Capítulo 11
F uera estaba oscuro. Mucho más oscuro de lo que debería para esa época del año.
El cielo se había cubierto de nubes y la lluvia azotaba las ventanas, creando pequeños ríos que descendían por el cristal.
El piso de Adil rebosaba una sensación aún más siniestra de la que ya tenía.
El bonsái en el alféizar de su ventana mostraba señales de estar sufriendo por el calor.
Lo había encontrado por internet, lo había comprado y había hecho que se lo entregaran en el piso de enfrente.
Allí no vivía nadie, y en las instrucciones de entrega había pedido que lo dejaran en su piso si no había respuesta en la dirección de entrega.
Era el crimen perfecto; él no era más que el vecino amable en quien nadie repararía.
Desde aquel día, lo había tratado con el máximo cuidado, atención y cariño.
—¿Sabías que cultivar plantas es toda una ciencia, hermanito?
—dijo Adil, cerniéndose sobre la planta como una madre protectora.
A su lado había un telescopio que también había comprado por internet, aunque negociar su entrega había sido más complicado; había requerido identificaciones falsas en el punto de recogida local.
Su hermano dejó los planos y se volvió hacia él. —¿De qué estás hablando, Adil?
—Se puede aprender mucho del proceso de mantener y devolverle la salud a una planta.
—¿En qué sentido?
—Primero, puede llevar tiempo. Mucho tiempo. Tanto tiempo, de hecho, que si no tienes paciencia desde el principio, estarás en una desventaja mucho mayor que la mayoría —explicó Adil, sin desviar la vista del bonsái.
Detrás de él, Moshat se echó hacia atrás en la silla y miró a su hermano mayor, obviamente curioso por saber a dónde se dirigía ese tema de conversación.
—Segundo —continuó Adil—. Una planta puede ser manipulada. Desde el mismo inicio de su vida, cualquier planta, incluso los árboles, pueden ser manipulados y obligados a adoptar la posición que queramos. Siempre y cuando haya un punto de apoyo. —Se giró hacia Moshat—. ¿Sabes qué significa eso?
—¿Que te estás volviendo loco? —dijo Moshat, con las comisuras de los labios curvándose hacia arriba.
Adil soltó una carcajada profunda. —No. Lo que significa es que, al igual que una planta, los humanos también pueden ser manipulados de la misma manera; de cualquier forma que queramos.
Nuestras mentes pueden ser entrenadas y condicionadas para hacer cosas que se refuerzan positivamente.
Se les puede decir que teman por sus vidas.
Se les puede decir que supliquen como si siguieran una señal.
Y, así sin más, pueden ser exterminados, con solo pulsar un botón o apretar un gatillo. ¿Lo entiendes?
Moshat vaciló. —No... ahora déjate de acertijos y dime qué tiene que ver esto con la operación.
—Moshat se estaba impacientando con las preguntas innecesarias de su hermano.
Faltaba poco menos de una semana para que tuviera lugar la mayor operación de sus vidas, y todavía quedaban muchos cabos sueltos que debían resolverse.
—¿Estás nervioso, Moshat? ¿Tienes alguna duda?
—¿Sobre qué? ¿La operación?
Adil asintió.
—No, hermano. Estoy más que motivado. Pero no te preocupes: aunque una pizca de duda llegara a entrar en mi mente, la erradicaré con mis ansias de venganza.
—No —dijo Adil—. La duda es buena. El miedo es bueno.
La incertidumbre es aún mejor. Ayuda a mantenernos con los pies en el suelo.
Nos ayuda a tomar decisiones sensatas y racionales.
En pequeñas cantidades, te irá bien. Pero si permites que crezca o que te consuma, es entonces cuando debes considerar nuestros motivos para esta misión.
Es cuando debes pensar en la insurrección que vendrá después, para que papá y mamá sigan viviendo, no solo en nuestros nombres, sino también en los de otros.
Durante su infancia, vivieron en una urbanización de protección oficial que pertenecía al gobierno.
La torre tenía veinte pisos de altura. La delincuencia y la corrupción campaban a sus anchas por las calles y los pasos subterráneos que atravesaban la urbanización.
Cada vez que uno de los dos iba a cualquier parte, lo hacía acompañado del otro para protegerse.
Su vínculo se fortaleció a lo largo de los años; iban juntos al colegio, donde Adil destacaba en lo académico y Moshat sobresalía en el campo de fútbol.
Adil había sido el hermano al que acosaban.
