Capítulo 12
J ake y Tyler atravesaron la oficina a toda prisa, mientras el aire estéril del aire acondicionado les llenaba los pulmones.
Se detuvieron en seco a pocos centímetros de Susanna y Simon, que caminaban de un lado a otro con los teléfonos móviles pegados a la oreja.
La tensión aumentaba con cada minuto que pasaba.
—¿Dónde está Frances? —preguntó Jake, con la esperanza de que alguno de los dos respondiera.
Susanna fue la primera en reaccionar. Le hizo un gesto a Jake con el dedo para que esperara, hizo una pausa, dijo algo por teléfono y luego le miró. —Está en su despacho.
Jake le dio las gracias, soltó un suspiro de aire y se dirigió a la quinta planta.
Nunca antes había estado en el despacho de la Comisaria Auxiliar —en su mente, siempre se lo había imaginado como ir al despacho del director del colegio cada vez que se metía en líos— y se sentía nervioso.
Pero, lo que era más relevante, sentía miedo; miedo de lo que podría ocurrir si ni Frances ni nadie hacía nada con respecto a los trenes.
¿Cómo le explicaría a Elizabeth que su madre había sido tomada como rehén en un ataque terrorista y que no se había tomado ninguna medida para salvarla?
Jake llamó a la puerta y entró antes de que Frances tuviera oportunidad de responder.
—¿Qué está haciendo, Tanner? —dijo Frances, poniéndose en pie. El movimiento pareció instintivo, una reacción fulminante grabada a fuego en su cerebro.
—Tenemos novedades sobre la situación de los trenes —dijo Jake. A continuación, le explicó a Frances todo lo que él y Tyler le habían pedido a Jennifer Boulder que hiciera por ellos, y el resultado tan poco satisfactorio que habían obtenido.
Mientras Jake hablaba, Frances no mostró ninguna emoción. Sus rasgos faciales permanecieron pétreos, impasibles, implacables por la forma en que hacían sentir a Jake. Deseó poder entrar en su cabeza.
—Sigo sin estar convencida, Tanner. Y no me gusta nada que irrumpa en mi despacho de esta manera. Hemos informado a los aeropuertos de Heathrow, Gatwick y Luton, y se han multiplicado sus respectivos efectivos. Se han desplegado SFO y AFO allí; están de camino en este mismo momento.
Los SFO eran Oficiales Especialistas en Armas de Fuego, y los AFO eran Oficiales Autorizados en Armas de Fuego.
El primer grupo estaba formado por individuos que habían superado un curso de formación de doce semanas y tenían experiencia en un equipo de armas de fuego; el segundo grupo contaba con personas autorizadas para utilizar un arma de fuego y que habían completado un ejercicio de formación básica.
En la mente de Jake, ni los SFO ni los AFO servirían de nada.
—Está perdiendo el tiempo —dijo Jake. Se sentía cada vez más furioso cada vez que aquella mujer lo menospreciaba—.
Está haciendo que ellos pierdan el tiempo.
Los destinos de los trenes son irrelevantes.
Es en lo que hay a bordo en lo que debe centrarse.
Esto va mucho más allá de cualquier fallo técnico.
Existe la posibilidad de que haya miles de víctimas en esos trenes.
Tenemos que tratar esto como algo crítico.
Por favor, Comisaria Auxiliar. Tiene que creerme en esto.
Me jugaré mi puesto, mi ascenso y todo aquello por lo que he trabajado tan duro durante los últimos diez años.
Jake respiraba con dificultad. Acababa de hipotecar su vida.
La vida que había construido para sí mismo y para su familia estaba en manos de unos posibles terroristas desconocidos.
Incluso si sus sospechas resultaban ser erróneas y nadie dentro del cuerpo le sancionaba después, no podría volver.
Por supuesto que no. Habría sido responsable de una de las mayores pifias de la historia de la Met.
No habría forma de que pudiera volver a dar la cara allí.
Se hizo un silencio en la habitación. La pregunta quedó suspendida en el aire.
Jake esperó a que Frances respondiera. No tenían tiempo para andarse con rodeos.
Necesitaban hallar respuestas, y rápido.
Cada precioso segundo desperdiciado ponía a Jake cada vez más nervioso.
Se miró la muñeca. La hora en su reloj marcaba las 12:10.
Los trenes llevaban allí parados veinte minutos y no se había hecho nada.
Frances habló.
—Venga conmigo.