delante. El repentino cambio de movimiento reanudó el dolor en su pierna.
Hoy iba a ser más difícil de lo que imaginaba.
—¿Se encuentra bien, jefe? —preguntó el hombre obeso que tenía al lado, con un fuerte hedor a queso en el aliento.
A Jake le pilló por sorpresa la preocupación del desconocido. Se recostó en su asiento y miró al hombre, que le sonreía con afecto.
—Es uno de esos días —masculló Jake, devolviéndole la sonrisa.
—Ya me lo imagino.
Jake cerró los ojos e intentó vaciar su mente.
La imagen de la cara sonriente y el pensamiento del vagón explotando con todos dentro pasaron por su mente como un caleidoscopio de muerte y horror.
La conversación que había mantenido con la persona que estaba detrás del ataque se reproducía como una grabación por megafonía.
Luego, imágenes de Elizabeth. Maisie. Ellie.
Las personas que más amaba. Todas en el tren.
Allí estaban, tras las ventanas, arañando el cristal, gritando, gritando su nombre, intentando liberarse.
Y allí estaba él, de pie afuera, mirando hacia dentro, retenido por una fuerza invisible, incapaz de protegerlas o salvarlas.
Abrió los ojos rápidamente, soltando un pequeño gruñido.
Necesitaba bajar de este tren. La megafonía automática le informó de que Oxford Circus era el próximo destino. Los últimos diez minutos se le habían hecho como treinta.
Las puertas se abrieron y salió atropelladamente. Subió las escaleras y pasó su tarjeta Oyster por el torno. La estación estaba abarrotada de gente. Turistas. Trabajadores. Funcionarios. Personas sin hogar. Estudiantes. Familias.
Decir que estaba concurrida era quedarse corto.
Pero afuera de la estación era mucho peor.
Un mar de cuerpos se movía lentamente, serpenteando a su propio ritmo.
Jake luchó contra la corriente para salir a la calzada.
El denso flujo de gente amainó y calculó dónde estaba.
Echó a correr por la acera, ignorando los coches que se abalanzaban sobre él.
Un conductor de Uber frenó en seco a pocos centímetros de su pierna herida.
Jake ignoró los insultos que le lanzaron y continuó hacia el centro del cruce entre Oxford Street y Regent Street.
En cuanto las luces del semáforo cambiaron, los civiles rodearon a Jake por todos lados, lanzándole miradas de desprecio al pasar junto a él.
Sonó su teléfono. Supo quién era al instante, pero aun así le pareció una distracción bienvenida. Respondió al teléfono y esperó.
—¡Reciba mis más entusiastas felicitaciones, detective! Ha llegado a su primera pista. Todas se vuelven más fáciles a partir de aquí. Créame, de verdad que sí. Estaba orgulloso de esta. Críptica, ¿verdad? ¿Qué le ha parecido?
Jake no dijo nada; dejó que el último flujo de gente pasara junto a él. —Sí. Sí, ha estado bien.
—¿Solo bien? Me ofende, Jake. Y no queremos ofender a Willy Wonka, ¿verdad? Siempre tuvo un lado sádico, ¿no cree? Gene Wilder, Johnny Depp. Siempre fueron un poco... raros . ¿Ha visto las películas?
—Sí.
—¿Cuál prefiere?
—No... la verdad es que no lo sé. Me da igual. —La atención de Jake se desvió hacia el cambio en los semáforos. Los coches empezaron a avanzar hacia él. Estaba en medio del cruce de cuatro caminos y no tenía a dónde ir.
—No hace falta ser cortante. ¡Esta es una aventura divertida para ambos!
—Me lo estoy tomando como una aventura, una que espero que termine conmigo salvando cada vida que quede por salvar —dijo Jake.
—Pero de eso trata este ejercicio, detective.
Al final de esta sección, podrá salvar un tren entero.
Las pistas de esta búsqueda infructuosa en la que está a punto de embarcarse le ayudarán a descubrir qué tren contiene un detonador falso, lo que permitirá que todos los pasajeros salgan sin riesgo alguno —explicó la voz.
Jake no supo qué decir. Aquella era una noticia importante. Aún quedaba un enorme rayo de esperanza de que pudiera salvar al menos a todos los de un tren.
—¿Qué tengo que hacer?
—Bueno, primero, espero que el rescate se esté recaudando mientras hablamos. Usted será quien me lo entregue, Tanner.
—¿Dónde?
—No nos adelantemos. Debe quedarse donde está y esperar para averiguarlo. En su lugar, tengo otro acertijo para usted: soy un vegetal disfrazado. Vuelo alto en el aire con los pájaros. ¿Qué soy? Tiene media hora.