A pesar de ser el mayor de los dos, dependía constantemente de Moshat para que lo salvara del peligro en los pasillos del colegio o en el patio durante el almuerzo o el recreo.
Un día, Adil aceptó plantarle cara a la persona responsable de todas las burlas y el sufrimiento en un parque, una tarde después de clase.
El acosador había aceptado, y se fijó la hora.
Había, sin embargo, una condición. Cada una de las partes podía llevar a alguien más.
Al principio, el acosador se había burlado y había lanzado un ataque verbal contra Adil. Pero tras reflexionar un poco, aceptó.
Adil eligió a Moshat para que lo acompañara.
Y cuando llegaron al parque, la noticia se había extendido por todo el colegio.
Asistió casi la mitad de los alumnos de sus respectivos cursos.
Fue la pelea del trimestre. Y habían ganado.
Juntos, Adil y su hermano habían derrotado a los acosadores.
Ya no tendría que volver a recorrer los pasillos con miedo a ser atacado.
Aquellos días quedaron atrás.
Y así, emprendieron el camino a casa triunfantes. Estaban eufóricos. Podían sentir la adrenalina surgiendo por sus venas.
Eso fue hasta que regresaron ante una gigantesca bola de fuego.
Su hogar —el lugar donde vivían, donde dormían y comían— no era más que un amasijo ardiente de recuerdos y dolor, que llenaba el aire con el olor a plástico, madera, metal y carne chamuscados.
Las sirenas de los camiones de bomberos y las luces azules intermitentes iluminaban la escena.
Grandes chorros de agua salían de sus mangueras, pero no servía de nada.
Muchos de los habitantes de la torre ya habían perecido para cuando llegaron los servicios de emergencia, incluidos los padres de Moshat y Adil.
Aquella noche lo perdieron todo. Pero nunca se perdieron el uno al otro.
Los enviaron a un albergue donde les dieron ropa limpia, refugio y algo de comida.
La comunidad local ayudó a los supervivientes en todo lo que pudo, pero durante las semanas y meses posteriores, Adil y Moshat, y muchos otros como ellos, esperaron una explicación y una disculpa del gobierno.
¿Qué había fallado? Según todos los informes de los expertos, el incendio se podría haber evitado.
¿Por qué una torre que había sido tan segura durante los últimos veinte años de su vida se vio envuelta en una ráfaga de llamas?
¿Cómo habían aprobado las inspecciones de seguridad edificios llenos de cableado defectuoso y revestimientos inflamables?
¿Cómo no había cumplido el gobierno las normas de seguridad por el bien de todas las vidas que se refugiaban allí?
¿Cómo se había permitido a los contratistas escatimar gastos y utilizar materiales prohibidos para reparaciones chapuceras?
Cuanto más esperaban los supervivientes por unas respuestas, más improbable era que llegara alguna.
Solo llegaron excusas. Incluso se llegó a culpar a los inquilinos de la torre en un momento dado.
Algo relacionado con tostadoras y hervidores defectuosos.
Pero no se dieron respuestas reales. No se asumió ninguna responsabilidad, no se ofreció ninguna disculpa.
Ni siquiera ningún apoyo real; parecía que los habían abandonado.
Cuanto más esperaban los hermanos la justicia que nunca llegaba, más se fermentaba su ira y su resentimiento hacia el gobierno.
A partir de ese momento, Moshat y Adil buscaron venganza. Sus deseos se vieron entonces alimentados aún más y radicalizados por un hombre de complexión delgada y con una profunda cicatriz a lo largo de la barbilla, que los acogió en su casa. Tras su presentación, todo cambió.
Moshat y Adil se prepararon en su pequeño piso con su nuevo mentor.
Al principio, fueron las etapas iniciales del entrenamiento en combate físico y luego, a medida que crecían y se volvían más fuertes y sabios, los enviaron a las selvas de Sudamérica para su primer entrenamiento en el extranjero.
Allí aprendieron todo lo que necesitaban.
No fue hasta hace nueve meses, en noviembre, tras un paréntesis de nueve años, cuando regresaron a aquellos campamentos y continuaron su formación por última vez.
Y ahora aquí estaban, a punto de poner de rodillas al gobierno que les había fallado.
—He estado pensando, Adil. ¿Cómo vamos a asegurarnos de que la Policía Británica de Transporte no interfiera con los trenes mientras están parados? —preguntó Moshat, inspeccionando los planos del Heathrow Express.
—Me alegra que preguntes. Tengo la idea perfecta.