Capítulo 3
E ra el comienzo de un día perfecto.
El aire era húmedo y la luz brillante mientras Moshat descendía por la pequeña pendiente hacia la estación de Paddington.
Hombres y mujeres vestidos con traje, que llegaban tarde a su jornada laboral, pasaban a su lado a toda prisa, chocando contra sus hombros sin pedir disculpas.
Él no les hizo caso; tenía asuntos más importantes entre manos y poco tiempo que perder.
Sin embargo, eso no evitó que sintiera desprecio por todos ellos.
¿Quiénes se creían que eran? ¿Por qué pensaban que eran tanto mejores que los demás?
No lo sabía, pero era una de las muchas razones por las que necesitaba que lo de hoy ocurriera.
Él y su hermano trabajaban por una causa mejor.
Una sociedad más simple, más justa. Pronto todo el mundo comprendería los motivos.
Dentro de la estación, Moshat buscó un asiento frente al gran panel que mostraba los próximos cinco trenes que debían salir.
La incandescente luz naranja le lastimaba los ojos cansados.
No obstante, alzó la vista hacia el panel, observando los nombres de las estaciones, los destinos, las horas de salida, tal como había hecho muchas veces antes.
A esa hora de la mañana, no había nada inusual.
Mientras estaba allí sentado, no pudo evitar que su mente divagara.
¿Estaba todo en su sitio? ¿Habían olvidado algo?
¿Se habrían dejado algo atrás? Por supuesto que no.
Era absurdo pensar lo contrario; él lo sabía.
Su operación llevaba semanas —meses— de planificación, y se habían asegurado de cubrir cada ángulo y eventualidad.
Estaba en la naturaleza tanto de él como de su hermano comprobar meticulosamente hasta el más mínimo detalle.
Era la forma en que los habían entrenado, primero cuando tenían diecisiete años y su cuidador los mandó en avión al corazón de una selva tropical en Sudamérica y una segunda vez, hacía casi un año, al mismo destino.
Se había sentido extraño regresar después de nueve años separados, y había tantas caras nuevas, tantos procedimientos y complots diferentes y excitantes, pero la bienvenida que habían recibido fue suficiente para inspirarlos a triunfar.
Mientras Moshat observaba el horario de trenes, le picaba la cabeza a medida que el sudor de su cuero cabelludo se mezclaba con su gorro de lana.
Se rascó el cráneo a través del tejido, asegurándose de que su cabeza permaneciera oculta.
Una familia de cuatro, cargada con maletas y estrés, se sentó a su lado.
Moshat los ignoró. Se le daba bien fingir que la mayor parte de la población no existía, pero había algo en esa familia que le llamó la atención.
Colgando de los brazos de la madre había un bebé con unos ojos azules grandes y relucientes, tan brillantes que parecían albergar la esperanza del mundo en ellos.
El bebé llevaba una pequeña chaqueta vaquera.
El pequeño soltó una risita mientras alargaba la mano para tocar la cara de Moshat.
—Lo siento —dijo la madre del bebé, reacomodando al niño en una posición más cómoda.
—No pasa nada —dijo Moshat sonriendo. Observó al padre de la familia persiguiendo alrededor de las sillas a un niño pequeño que no le llegaba más que a la rodilla—. Debe de dar mucho trabajo.
—Ni que lo diga. Son nuestras primeras vacaciones con el pequeñajo, y el de cuatro años es el que no para —la madre se rió, y Moshat se sintió obligado a unirse.
Mientras Moshat le sonreía a la mujer, sintió que el suave gorro de lana se le salía de la cabeza. El instinto tomó el mando y sus músculos se tensaron. Al girarse vio su querido gorro, el que su madre le había dado el día que murió, apretado entre las manos de la niña en edad preescolar.
—¡Oh! —exclamó el padre, quitándole el gorro de las manos a la niña y devolviéndoselo a Moshat—. Siento eso.
A Moshat no le hizo ninguna gracia, aunque se obligó a mantener la calma. Llevaba el gorro por una razón y no le gustaba que se lo quitaran. Especialmente en público. —No se preocupe. Son cosas de niños.
Dicho esto, el padre cargó a la criatura en sus brazos y se sentó junto a su esposa.
—¿Va a algún sitio bonito? —preguntó ella, como forma de reparar barreras invisibles.
—A ninguna parte en concreto —respondió Moshat—. ¿Y ustedes?
—A Grecia.
—Qué bien.
—Sí. Nuestro vuelo sale en unas horas, pero el tren lleva retraso. Menos mal que hemos llegado temprano, ¿verdad?
—Sí —respondió Moshat, inexpresivo. Su estado de ánimo había decaído seriamente.
Justo cuando la mujer se disponía a seguir hablando con él, su marido dijo que su tren había llegado.
Ella se disculpó de nuevo con Moshat por el comportamiento de su hijo, le deseó un buen día y se marchó.
Moshat vio cómo la familia se alejaba, sintiendo que la tensión que le habían provocado en los hombros y los bíceps se disipaba.
Volvió a centrar su atención en el panel.
Solo dos trenes llevaban retraso, pero el que él buscaba seguía puntual.
Por supuesto que era puntual. Había sido puntual durante los últimos días que se había sentado allí a observarlo antes de irse al trabajo por las tardes.
El Heathrow Express rara vez se retrasaba —y no debería, ya que él se ganaba la vida trabajando en ellos—, pero siempre que lo hacía, recuperaba el tiempo perdido.
Había visto los mismos trenes día tras día durante las últimas dos semanas.
Ahora eran como viejos amigos para él. Conocía el horario de trenes al derecho y al revés: el número de paradas, los nombres de las estaciones, las horas de salida y llegada y, en la mayoría de los casos, el número de vagones.
Conocía el número de vagones del tren en el que viajaría.
Era su trabajo saberlo, su papel en la fabricación de la devastación que estaba a punto de desencadenarse.
Moshat metió la mano en su bolsa y sacó un cuaderno.
Tenía las esquinas gastadas y trozos de papel sobresalían por los bordes, como si intentaran escapar.
A pesar de su insaciable necesidad de asegurarse de que todo estuviera inmaculado, pulcro y ordenado, se había permitido este único ejemplo de caos.
Aquí, en su pequeño cuaderno, podía crear tanta locura como quisiera sin tener que sentir ni un ápice de culpa.
Lo abrió por la página más reciente, cerca del final del libro.
En el centro de la página había un pequeño cuadro garabateado.
Los números llenaban las líneas, y cada uno correspondía a la hora en que un tren debía llegar, cuándo lo había hecho y cuándo se había ido, con una estimación aproximada del número de personas que habían subido a bordo.
La palabra Heathrow estaba escrita en mayúsculas en la parte superior de la página y subrayada varias veces, del mismo modo que un asesino organizado tacha el nombre de su próxima víctima con un cuchillo.
En la página, Moshat garabateó más números y se guardó el cuaderno en el bolsillo del pecho de su abrigo.
Iba a ser el día perfecto.
«Uno listo, faltan tres», pensó para sí mientras se recostaba en el banco y observaba a los transeúntes.
El tren de las 10:25 acababa de salir de Paddington hacia Heathrow en el Heathrow Express.
Tenía poco más de una hora antes de poder empezar.